Historias de lo cotidiano: “Con los apoyos nos engañan”, dicen excluidos de programas sociales

Luis Alberto Romero

Doña Evelia Cruz González, una mujer de 56 años que aparenta tener al menos una década más, sobrevive con una pequeña tienda de abarrotes en una comunidad ubicada en las faldas del Cofre de Perote, a una altitud de casi 3 mil metros.

Este volcán está ubicado en Veracruz, Sierra Madre Oriental, y tiene 4 mil 200 metros.

Las historias de rezago, pobreza y precariedad son cotidianas en la pequeña comunidad  en la que vive. Aquí, contar con refrigerador es un verdadero lujo. De la telefonía móvil, la computadora o el internet mejor ni hablar.

Doña Evelia llegó hace 35 años a su actual vivienda; huía del frío pueblo El Conejo, Perote, uno de los que registra las temperaturas más bajas de la entidad.

Como ella, cientos de familias dependen, para sobrevivir, de los apoyos asistenciales de la Federación, del Gobierno del Estado y de las organizaciones no gubernamentales.

Cada año, cuando se acerca diciembre, nos dice, “nos traen cobijas y algunas despensas… pero eso no resuelve nada porque la necesidad es mucha”.

Con su esposo, Rufino Rodríguez Tapia, tiene dos hectáreas de tierra ociosa; intentan cultivar papa, pero  no cuentan con dinero para su pequeño proyecto.

La pareja tiene cuatro hijos (en este lugar, la tasa de fecundidad es alta y duplica el promedio nacional); todos ellos están casados, “ninguno ve por nosotros, tienen sus propias familias”.

Hace cinco años, doña Evelia Cruz se organizó con un grupo de mujeres para conseguir el beneficio de un proyecto productivo; la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno Federal les entregó 150 mil pesos; una parte de ese dinero, platica, “fue para el gestor; el resto lo repartimos y con mi parte compré mercancía para abrir una tienda”.

“Salió peor; al darnos ese beneficio, la Secretaría dejó de entregarme el dinero de Prospera (950 pesos cada dos meses) y a mi marido le dejaron de dar Procampo”.

Agrega: “para acabarla de amolar, la poca mercancía que compré se fue acabando; con lo que ganamos, compramos unos borregos, que también se acabaron”.

Las enfermedades y el hambre terminaron con sus animales. “Los borregos  dejaron de ser negocio; no hay pastura; la tenemos que comprar y pues comen tanto que no hay manera de salir adelante”.

Narra que ante su desesperación por evitar la muerte de sus animales, adquirió un crédito para comprar forraje, pidió cinco mil pesos prestados, por los que pagó 370 pesos semanales por 16 semanas; en tres peses casi cubrió 20 por ciento más de lo que le dieron.

Fue en vano; de cualquier manera sus borregos murieron y para cubrir el préstamo acabó con la poca mercancía con que contaba.

 

“Nos prometen apoyos, pero nunca regresan”

La mujer gana un poco de dinero con la venta de refrescos y con un viejo molino de maíz.

Le preguntamos si algún político les ha entregado apoyos y sonríe: “sólo vienen cuando hay elecciones; cuando pasan (las votaciones) no los volvemos a ver”.

“Hace poco estuvo aquí uno; entonces supimos que nos pediría el voto; dijo que nos apoyaría pero no envió nada; sólo nos prometen, pero nunca regresan”.

De acuerdo con el testimonio de doña Evelia, la historia de los políticos que prometen y no vuelven se repite en cada proceso electoral.

“Hace poco vino uno (no quiso decir su nombre y partido) que terminó por pedirnos que le hiciéramos una comida o cuando menos un café, ¿de dónde?”.

 

Con el nuevo gobierno, esperan más apoyos

Doña Evelia y don Rufino no saben quién ganó las elecciones del pasado primero de julio; ignoran también si habrá cambios en las políticas públicas de desarrollo social; lo que esperan es que les regresen los beneficios de los programas Prospera y Procampo; “que abran las ventanillas para meter otro proyecto productivo, porque el que nos dio Peña Nieto ya se acabó… nos comimos la tienda; por eso esperamos que lleguen los nuevos, para que nos den más”.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here