Tenemos derecho a decidir sobre nuestra propia muerte: Magno Garcimarrero

Redacción Hora Cero

Magno Garcimarrero Ochoa, escritor, abogado y catedrático en retiro de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana, ex diputado local y ex senador de la República, expone que el Estado debe reconocer el derecho de toda persona a decidir sobre su propia muerte.

De igual manera, opinó que el Estado debe otorgar facilidades para que “para que los ciudadanos alcancen su propósito de manera segura, indolora, informada y profiláctica con la ayuda de facultativos con experiencia”.

Sobre ese tema, Garcimarrero Ochoa preparó un documento que ha sido turnado a los diputados locales, desde la pasada Legislatura del Estado.

Por su interés y con autorización de Magno Garcimarrero, en Hora Cero reproducimos el texto íntegro:

 

Exposición de Motivos

I

Los mexicanos tenemos la prerrogativa de disfrutar de garantías constitucionales que tutelan nuestra vida, salud, alimentación, libertad, igualdad, trabajo, creencias, pensamiento y su libre expresión, libertad de tránsito, patrimonio, igualdad de géneros; en fin, gozamos de los más elementales derechos que, la cultura, la civilización y el progreso han alcanzado a través de siglos de lucha denodada, hasta lograr una vida social por lo general pacífica y armoniosa; pero ese gran acopio de derechos que nos dan seguridad y bien estar común, aún no está completa. Hay un derecho humano que está pendiente de ser reconocido y respetado como garantía individual: ese es el de decidir voluntariamente el fin de nuestra propia vida y, a efectuarlo de manera digna, segura, limpia, profiláctica, indolora, informada y asistida por facultativos.

 

II

Sobre el cimiento de la libertad de creencias, debiera considerarse que en nuestro país se ha venido acrecentando el número de personas que no profesan ninguna religión, y que no creen en la existencia de un “ser supremo”, por ende están exentos de la espera de la muerte sobrevenida por la voluntad de Dios, como lo proponen las religiones. Para estos que por lo pronto son minoría, y para los ciudadanos mexicanos en general, es necesario adecuar la norma constitucional y sus correlativas, a fin de que se respete el derecho de decidir el cuándo, cómo y dónde morir, lo que finalmente será una posibilidad que beneficie a todos, aunque sólo se acojan a ella quienes así lo decidan en ejercicio de sus prerrogativas ciudadanas.

Los viejos criterios ético-religiosos, han seguido vigentes a pesar de los librepensadores, por lo que continúa calificándose el aborto como delito, la homosexualidad como inmoralidad, el suicidio como pecado mortal, el divorcio como el fracaso de la sagrada familia. Pocos han cuestionado la existencia de Dios, ergo no han perdido autoridad  quienes se autonombraron sus representantes en la tierra… en el país… en el mundo. Consecuentemente subsiste en forma generalizada la vieja y equivocada idea de que sólo Dios puede disponer de nuestra vida, obligándonos a soportarla hasta su agotamiento más doloroso e indigno, como si vivir fuera una obligación y no un derecho, tal lo advirtió Ramón Sampedro. [1]

Nuestra vida tiene sentido: primero el natural y luego como seres racionales, el ser felices,  útiles,  trascendentales, pero finitos como personas; por eso es conveniente cambiar la idea que se tiene sobre la muerte, dejar de temerle y asumirla como un final natural y necesario. Quienes practican la ciencia médica, no obstante, han perdido de vista,  su objetivo preciso que es ayudar a ser felices y sanos, pero sin llegar  al empecinamiento de mantener vivo a quien no desea o no puede vivir más; la inmortalidad, es deseable en el plano intelectual, en el plano somático o físico es indeseable. Debemos mirar hacia el futuro y analizar que la inmortalidad física es contra natura, ilógica e inconsecuente con todo lo que nos rodea como elementos necesarios para vivir. ¿Si nadie muriera cómo podría dársele sustento a todos? ¿Acaso no se nota ya la depredación del planeta a causa de la sobre población humana?

“Nacemos para crecer, envejecemos para morir. Todo lo que la naturaleza nos ofrece para el desarrollo nos lo sustrae preparando la muerte”. [2]

¿Cuándo es el tiempo de morir? ¿Por qué tienen que decidirlo otros y no nosotros? Me refiero al Estado, a los médicos, a los familiares, a Dios.  ¿Por qué no ha de ser el dueño de su propia vida quién decida su fin? ¿Habremos de llegar a ser un mundo de creaciones de Frankenstain, para satisfacer la idea y el afán de dominio sobre la vida ante la invencible muerte? ¿Quién nos ha vendido la idea de una vida eterna? Las religiones son las que nos hablan de una vida eterna, pero bien pensado caemos en la cuenta de que es una idea monstruosa, patológica. Solamente los autores de historias de terror han inventado la aberrante idea de una existencia eterna y ni siquiera ellos les conceden felicidad a esa forma de vida. Si eso es lo que ocurre lo correcto es entender que lo bueno que tiene la vida es su finitud y qué mejor que ésta se enmarque en el plano de nuestras personalísimas decisiones. Ya lo dijo Plinio el viejo: [3] “De los bienes que la naturaleza concedió al hombre ninguno hay mejor que una muerte a tiempo, y lo óptimo es que cada cual pueda dársela a sí mismo”.   Por creencias absurdas nos hemos negado a nosotros mismos un acto supremo de voluntad: decidir nuestro propio fin, cuando debiera ser el culmen del honor, de la autodeterminación de la intimidad y de la dignidad de los seres humanos.

 

III

Muchos de nosotros habremos tenido quizás de nuestros propios padres viejos y deteriorados, la súplica de acelerar su muerte, muchos habremos llorado la imposibilidad de cumplir su deseo porque las leyes nos castigarían y los hemos tenido que ver agotarse en medio de cruentos dolores. ¿Cuántas veces hemos aceptado la muerte como alivio de un sufrimiento terrible y prolongado?

¿Cuántos cargamos ahora el remordimiento de consciencia de haber arrinconado como estorbo a alguno de nuestros padres o abuelos, porque se propasaron viviendo más de la cuenta, convirtiéndose en carne de asilo, o en decadentes e insoportables visitantes temporarios de los domicilios de sus hijos, ocupados en resolver su propia vida? O peor aún, en vejestorios arrumbados por sus seres queridos. La reflexión de Gabriel García Márquez, convierte en poesía la penuria de nuestro seguro abandono: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Para ofrecernos esa frase de alivio, el Nobel de Literatura debió tener muy en cuenta que la vejez es una enfermedad terminal que no todos estamos dispuestos a enfrentar. Arnoldo Kraus [4] lo dice más fuerte: “La soledad puede ser peor que la muerte, y la soledad en la vejez peor que todas las muertes”.

A nosotros, los que ahora gozamos de cabal salud, de vida digna, útil y placentera, nos espera exacta y fatalmente esa pena que no quisiéramos que llegara jamás: una decrepitud sufriente, dolorosa, e indigna, que podemos atajar tan solo con darnos la herramienta jurídica que aquí se propone.

 

IV

La rigidez de la norma escrita, conlleva la lentitud en su adecuación a las necesidades sociales que, en la actualidad son cada vez más urgentes e imperiosas. Este es el caso de una disposición que se ha quedado a la saga y ha caído en un patético anacronismo, al grado de que sentimos como triunfo y éxito legislativo el haber aprobado en algunas entidades federativas la institución de la Voluntad Anticipada, para tratar de evitarnos un fin demasiado sufriente y prolongado por el encarnizamiento terapéutico. Y aunque si bien, ese paliativo es un avance jurídico, sigue siendo un pobre sucedáneo de la eutanasia activa, voluntaria y asistida que debiera brillar dentro de las garantías individuales de los mexicanos.

Tenemos ahora la oportunidad de legislar para darnos a nosotros, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, una vida sin dudas respecto a nuestro fin, y una muerte a voluntad, digna, útil, sin nubarrones de angustia, dolor, desesperanza y decadencia.

No estamos invocando el suicidio con sus cruentas e indignas implicaciones, sino la muerte voluntaria asistida por facultativos que la hagan suave, limpia, indolora, profiláctica, informada. Tampoco estamos estableciendo su obligatoriedad universal, sólo ofrecemos la posibilidad jurídica, para quien se acoja a ella, de optar voluntariamente por un final que no pase por  etapas indeseables.

Así pues, será necesario dejar en claro dentro de la reglamentación,  las condiciones y oportunidad que debe tener su aplicación así que, la adición deberá comprender a la Constitución Política en su capítulo de garantías individuales, una ley reglamentaria; a las leyes de salud tanto la federal como las estatales, y a los códigos penales que deberán derogar el delito de inducción y ayuda al suicidio, o incluir como excluyente del delito la muerte piadosa rogada por el propio sujeto pasivo.

No está por demás ser reiterativos: el objeto de este proyecto, concretamente dicho, es dar a los ciudadanos mexicanos la garantía de decidir su propia muerte de manera íntima, libre, voluntaria, oportuna, informada y asistida por facultativo, que la haga indolora,  digna y segura.

 

V

Pocos países del orbe han legislado al respecto, Holanda, Bélgica y el Estado de Oregón en EE. UU. Son los que ofrecen las modalidades más avanzadas respecto a la aplicación de la eutanasia o muerte asistida, en los dos mencionados primeramente, está incluida como un servicio más de la seguridad social para todos sus ciudadanos y, por lo tanto sin costo para el derechohabiente o su familia; no obstante su aplicación, anota estadísticamente sólo a tres de cada diez solicitantes, dado que los requisitos legales son abundantes y rigurosamente cuidados: (Expresión de voluntad escrita, de parte del solicitante en uso de sus facultades plenas, enfermedad incurable, insoportablemente dolorosa e irreversible, asistencia médica y opinión de dos facultativos).

Colombia dando un giro jurisdiccional al asunto, involucrando a su Corte Superior: ante un reclamo de inconstitucionalidad, negó la petición, pero concedió la causal de justificación en el homicidio por piedad, eso abrió la posibilidad de la eutanasia activa voluntaria; de ese modo ha logrado que se sancione benignamente o no se sancione a quienes incurran en el supuesto antisocial.

En México desde 1994 con una reforma a la legislación penal se introdujo la fracción III al artículo 15 del Código Penal Federal en la que se señaló como causa excluyente del delito, el consentimiento del ofendido, esto implica, desde luego, la inexistencia del delito que, procedimentalmente conlleva la inocencia o absolución del presunto infractor. Pero como el derecho penal sustantivo, en nuestro país es de ámbito estatal y no federal, el excluyente referido no rige de modo general, aunque es posible que en honras del principio de in dubio pro reo, una defensa pudiera acogerse a ese beneficio.

Doce entidades federativas mexicanas, cuentan ya con ley de Voluntad Anticipada. Mediante su aplicación cualquier ciudadano puede expresar notarialmente su voluntad de que, al llegar a la fase terminal de su vida, no sea sometido a una sobrevivencia terapéutica artificial; pero ésta es sólo una forma pasiva de  la eutanasia, que no toma en cuenta que la decrepitud es también una penosísima enfermedad terminal de la nadie escapa. La ley de Voluntad Anticipada está redactada de tal forma, que permite que cualquier ciudadano mexicano o extranjero se acoja a ella, aunque su domicilio no esté dentro del territorio jurisdiccional donde está vigente, porque por otra parte la fe pública de los notarios tiene validez universal.

El 5 de febrero del presente año 2017 la asamblea constituyente de la Ciudad de México aprobó la garantía ciudadana de la vida digna y, consecuentemente la muerte digna, y aunque no hace precisión exacta, y aún se discute su contradicción con la Constitución General de la República que prohíbe expresamente la muerte asistida o muerte piadosa, el derecho a valerse de esa garantía ya está planteado y progresará seguramente.

 

VI

“Vida” es, curiosamente, un concepto que todos usamos, pero que nadie ha definido satisfactoriamente. Las ciencias, la filosofía, las religiones, han dado multitud de criterios, todos cercanos, ninguno preciso. Sin intentar definir lo que nadie ha definido, intentemos entender lo siguiente: El sentido más general de vida, es el de que se trata de un fenómeno universal que se genera siempre que se dan las condiciones físicas de organización de ciertos elementos, en la naturaleza cambiante y de formas perecederas, cobrando con ella, una fuerza y actividad substancial,  autónoma, adaptativa y, en consecuencia también de formas perecederas.

La forma vital que nos importa en este trabajo, es la humana que, a través de siglos de adaptación ha cobrado raciocinio, conciencia del yo individual (personalidad) y entendimiento de la breve temporalidad de su función organizada.

Consideremos que en la vida, como en la muerte humana, deben cuidarse valores como la intimidad, la dignidad, la autodeterminación, la trascendencia, el bienestar, la temporalidad, la utilidad.

La vida tiene varias condiciones que si no se cumplen no se tiene porqué seguirla aguantando: debe ser indolora; cuando comienza uno a estrenar achaques y dolencias cada día, se tiene que empezar a pensar que ya fue suficiente. La vida debe ser útil para los demás, una vida inútil como la de Pito Pérez según José Rubén Romero[5],  no merece ser vivida. La vida debe ser digna, es decir, decorosa, meritoria, sólo así se puede aspirar a una muerte digna también; la vida debe ser creativa, es necesario afanarse para dejar algo en este mundo que cuando llegamos a él no estaba y que, estando ya porque lo hicimos, perdure muchos años, puede ser eso una pirámide, un invento, un poema,  una frase, un libro, un árbol o un hijo, aunque salgan fallidos como los del soneto inmoral de Francisco Liguori [6].  La vida debe ser productiva: el esfuerzo debe estar encaminado a que nuestros hijos den su primer paso más adelante del que dimos como último. De este modo habremos cumplido las condiciones para tener el privilegio de morir cuándo y cómo sea nuestra propia voluntad. Así la muerte se puede escoger: se puede decidir que sea voluntaria, digna, tranquila,  heroica,  alegre, indolora, luminosa, trascendental, finita y no involuntaria, arrebatada, cobarde, lacrimógena, penosa, luctuosa e intrascendente.

La muerte digna la dictan las circunstancias y el lugar donde se ha vivido, debe ser el colofón de una vida digna. Para los espartanos la muerte en la cama era indigna y en la batalla era ideal, los mismo entre los mexica; las mujeres tenían una buena muerte si llegaban a ella pariendo. La muerte heroica siempre ha sido una buena muerte. El suicidio no tiene aún buena calificación en razón de los 1500 años de proscripción ético religiosa, pero seres extraordinarios como Aníbal, Cleopatra, Marco Antonio, Séneca, Van Gohg,  Virginia Wolf, Salvador Allende, Hemingway, Violeta Parra, que le cantó a la vida; nos han dejado dicho que una muerte oportuna y a voluntad es siempre más digna que aquella que espera que alguien se apiade de nuestro doliente deterioro.

Intimidad: La decisión voluntaria de morir está enmarcada en la consciencia de uno mismo, en nuestro estado y nuestros actos, en la vida interior de la persona. Es la parte que no se comparte, entidad personalísima y reservada que, no admite intromisiones y  la que cada uno tiene derecho de guardar y defender de toda intrusión ajena. Es acaso esa parte nuestra emparentada con la soledad de la que habla García Márquez y que nos acompaña a través de la vida desde el nacimiento hasta la muerte y que, frecuentemente olvidamos en aras del amor, para el único propósito universal de cumplir o de intentar cumplir con la preservación de la especie.

Determinar nuestro propio ser y proceder, es una facultad que sólo podemos darnos los seres libres, autónomos; quien sacrifica su capacidad de auto determinar su vida y su destino es porque ha caído en la esclavitud, o en la servidumbre. Esa condición no es digna ni deseable, sin embargo es incontable el número de personas que cancelan sus propias decisiones y las ponen en manos de otro. La decisión de morir debiera ser como la decisión de vivir y, dentro de un marco de libertades democráticas, el propio Estado debiera tener la obligación de tutelar ese derecho inalienable, al igual que tutela la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos.

Seguridad: Debemos tener presente que son los profesionales de la medicina, humana y animal, quienes tienen el conocimiento y la praxis respecto al manejo de la salud, la vida y la muerte de sus pacientes, son ellos por eso, quienes actuando con eficiencia pueden cumplir con seguridad el propósito pedido. Los  demás, podemos fallar en el intento, con nefastas consecuencias, como tantas veces ha ocurrido, sobre todo cuando el suicida potencial se enfrenta a la oposición irrespetuosa y sistemática de su propósito, por parte de quienes se entrometen indebidamente en su intento, partiendo del doble prejuicio de que lo están salvando de un pecado o de un acto ilegal y de que, por ello el que se inmiscuye es un héroe que merece reconocimiento público, cuando, en un mejor sentido de las cosas, el que frustra un suicidio debiera ser visto como un imprudente, inoportuno y entrometido.

 

VII

Contar con una disposición legal, terminaría con la práctica clandestina que ocurre hasta ahora. Es verdad sabida que en los lugares donde se prohíbe y penaliza el aborto, el clandestinaje está a la orden del día con todos los riesgos que entraña; lo mismo ocurre con la muerte asistida. Fernando Cano Valle 5  sostiene que: “En muchos centros hospitalarios del mundo, en las unidades de terapia intensiva es práctica común el empleo de narcóticos que quitan el dolor y sedan al paciente, y suprimen los reflejos respiratorios, lo que en un corto lapso produce la muerte. Sin embargo esto se hace a espaldas de la ley, y no deja de ser un riesgo para el personal de salud. La ayuda que muchos médicos prestan a sus pacientes para morir sin sufrimientos aumentaría si, en alguna forma, se legalizara la sedación intensa del enfermo”.

 

 

VIII

México podría contarse entre los pioneros, al incluir lisa y llanamente entre sus garantías, la voluntad individual de morir y, serían las leyes secundarias las que enumeren las condiciones y modalidades a que se sujetaría su aplicación. Tales condiciones pueden ser: edad, capacidad jurídica, estado mental, estado de salud.  Es posible que el resultado fuera equivalente, con sólo derogar el delito de ayuda al suicidio en los códigos penales que lo contienen, pero el propósito de este proyecto, es reconocerles a todos los ciudadanos mexicanos el derecho a decidir su muerte, aunque haya quien no lo ejercite. Si sólo se derogara la disposición penal, la garantía continuaría pendiente y, con ella la universalidad  del precepto.

 

En consecuencia se propone la presente:

Iniciativa con proyecto de decreto por el que se adiciona el artículo 4° Constitucional, con el siguiente párrafo final:

ARTÍCULO 4°… ( ) -Toda persona tiene derecho a decidir su propia muerte. El Estado otorgará  facilidades para que los ciudadanos alcancen su propósito de manera segura, indolora, informada y profiláctica con la ayuda de facultativos con experiencia.

– En artículo transitorio: Las leyes sanitarias secundarias señalarán los términos y condiciones para la aplicación del precepto. Las disposiciones penales se adecuarán a esta disposición. Se deroga toda norma en contrario.[7]

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