Septiembre, entre la tragedia y la esperanza / El Movimiento Estudiantil del 68 en Xalapa

José Luis Salas Torres

Considerado como el mes patrio, septiembre siempre ha sido el símbolo de la tragedia y la esperanza en nuestro país. Y así como nos dio origen como nación independiente, también ha escrito muchas historias de dolor como las que hoy nos envuelven, en medio del luto por los sismos de los días recientes.

Septiembre es fiesta popular, pero también duelo nacional. Es una estación en el tiempo que sacude nuestras conciencias y convoca  a la fraternidad. Es en este mes cuando los mexicanos nos unimos en la solidaridad, la celebración y el recuerdo.

En estos días de tristeza para el país, recordamos también que ya estamos a un suspiro de distancia de conmemorar el medio sigo del movimiento estudiantil del 68. Aquellas jornadas de lucha social que habrían de cambiar al país para siempre.

En septiembre, la apacible tarde de un otoño incipiente fue sacudida por un golpe de autoridad. En medio de la confusión y el temor, decenas de estudiantes fuimos protagonistas en Xalapa de uno de los desencuentros más importantes entre la sociedad y su gobierno. Una vida después, la causa que alimentó el movimiento estudiantil del 68 se niega a convertirse en un recuerdo que sólo mueva a la nostalgia.

Como cada generación, nosotros también tuvimos ideales de lucha; salimos a las calles a gritar consignas, con una visión liberal en un país, cuya estabilidad económica y social, ocultaba el rostro verdadero de un Estado centralista y autoritario-como entonces, sigo pensando que la legitimidad de un movimiento la establecen las causas, no las acciones.

No aspirábamos a la anarquía sino a la justicia. No queríamos la confrontación sino un espacio para ser escuchados. No imaginábamos, la mañana de ese 26 de septiembre, que el Estado nos iba a conducir en la dirección contraria. Antes de caer la noche, las calles del corazón de Xalapa se convulsionaban ante el temor a una violencia desconocida. A golpe de tolete, cerrábamos un capítulo que marcó nuestras vidas para siempre.

Como en muchas partes del mundo, Xalapa fue una cuna de una generación estudiantil del 68 progresista, de estudiantes destacados que tenían el reconocimiento y simpatía de los ciudadanos; era la época en que los estudiantes marchábamos por las calles del mundo, despojados de violencia y con una causa a cuestas.

De nuestra protesta no hubo parangón ni antes ni después. En su propia circunstancia, nuestra lucha no se escondía tras un pañuelo, tras el efecto mediático de un pasamontañas, ni abrazaba en la clandestinidad una bomba molotov, sino que se encendía con el reconocimiento de sus líderes, de profesores comprometidos y de una Universidad que en su legítima autonomía habían decidido jugar del lado de sus estudiantes y no de su gobierno.

Por eso la memoria de los maestros que acompañaron al movimiento sigue intacta. No olvidamos  a Othoniel Rodríguez Bazarte –entonces alcalde de Xalapa-; Carlos Manuel Vargas, director de la Facultad de Filosofía y Letras; Roberto Bravo Garzón, entonces director de la Facultad de Economía y años más tarde Rector de la UV; Antonio de Haro, Eloy Spíndola, Fernando García Barna, Salvador Bouzas Guillaumín, Carmen Delgadillo, Héctor Castañeda Bringas y Raymundo Flores Bernal –el único diputado local que entonces apoyó el movimiento-, entre muchos otros.

Casi desde el anonimato, porque no teníamos ante nosotros la simpatía y escrutinio de los medios de comunicación ni la fuerza de las redes sociales, logramos que nuestra voz se escuchara a través del tiempo. La fuerza nos hizo perder la batalla esa tarde del 26 de septiembre de 1968, pero al final, el tiempo nos dio la razón.

Ese año fue paradigmático; había sido un año de cambios, cambios en la sociedad y en la universidad, cambios que empujaron por igual nuevos modelos educativos que a una huelga en julio que redujo el semestre a unas cuantas semanas de clases. Pero lo que perdimos en las aulas lo ganamos en las calles.

A punto de concluir septiembre, con el movimiento estudiantil a la alza en la capital del país, los dirigentes de los comités de huelga decidimos realizar una nueva marcha el día 26, misma que partiría de las facultades de Filosofía y Letras, -entonces en la calle de Juárez- y la Facultad de Derecho, en la zona universitaria, para coincidir en la plaza Lerdo. En sólo unas horas, nos envolvió un vértigo de acontecimientos que aún hoy nos estremece.

Y fue cuando conocimos la fuerza del Estado. Desde el Palacio de Gobierno, el Gobernador Fernando López Arias hizo una convocatoria urgente a los 40 principales líderes del movimiento estudiantil en Xalapa; la entrevista se convirtió en un monólogo de autoridad y fuerza en el que no hubo espacio para negociación alguna. La sentencia estaba dictada.

A manera de testimonio, recuerdo que eran las 2:30 de la tarde; con gesto adusto, López Arias se refirió a la tolerancia que había observado su gobierno al movimiento estudiantil, pero que ante la inminente movilización del ejército en varias plazas del país, no se permitiría una marcha más, con lo que se iba a demostrar que Veracruz era capaz de salvaguardar el orden y sus instituciones con sus propios medios de seguridad.

Entre las seis y ocho de la noche Xalapa vivió la peor represión de su historia. Dos millares de estudiantes y algunos maestros que participaron en la marcha, intentaban dispersarse en medio de una nube de gases lacrimógenos que los había tomado por sorpresa. El ruido de las botas y el golpe del tolete eran ensordecedores.

La violencia absoluta del Estado infundió un temor desconocido. Fue el coronel Héctor Hernández Tello, entonces director de Seguridad Pública del Estado, quien se colocó al frente de los cuerpos de seguridad para realizar el operativo y la disolución de la marcha.

Civiles corrían a esconderse a comercios y a la Catedral. Conforme se disipaba el humo lacerante, se observaba a personas que intoxicadas por los gases o lesionadas por los golpes, se refugiaban en otros edificios cercanos. La violencia fue igual para todos, incluso para quienes no participaban de la marcha. No estábamos preparados para eso; nos replegamos y huimos en todas las direcciones.

Fue la última marcha del movimiento estudiantil que se realizó en Xalapa. Para la mañana de aquel fatídico 2 de octubre en Tlatelolco, Xalapa estaba intentando sanar sus propias heridas.

En cuatro décadas no se ha vuelto a conocer tal nivel de organización social y de participación estudiantil arropando una misma causa. Tampoco se ha conocido de la fuerza absoluta del Estado trasladada a las calles en forma de represión. En efecto, el movimiento feneció en unas horas, pero su recuerdo nos acompaña siempre.

Como entonces, ahora los sismos nos han demostrado la fuerza de una sociedad organizada. La lucha del pasado y la tragedia del presente, han devuelto su protagonismo al ciudadano. Hoy, una vez más, tenemos la oportunidad de reconstruir una sociedad en la solidaridad y la justicia. No la desaprovechemos.

 

Nota de la Redacción:

José Luis Salas Torres es un político y abogado de una importante trayectoria en Veracruz.

Ha sido diputado local veracruzano por el distrito de Martínez de la Torre; consejero de la Judicatura; director general de Responsabilidades y Situación Patrimonial en la Contraloría del Estado; director General de Gobernación en dos ocasiones; de la Editora del Gobierno del Estado; de Servicios Periciales de la Procuraduría; así como de Tránsito y Transporte del Estado.

En 1968, cuando estalla el movimiento estudiantil en nuestro país, José Luis Salas era secretario del Comité de Huelga de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana.

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