Santuario de las Garzas, convertido en zona de riesgo y miedo

Francisco De Luna

Xalapa, Ver.- Eran las 07:00 de la mañana cuando entramos a la colonia Lomas del Seminario. El frío era de nueve grados. Sus calles lucían solitarias. Hay miedo. Hay desconfianza. Los vecinos miran desde sus ventanas como centinelas, cada movimiento que realizamos.

Una lona de “Vecinos Vigilantes” asoma desde un balcón en la calle Mozart con Andador número 5. Se trata de una zona de alto riesgo y no sólo para los extraños, también lo es para las mismas familias que llevan décadas de vivir en este sitio.

Aquí ha sido escenarios de asesinatos, peleas callejeras, secuestros y en el peor de los casos han ocurrido feminicidios como el de la joven de 19 años, Ruth Magaly.

Esta colonia se ubica en la Delegación Oeste, de la ciudad de Xalapa.

En el balcón de una de las viviendas una dice amenazante: “Zona protegida por vecinos vigilantes”. Cuidado te estamos vigilando, se lee en las primeras frases de la lona. Sin embargo, pareciera que eso ya no asusta ni aleja a los maleantes.

En este sector poblacional las pocas personas que se animaron a platicar con la prensa, contaron del miedo de vivir en el lugar y en los alrededores del Santuario de las Garzas, que se ha convertido en la “tumba” de nueve mujeres.

Caminar en la calle “Mozart” es contrario a la tranquilidad. No la hay. Es necesario avanzar precavido. Mirar los alrededores porque el área es desconocida para la prensa.

En una de las bardas, contrario al mensaje de la lona, se lee una frase política: Morena la esperanza de México.

Al fondo de este muro con el texto esperanzador está el terreno que forma parte del Santuario de las Garzas. Ahí está el tanque seco donde fue arrojado el cuerpo de Magaly, quien desapareció el 22 de noviembre, pero fue encontrada muerta el 5 de diciembre.

Hay flores, veladoras y adentro de la cisterna agua estancada. En sus paredes una figura que representa a una persona ahorcada que dice «Te Kiero».

Pero antes de llegar a ese escenario, subimos unas escalinatas que parecían interminables. Desde lo alto se muestra ante los ojos un panorama de hacinamiento. Algunas casas grisáceas, sin revoque «sin repellar».

Los perros ladran como en el cuento de Juan Rulfo. -Aún no son ni las 08:00 de la mañana- llegamos a la casa donde vivía Ruth. Ahí nos recibió don Juan Hernández, papá de la joven.

Salió de su carpintería, con las manos manchadas de barniz. Saludó y nos mostró desde ese cerro el Santuario, esa reserva ecológica que se ha vuelto peligrosa, que se ha convertido en un cementerio clandestino y donde muchos sueños se han desvanecido -cuenta don Juan- quien recuerda a su hija que le escribía cartas de lo mucho que ella quería a su familia.

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