Los Lagos, el Coney Island de la recreación en Xalapa

Miguel Valera – Crónica

Un oasis, entre la selva de asfalto que se ha convertido el centro de Xalapa, la capital veracruzana, atiborrada de vehículos automotores, nada iguala en colorido, movilidad humana y algarabía a Los Lagos, un espacio popular de paseo, descanso y recreación, el Coney Island del corazón de la Atenas Veracruzana.

Llegas, por el lado de la calle de Atletas y encuentras este manantial esmeralda, rodeado por hayas, ficus y liquidámbares, con el cielo azul, brillante algunas veces o plúmbeo, cargado de lluvia, otras. La gente circula, como en peregrinación de felicidad en derredor. Padres que pasean a sus hijos o mascotas, hombres, mujeres, niñas, niños y jóvenes que disfrutan la vida, que comen elotes, churros, esquites, plátanos fritos, chicharrones de harina o palomitas de maíz.

Ahí se besaron por primera vez Mayra y Alessia. Tímidas, inocentes, llenas de vida, escribieron sus nombres para la posteridad, debajo del mural a Quetzalcóatl, una pieza artística de Alberto Beltrán, el gran muralista que aún en vida recorrió este hermoso paseo para explicar a sus amigos este viaje de la serpiente emplumada del altiplano mexicano a las tibias aguas del Golfo de México en Coatzacoalcos.

Si traes vehículo es difícil estacionarte en la zona. Y muy cerca de La Casa del Lago, enfrente de La Caña, un bar estilo alemán con las mejores cervezas artesanales y las mejores salchichas —Würste—de Xalapa, un hombre simula a un agente de tránsito, con su silbato en la boca. El viejo barbado, desaliñado, con ropas desgastadas y sucias, va y viene con amabilidad, da el paso, detiene el tráfico, silba y silba.

Se trata de don Ruperto Carrera Pozas, “Don Beto”, de 78 años de edad, que un día, hace ocho años, decidió quedarse a vivir ahí, junto a La Caña, en un camastro que coloca en la noche y levanta por la mañana, junto con cobijas viejas y bolsas con sus pertenencias, para colocarlas debajo del árbol que le cubren del sol o de la lluvia.

Como las aves evangélicas, que no siembran ni cosechan, a Don Beto no le preocupa acumular ni tener, él vive de la Providencia, de la comida que le regalan los vecinos o las monedas que le dan los miles de visitantes que llegan a Los Lagos.

Don Beto no lleva una lamparita encendida —como Diógenes de Sínope, buscando hombres honestos— pero sí un silbato de agente de tránsito, para brindar un servicio a la comunidad. Como el viejo Diógenes del Mar Negro, don Beto ha decidido vivir sin apego a las cosas materiales y lo único que le pide a la gente es que no le tapen el sol que todos los días cobija y entibia su cuerpo.

Cuando te asomas a los Lagos, enfrente de la casa de don Beto, una fuente de aguas cristalinas te recibe, para admirar el paisaje de este cuerpo de agua que fue construido como un dique para generar energía motriz por la fábrica de hilados y tejidos de El Dique.

Abandonado, convertido en pantano y rescatado en los años setenta en una zona de tres estanques, para el disfrute de los capitalinos, Los Lagos se han convertido en un emblema de la ciudad, porque ligan un importante corredor cultural, académico, deportivo, artístico y religioso.

La Facultad de Música de la Universidad Veracruzana, la Unidad de Artes, la Casa del Lago, una importante clínica del Seguro Social, la rectoría de la Máxima Casa de Estudios, el Estadio Xalapeño Heriberto Jara Corona, Patrimonio Cultural de la Ciudad, el Campus para la Cultura, las Artes y el Deporte —donde se asienta la Sala Tlaqná, sede de la Orquesta Sinfónica de Xalapa— y el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en el corazón del barrio bravo de El Dique, el Bronx de nuestra ciudad en otra época.

Y ahí, en derredor de ese anillo de árboles y flores y al lado de ese verdoso cuerpo de agua, se ven desfilar, como dijera José Martí en su crónica de “Coney Island”: “largas alfombras de cabezas”, un río de gente que va y viene, “un dispendio” de hombres, mujeres, niñas, niños, jóvenes y adolescentes, un gran “bullicio, muchedumbre, este hormiguero asombroso… sin intervalo, sin interrupción, sin cambio alguno”.

Por la tarde, a lo lejos, se escuchan las campanas que llaman a misa, lo mismo de Catedral, que del Santuario de El Dique, un importante centro religioso que fue construido a lo largo de más de 20 años por un sacerdote que de un día para otro desapareció, como raptado por naves espaciales.

Ahí, en Los Lagos, los jóvenes se suben a sus patines, bicicletas o patinetas e intentan cruzar las losas destrozadas por el paso del tiempo o por la raíces de árboles que buscan abrirse paso entre la tierra.

Ahí, donde se besaron por primera vez Mayra y Alessia, también conoció el amor Karla Ávila, Rodrigo, Juan, Rosa, Estrella, Miriam, Deimos y Fobos, Rocky, Marianela, Judith, Alfonso y Enrique, Dalia y José, David, Eréndira y Rocío. Sí, todos ellos jóvenes, llenos de vida, caminaron, se tomaron de la mano, sintieron el aire fresco de la tarde y se trasladaron del primer Lago al segundo, se besaron en una banca y se juraron amor eterno mientras escuchaban el ladrido de los perros.

Antes, comieron pizza de La Paz, helados de mamey, guanábana, fresa, chocolate o vainilla o se detuvieron en un puesto de elotes, asados en anafre o hervidos en grandes tinas, preparados con mayonesa, queso y aderezados con chile habanero, chile de árbol con dorito, chile seco, chile con limón o chile xalapeño.

Algunos buscaron a Emanuel, que prepara cacalas con mayonesa, granos de maíz, pollo y lechuga o compraron en el puesto de don Juan, que vende doritos y tostitos embolsados, que prepara también con elote tierno y chile piquín, miguelito, árbol con cacahuate, sal y limón, picoso y chamoy.

Otros, niñas y niños, prefieren divertirse con burbujas de agua enjabonada, que venden por cientos en Los Lagos. De 10 o 20 pesos, los padres les compran los frascos o depósitos plásticos en forma de cubeta o espada, que se convierten en una de las mayores diversiones, animadas por el aire fresco de la tarde, que hace girar y revolotear a las pompas de jabón que se desintegran en cinco segundos.

En las escalinatas del primer lago, Mickey y Mimí, los ratones de Disney, saludan a los infantes. —Hola Mickey. —Adiós Mickey. —Una foto Mickey, dicen los niños que se acercan a saludar y tomarse la foto del recuerdo por 20 pesitos, mientras en el ambiente se escucha el grito de los heladeros: de guanábana, de mamey, de vainilla los heladooooossss.

Mickey y Mimí caminan en las escalinatas con garbo, con realeza. Mis fotos les llaman la atención y siguen caminando como en pasarela de los mejores escenarios de Orlando, Florida. Me acerco para saludarlos y corroborar si no son Paula Pharman o Tobias S. Truman, los personajes de Mickey y sus amigos, la novela de Luis Arturo Ramos que cuenta la otra historia del maravilloso mundo de Disney en la existencia “real” de dos enanos que dan vida a la ficción de la prosperidad americana del viejo Walt.

En esas mismas escalinatas Armando y Alex Barreto abrieron el micrófono de la bocina móvil desde donde se oye la música de Amor del bueno, de Reily, que ellos interpretan con pasión, para pedir algunas monedas a la audiencia, sentada ahí, viendo pasar el tiempo, en descanso, con vista al maravilloso lago de esta ciudad capital.

Con la misma pasión inician Sin tu latido, de Luis Eduardo Aute, combinando sus jóvenes voces para entonar “Hay amor mío, que terriblemente absurdo es estar vivo, sin alma de tu cuerpo sin tu latido… sin tu latido”, mientras recuerdan que todos los caminos conducen a Roma, volviendo siempre al faro de los ojos del amor deseado.

A lo lejos, el silbato de don Beto anuncia el intenso tráfico de la calle de Atletas. Es el silbato de don Beto, de cuya vida podría escribirse un libro, con la historia de un hombre cuya madre perdió 22 millones de pesos en un camión y solo le dejó una casa o terreno intestado, allá por Niño Perdido, dice, quizá haciendo alusión a su propia infancia y vida.

Su madre, que murió en 1985, tuvo 10 hijos y de esos 10, sólo él, Ruperto Carrera Pozas, de 78 años de edad, queda vivo. Sí. ¡Vivo! Si vivir en un camastro, a la intemperie, de la caridad de los vecinos, es vida.

En contraste con su vida de carencias, en Los Lagos, circula la abundancia, modesta, de clase media, de gente sencilla, pobre, pero que puede pagar un elote, un esquite o un chicharrón de harina a 10 o 20 pesos y no el café de 50 pesos en las plazas comerciales de la ciudad.

A Los Lagos la gente va a disfrutar, a descansar, a pasear, a divertirse, a enamorarse y sobre todo a comer, a saborear golosinas. Todos comen algo. En los puestos abundan los mazapanes, los chicles, las pulpas de tamarindo, los chicharrones y palomitas embolsados.

Crepas, bolsas de bombones de café de a diez pesos, algodón de azúcar , malanga cultivada en Actopan, gorditas de nata, calientes, cubiertas con mermelada, cajeta o lechera, refrescos y bebidas endulzadas, plátanos fritos. En Churrolandia, un local del segundo lago, una orgía de fritos que podrían taponear las arterias en un segundo al joven más sano: pizza, banderillas, churros, plátanos fritos, papas.

Crepas de 15 pesos, fresas con crema, jicaletas —jícamas cortadas en rodajas, con el parecido de una paleta, cubiertas de diverso tipo de salsa—, cocos, cocadas, alitas de pollo al chile seco o en salsa búfalo, en paquetes de 30 o 50 pesos.

Entre las golosinas, gomitas, mangomitas, gusanitos, panditas y baloncitos, galletas, boings de todos los sabores y Lucas, una salsita picante que a los niños les encanta. Además, semillas, cacahuate garapiñado, charales, frijol de soja, girasol, lenteja, chícharo, cacahuate con ajo.

La tarde avanza. El cielo pasa de azul límpido a plúmbeo, gris. El aire mueve las nubes caprichosamente. A ratos anuncia lluvia, a ratos, despejado completamente. Así es la vida en Los Lagos de Xalapa.

Mientras niños y jóvenes manejan triciclos, bicicletas o juegan carreritas en patines, a lo lejos, la música del grupo Bronco se escucha desde un altavoz y se confunde con el trinar de pájaros y el ladrido de perros. Los corredores, hombres y mujeres que se ejercitan al caer la tarde, están atentos al ritmo de su cuerpo, porque cubren, la mayoría, sus oídos con audífonos. Pero el resto, es testigo de esta polifonía de vida.

El Bronco insiste en el altavoz: “Después de tanto quererte, golpeas mi alma y te vas, como si fuera un juguete, que ayer logró entretenerte, y hoy te cansaste de usar… te quise una vez, te entregue el corazón, y me pagaste con mentiras y maldad”.

A las seis de la tarde se cierra el servicio de tirolesa, que permitió a una pléyade de jóvenes y adultos cruzar el primer lago con vértigo y alegría. Pero la fiesta continúa. Niñas y niños persiguen pompas de jabón en los corredores y juegan en el atrio de la Casa del Lago, abandonada por fuera, descuidada, con pintura blanca, gastada por la lluvia y el paso del tiempo.

En una de sus paredes destaca una fotografía de dos niños, tirados en la playa, sonrientes, disfrutando de la vida, como todos los que pasean en la semana, en sábado, domingo o día de asueto en Los Lagos.

En una expo artesanal, que vende pulseras, collares, semillas de café, cajas de miel, semillas de café, velas, que se instala los miércoles en el Parque Morelos y los sábados y domingos en Los Lagos, Marco Tulio Huerta me muestra una exposición numismática.

“La numismática es la ciencia de la moneda”, me dice, mientras me enseña billetes de Bielorrusia, Camboya, Ukrania, Bosnia Herzegovina, República de Burundi, Indonesia, Mongolia, Yisan China, Croacia y Afganistán. “Todos son originales”, me aclara.

Me gusta que la gente aprenda, añade emocionado, mientras me muestra un dracma y diversas monedas mexicanas.

La expo artesanal cuenta con una gran variedad de productos, cajas para regalos, collares, libros, llaveros, collares de café, collares multicolores, pulseras, figuras de yeso que niños pueden pintar de 25 o 30 pesos y hasta las mujeres chiapanecas que ya son parte del paisaje xalapeño, ofrecen ahí sus bolsas y blusas tejidas a mano, con figuras de flores y pájaros.

En el segundo lago destaca el Parque acuático, que permanece cerrado por la tarde y el Parque Recreativo Omaha, siempre lleno de niños y niñas que suben a las resbaladillas y se columpian interminablemente, con el “otra vez”, “otra vez” eterno, que les caracteriza.

En algunas épocas del año, los juegos mecánicos que se instalan entre el primer y segundo lago, hacen honor al Coney Island neoyorquino, rodeado de playa y hombres y mujeres divirtiéndose y huyendo de la cotidianidad de la urbe de acero.

Aquí puedes pasar horas en losbrinca-brinca, pescando patitos, en los stands de pinta caritas para los pequeños, jugar al conejo de la suerte o atinarle a los hoyos de canicas para ganar figuras de yeso, alcancías o peluches.

Mientras una mujer muestra una pitón albina, acercándola a una familia con cuidado para que no tengan miedo, ofreciendo la foto por 20 pesos, ante la angustia de un niño que tiene que obedecer el interés de su padre por la gráfica, unos jóvenes se toman de la mano y se alejan del bullicio, de la multitud, para hablar a solas de amor.

Unas monjas de la llamada Casa Azul, asentada en el populoso barrio del Dique, los cruzan y los ven de reojo, quizá con deseo, quizá con envidia. Los jóvenes se sientan en una banca del tercer lago, se miran a los ojos, se tocan las manos y se besan tímidamente.

Seguramente irán después al mural de Quetzalcóatl, de Alberto Beltrán y dejarán ahí, como en la penca de un maguey, sus nombres, entrelazados, unidos para siempre, recordando, también para siempre, el primer beso que se dieron en el Paseo de Los Lagos, este luminoso espacio de Xalapa, la Atenas Veracruzana.

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