La cantina de la señora E

Miguel Valera / Ficción

Me detuve en el kilómetro 666 de la carretera 140 Xalapa-Veracruz, por la vía libre de Paso de Ovejas.

Era una población apacible, muy cerca del sitio donde Mel Gibson filmó escenas de Apocalypto y de la hacienda Manga de Clavo, lugar de refugio desde donde Antonio López de Santa Anna alivió depresiones del poder.

La música de la cantina de “la señora E” llamó mi atención y ahí estacioné mi auto.

La voz inconfundible de Michel “El buenón” me recibió.

Un parroquiano, con una hilera de más de 20 botellas de cerveza Victoria, vacías, me invitó a sentarme a su mesa.

Una mujer madura, de mi edad, aproximadamente, me abrió la primera Victoria, que bebí de un tirón.

Me contó que se casó a los 14 años y tuvo tres hijos, pero sola, a los 20, empezó en este negocio, para mantener a sus cachorros.

—Un día, me dijo, “la chica Y” me llevó con el alcalde de Paso de Ovejas. Era yo una chamaquilla, inocente, no sabía nada de eso. Recuerdo que me subió a su camioneta y me pidió que le hiciera cosas. Ya usted sabe. Yo lo hice. No sabía mucho, pero hice todo lo que me pidió. Y bueno, al terminar, me dio cinco mil pesos. Era muchísimo dinero y hasta tenía miedo que me lo robaran. La “chica Y” quería que le diera la mitad, pero le dije que no, porque yo me lo había ganado con mi cuerpo.

—Siempre que estaba con él me daba cinco mil pesos. Era mucho dinero, insistía. Fue hace como 25 años, recordó. Un día me quiso regalar un coche, pero “la chica Y” se interpuso y ya no me dio nada.

A todo volumen, Michel “El buenón” apenas nos permitía conversar.

“Para que hablen de una vez y dejen de murmurar, qué tal si dentro de un mes, nos vamos a otro lugar. Qué van a entender de amor, los que no han sabido dar, toda el alma sin pensar, sin pensar en el dolor”, se escuchaba en la moderna rockola, en esa pequeña cantina de cuatro por cuatro, en el frente de una casa cerrada con tres candados, con un “miadero” a la izquierda y un cuarto al fondo, a la derecha, para “tirar pata”, me dijo el parroquiano.

La señora E se interesó en la conversación.

—“Te cuento todo esto porque tú si me escuchas. Gracias por eso, me dijo. Además, mira, yo tengo un hombre que es ingeniero y es educado y huele bien”.

“La verdad sí he andado en esto desde entonces, pero mira, uno tiene que sobrevivir, que vivir y salir adelante, me dijo, mientras me contaba que también atendió a un hombre de Huatusco, que al parecer era narco. Sí, era todo barbudo y tenía mucho dinero”.

También un día, aquí, en esta cantina, añadió, llegó un hombre que se encariñó con ella. “Yo era muy guapa, la verdad estaba bien, tenía cinturita, estaba yo bien rica y pues una vez un hombre se enamoró de mí y me ayudó mucho. Pues sí, lo atendía yo y todo, pero un día me sorprendió porque me regaló cien mil pesos. ¿Quién te regala cien mil pesos? Nadie, nadie. Con eso pude arreglar mejor el lugar y bueno, aquí estoy, luchando”.

La música seguía a todo volumen. A la mesa llegó un compadre del parroquiano que me invitó a sentarme, un hombre de piel oscura, camionero también, que cargaba una figura de San Judas Tadeo en una cadena de collar.

—¿Es San Juditas?, le pregunté, para hacer conversación.

En un momento pensé que era la Santa Muerte, pero después con detenimiento y en su respuesta, supe que era el Santo de las causas difíciles.

“Sí, sí, es San Judas. Soy devoto. Allá adelante, en mi casa, a orilla de la carretera, le hice una ermita”, me presumió.

Nos invitó otra ronda y luego otra y una más, para terminar pagando un cartón de cerveza Victoria, la Victoria de México, en 450 pesos.

En la pieza un hombre, también con otra cadena que colgaba a San Judas Tadeo, abrazaba a una chica veinteañera, ataviada con un vestidito negro, que resaltaban sus jóvenes piernas aún firmes y ágiles.

De vez en vez volteaba a nuestra mesa y nos sonreía, mostrando el daño en una pieza dental, producto de algún golpe o quizá de alguna carie.

Sonreía forzada cuando el hombre le besaba suavemente la mejilla y acercaba su cuerpo al suyo, como enamorado.

—Mira, ya se enamoró, le dije a la señora E.

—¡Qué va a ser!, me contestó. Aquí no puedes enamorarte. Bueno, a veces pasa.

—¿Cómo no?, me dijo el parroquiano. ¿Ya no te acuerdas de fulana que hasta la fecha vive con un hombre que se encontró aquí?

—Bueno sí, sí, pero son casos raros.

Todos reímos.

Michel “El buenón” terminó su larguísima rola y solo dejó en el ambiente su tonada de “que de tu inocente piel yo no soy merecedor, que de lobo es el papel, que a mí me queda mejor. Vámonos a otro lugar, donde no nos juzguen más”.

En tanto, uno a uno, los clientes se fueron despidiendo, pagando la cuenta a la matrona, que desde nuestra mesa dominaba todo el escenario y que una a una también, nos inyectaba victorias, para adelgazar nuestras carteras.

La chica de negro, con un brasier rosa que se asomaba tímidamente por sus pequeños senos y un calzón azul que después vino a mostrarnos, se acercó a la mesa con la intención de sentarse.

—¿Sí le invitan una ficha?, dijo la señora E.

—Sí, ¿cuánto?, contestamos.

—Noventa pesos por la cerveza.

—Sí, sí, adelante, pero ya casi nos vamos, anotamos.

Isabel, como dijo llamarse, se sentó sonriente, tímida, pero al mismo tiempo desmadrosa.

Me confirmó que tenía 25 años y un hijo. Cuando le pregunté que de donde era, me dijo con franqueza y soltura: “no soy de aquí ni de allá, soy de cualquier parte”.

Atenta, metió en un cartón las 24 cervezas de cuartos que ya el compadre moreno había pagado y dejó afuera el resto, que yo invité, en atención al parroquiano que me había invitado.

Las sombras de la noche, que se acentuaban con los frondosos árboles de mango que cubrían la carretera, nos abrazaban.

La música seguía a todo volumen, ensordecedora, impidiendo conversar a gustó, pero entre pausa y pausa, Isabel coqueteó conmigo y me ofreció ir a la cama.

—Vamos, solo 500 pesos, por todo el servicio, me dijo.

—Bromee con el servicio y le dije que me diera detalles de lo que incluía.

Entendí que no había tenido ningún cliente, ese sábado caluroso del kilómetro 666.

Tuve deseos de tocar sus piernas, pero me contuve, tomando mejor el talle de la última Victoria, helada, que la señora E había puesto sobre nuestra mesa.

“Solo nos debe importar, lo que te doy y me das, un rinconcito para nosotros, si tú lo quieres voy a buscar, pondré un letrero con letras grandes, en el que diga No molestar”, se escuchaba en mis oídos la voz inmanente de Michel “El buenón”.

“Vamos amarnos a mi manera, que podamos irnos donde quiera, que el amor se hizo para dos”, añadía.

Saqué mi cartera, pagué el resto de la cuenta, le agradecí a la señora E por la conversación, le prometí a Isabel que regresaría y le pedí un cigarrillo Roma, de una cajetilla casi nueva que estaba sobre la mesa.

Ahí quedó en el aire, la música de mi tocayo el buenón, las historias de juventud de la señora E, y una tira de botellas vacías de cervezas que esa tarde-noche calmaron la sed de un viajero de la carretera 140.

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