El inolvidable aliviane de Kid Rapidez

Bernardo Gutiérrez Parra

En la orden de trabajo de aquel noviembre de 1975 estaba escrita media línea que me provocó cierta contrariedad “Entreviste al Mantecas sobre su próxima pelea”.

José Ángel “Mantequilla” Nápoles, campeón mundial de peso welter, tenía fama de grosero con los periodistas y además un carácter de los mil diablos que se acrecentaba cuando por obligación, tenía que ir a entrenar. Semanas antes lo había visto por televisión pelearse con una reportera en un video que Jacobo Zabludovsky transmitió íntegro en su noticiero.

Sus problemas para dar el peso, sus constantes escapadas de los entrenamientos y su afición a la bebida lo hacían llegar crudo al día siguiente y le habían agriado el carácter. Su pelea contra el inglés John H. Stracey programada para el 6 de diciembre, lo había vuelto huraño, hosco e irascible.

En aquel tiempo yo era un chamaco que aún traía los resabios de la leche materna en los labios y quise protestar, pero mi Jefe de Información me paró en seco: “Nunca, óyelo bien, nunca discutas la orden de un jefe. ¿No querías una oportunidad? Órale, ahí la tienes”.

Sabedor de los problemas que tendría para conseguir la entrevista me dio tres días de plazo para realizarla.

Ese mismo día llegué a los baños Jordán con una sensación de pesadez en el estómago. El lugar estaba atestado de prensa deportiva a la espera del campeón que llegó tarde y de malas. Debido a su indisciplina ya no lo dirigía Cuco Conde, sino Pancho Rosales que le pidió al entrenador Kid Rapidez, le pusiera los guantes.

El Mantecas hizo seis rounds con dos sparrings, pero se ensañó con el segundo, un joven de rasgos indígenas que lo conectó con un par de izquierdas a la mandíbula. Fue lo último que hizo el chavo antes irse a la lona por una combinación de gancho al hígado y un derechazo al mentón.

El chavo tardó en reaccionar, sus ayudantes lo acomodaron en un banquillo y le mojaron la cabeza. Desde la altura de su soberbia el campeón lo miró indolente mientras Kid Rapidez le quitaba los guantes.

Los fotógrafos tomaron sus placas, los reporteros hicieron sus apuntes, pero no hubo preguntas. Entonces me le acerqué.

“Buenos días campeón, vengo de Últimas Noticias y quería preguntarle si…” “No me molete, chico” fue su cortante respuesta. “Es que quería saber si ya está listo para su combate del próximo mes”. Mantequilla me ignoró, tenía puesta la mirada en los movimientos de Kid que le quitaba las vendas de la temible mano izquierda. Por unos segundos no supe qué hacer, vi a mis compañeros tensos y a la expectativa. En previsión de que el campeón me descontara, los reporteros gráficos prepararon discretamente sus cámaras.

Algo amoscado volví a preguntar: “Señor, sólo quiero saber…” “Que no me joda, chico, no me joda. Ya no hablaré con utee; utee no dicen la veldá”.

Al día siguiente el campeón no se presentó a entrenar. Cuando le pregunté a Kid Rapidez dónde podría encontrarlo, el parsimonioso entrenador que jamás se quitada su sombrero Fedora, se encogió de hombros. “Me urge la entrevista -le dije-, si no la consigo me van a suspender”, pero Kid se alejó sin contestar.

Desalentado, me senté en una silla a verlo entrenar a los nuevos prospectos. Más que ordenarles, Kid parecía suplicarles; de sus labios no salían gritos o malas palabras, salía una voz bien intencionada. “Bien chico, muy bien, con elegancia esa mano derecha. Eso es”.

“¿Por qué le dicen Kid Rapidez cuando es tan calmado?”, le pregunté a un compañero. “Pues por eso, porque es muy pachorrudo, muy lento. Si un día viene un terremoto el último en salir será el Kid, pero no por huevón sino porque es tranquilo y tardo por naturaleza”.

Y en efecto, contrario a su paisano Mantequilla que cuando andaba de farra era abierto, extrovertido y locuaz, Kid Rapidez era un hombre serio, callado y taciturno.
Ambos llegaron a México en 1959 cuando Fidel Castro tomó el poder en Cuba y prohibió el boxeo profesional. Kid Rapidez era más bueno que el pan y fue el mejor amigo que tuvo José Ángel en su vida.

Más de tres horas estuve en los Jordán con la esperanza de que se asomara Mantequilla, pero nunca llegó. Después de mediodía los boxeadores pasaron a mi lado transpirando sudor y directo a la ducha. Tras ellos venía Kid Rapidez cargando una maleta negra. “Quizá lo encuentres por la noche en el Quid, pero puede que se vaya a otro tugurio. Con él nunca se sabe”, me dijo.

Por la noche me fui al Quid pero el Mantecas no estaba. Lo busqué en el Waikikí, el Montparnasse, La Taberna del Greco y dos antros más pero nada.

Casi sin dormir me presenté por la mañana en los Jordán pero el boxeador había faltado nuevamente. Su mánager Pancho Rosales estaba rojo de coraje. Me acerqué con Kid, le platiqué mi periplo de la noche anterior y mi temor porque me suspendieran si no llevaba la entrevista. Kid alzó los hombros e hizo un ademán con las palmas de las manos hacia arriba como diciendo ¿y qué quieres tu que yo haga, chico?

Al día siguiente llegué a la redacción de mi diario después de mediodía, tomé un ejemplar de la edición vespertina, me asomé a la sección deportiva y ahí estaba mi entrevista con Mantequilla Nápoles.

“Te felicito -me dijo el Jefe de Información- hiciste un buen trabajo. Pero también te quiere felicitar Mantequilla. Me habló furioso esta mañana y me dijo que si no vas hoy a los Jordán él vendrá a verte aquí”.

Frustrado por no encontrar al condenado cubano, había inventado la entrevista. Con la boca seca platiqué a mi jefe las infructuosas maromas que había hecho la víspera con tal de sacar la chamba. Pero mientras más me justificaba, más avergonzado me sentía. Y cómo no si me habían caído en la maroma.

“Conmigo no tienes problema -me dijo-, para mi cumpliste con tu orden de trabajo. El problema es con ese aprendiz de asesino que te está esperando”.

Devastado y confundido salí de la redacción sin saber cuál de mis dos preocupaciones era mayor: mi vergüenza por la deshonestidad cometida o mi miedo al campeón.

Durante el trayecto en el metro me fui dando ánimos. No me pegará; él es un boxeador profesional y si le pega a un chamaco pendejo como yo puede perder hasta su licencia de boxeador, eso sin contar con el escándalo que se armará. Tranquilo muchacho, tranquilo.

Pero ya para llegar a mi cita recordé que tres años antes le había pegado… ¡a un reportero! por algo que no le gustó y seguía boxeando.

Cuando entré a los Jordán sentía las piernas de hilacho. Sólo tres chamacos estrenaban; uno pegaba con furia a un costal, otro hacía vibrar una pera y el tercero hacía rounds de sombra frente a un espejo.

En una esquina del ring, Kid Rapidez le quitaba los guantes al Mantecas que transpiraba a lo bárbaro, pidió agua pero se la negaron. En la esquina contraria el sparring bebía a placer de un termo frío. Me paré en la esquina de éste y evoqué el primer párrafo de mi “entrevista”.

No había nada malo. “En breve charla con Últimas Noticias, el campeón mundial de peso welter, Mantequilla Nápoles, dijo en exclusiva que espera obtener un triunfo contundente sobre el británico John H. Stracey el próximo 6 de diciembre. Amable y atento con el reportero, el campeón indicó que se ha preparado muy bien para el combate y espera un triunfo por nocaut, aunque no quiso vaticinar en qué round…”

Venían después una serie de (supuestas) preguntas y respuestas, pero nada comprometedor.

La nota estaba aderezada con el récord del campeón, el de su retador, algo de historia sobre la Plaza México donde sería el combate y listo. Nada malo. A excepción, claro está, de que no había hecho la entrevista y por eso estaba ahí, en la esquina del sparring, tratando de esconderme detrás de su cuerpo sudoroso.

Kid Rapidez terminó su tarea y comenzó a guardar los arreos en su maleta. Libre de los guantes y las vendas Mantequilla abría y cerraba los puños, tenia los ojos hundidos y los labios blancos por la deshidratación, casi no bebía agua porque tenía que bajar 500 gramos para dar el peso reglamentario.

Antes de bajar del ring miró de reojo a su sparring que disfrutaba el agua de su termo, chocó su puño derecho contra la palma de la mano izquierda… Y entonces me vio.

Hasta la fecha, 43 años después, aún no sé si saltó por encima de las cuerdas, pasó por en medio o simplemente se materializó delante de mi. Su mirada era roja y filosa, su aliento olía a alcohol rancio. Traté de aparentar calma mientras me tomaba por las solapas del único trajecito que tenía (me va a madrear, pero miedo no le voy a mostrar), aunque lo cierto es que estaba aterrado.

-De dónde sacaste esas mentiras- me escupió a la cara.

-De la entrevista que te hizo ayer en El Jorongo. Acuérdate, estabas con la güera francesa pero andabas muy mareado. Es lo malo de beber como lo haces chico, ya se te va la cabra al monte- dijo la voz parsimoniosa de Kid Rapidez con su inconfundible acento cubano.

Hubo un momento de desconcierto, el campeón aflojó la presión sobre mi cuerpo y su mirada cambió. “Peldona chico, no recoldaba. Ando mal porque ya no doy el peso, ya no soy un welter natural. Peldona chico”. Su imponente mano derecha que con seguridad hubiera deshecho mi quijada, palmeó amistosamente mi mejilla izquierda y se alejó.

Kid Rapidez bajó del ring, se colgó al hombro la pesada maleta, se acomodó su elegante Fedora que era más chico que el diámetro de su cabeza y se dirigió con andar cansino rumbo a la salida.

Ahí lo alcancé.

Gracias, le dije mientras le tendía mi diestra, me salvó la vida.

Kid sonrió, “no es nada chico y no digas eso, él jamás te habría golpeado… aunque quién sabe. Es un bruto que anda de malas porque no da el peso. Pero no es un tipo malo. Vi tu entrevista y escribiste lo que él te hubiera contestado. Todo está bien, suerte”.

Kid salió de los baños Jordán y la última imagen que tengo de él es doblando la esquina de Arcos de Belén.

Nunca más lo volví a ver, pero nunca olvidaré lo que hizo por mi.

Epílogo

Kid Rapidez y yo nunca fuimos amigos, aunque me hubiera gustado tenerlo como tal. Lo vi tres o cuatro veces en mi vida, pero cuando murió hace más de 15 años, sentí que había partido un gran compañero.

Los baños Jordán fueron derrumbados en bien de la modernidad de la Ciudad de México.

La bohemia y las parrandas le pasaron la factura a Mantequilla Nápoles que la noche del 6 de diciembre de 1975 perdió ante el británico John H. Stracey. En el tercer round tenía abierta como flor la ceja derecha y casi cerrado el pómulo izquierdo. En el sexto, el árbitro se compadeció y detuvo la masacre. Nunca más volvió a pelear.

En la actualidad tiene 78 años y según leí padece diabetes, hipertensión, demencia senil y vive casi en la miseria.

En lo que a mi respecta mi Jefe de Información me empujó una semana suspendido y sin goce de suelo, pero aprendí la lección porque jamás he vuelto a inventar una entrevista.

Esta narración no es un invento; es eso, una narración novelada. Y todos los personajes y lugares que aparecen en ella, incluyendo los reales, son ficticios.

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