En Xalapa, París bien vale una misa

Miguel Valera – Crónica

Llegué a las 19 horas con 12 minutos de un sábado fresco, con cielo gris, que anunciaba tormenta. Pagué 35 pesos y entré en penumbras, buscando la última fila de butacas en una sala amplia, en donde cinco o seis personas miraban atentas el filme que ya se proyectaba. La mayoría sentadas, alejadas unas de otras y dos, de pie, en la pared, observando con atención a quienes ocupaban los mullidos sillones.

Me senté, con libreta en mano y las personas de pie me lanzaron miradas fuertes, duras, que traspasaron la oscuridad. La sangre se subió a mis mejillas. La temperatura cambió mi rostro. En la pantalla, dos hombres, abordaban a una mujer, con la fuerza y vigor de sus cuerpos, haciéndola gemir en el ritmo eterno, interminable, de todas las escenas del cine porno.

A los diez minutos, un hombre, de gorra, se sentó junto a mí. Si ya había sentido la fuerza de su mirada, la de su cercanía duplicaba ese ímpetu. A los cinco minutos, su pierna rozó la mía y al ver que la hice a un lado, intentó hacer lo mismo con sus dedos. —Calma, le dije, soy hetero. No contestó. Detuvo su intento, de inmediato se paró y se fue a otro asiento.

En la pantalla, la misma escena de un filme de private.com en 4 K ultra HD. Un hombre, afroamericano y uno blanco, desnudos, en posiciones que asemejaban la lucha grecorromana, contra una mujer blanca, cuyos gemidos inundaban la sala, ante un público absorto, anonadado, concentrado en la fuerza de la naturaleza, en la vitalidad de la sexualidad, en lo vibrante de la pornografía.

Se trata de la Sala París, de cine para adultos, ubicada en el número 299 de la transitada Avenida Américas, en la colonia Laureles, de Xalapa, muy cerca de Babilonia, un centro nudista de la calle Pípila y de los Palacios Legislativo y Judicial, por un lado y del Panteón 5 de Febrero y la Plaza San José, por otro.

Montada en un edificio que tiene en la parte superior dos grandes ventanales con cristales reflectasol y en la parte de abajo cristales con dos imágenes de la  Torre Eiffel, la Sala París es quizá la única sala de cine para adultos en Xalapa, que recuerda, en la historia de esta ciudad, las películas de este género que se proyectaban en el Cine Variedades de la calle de Zamora y las del Cine Pepe, en la Avenida Ávila Camacho.

A pesar de que el cine para adultos hoy por hoy está a la mano de cualquier persona que tenga un teléfono móvil, conexión wifi y tarjeta de crédito, la Sala París ofrece un lugar de encuentro, de parejas heterosexuales, homosexuales, transexuales, swingers o practicantes del poliamor.

Al llegar, el chico de la recepción te cobra 35 pesos para que tengas acceso a la sala y te ofrece, además de preservativos a diez pesos, botellas de agua o bolsas de frituras de maíz. Luces estroboscópicas de colores inundan la sala de ingreso y los anaqueles en donde se pueden observar las piezas fílmicas que la Sala posee.

Ellas nunca dicen no, Pasión en el convento, Tamaño descomunal, Crack addict, Sexy Visa, Terrible reputación, Clínica de la vergüenza, The Booty, Chíngate a mi vieja, Las perras, Confesionario, Joven y caliente, Rocco se ensarta a Susy, Gilda, Yasmine, lujuria sin límite, Negras sensaciones, blancas tentaciones, son algunos de los títulos.

Vienen muchas personas, solos o en parejas, me dice el recepcionista. En la sala, durante este sábado de visita, solo veo a hombres, solitarios. Algunos buscan pareja, un encuentro fortuito, un amor de sala de cine, un encuentro intenso en el baño que se encuentra al fondo de la sala fílmica.

Los viernes, específicamente, se ofrece cine gay y los sábados, funciones para parejas, a partir de las 10 de la noche. “Nada ilegal, todo dentro de la ley”, enfatiza el recepcionista, cuando le pregunto, de pornografía infantil, penada por las leyes de nuestro país.

Temeroso, inquieto, le aclaro que solo busco contar experiencias de la ciudad, describir lugares, hechos, cronicar la vida cotidiana, de seres humanos que hacen cosas de seres humanos.

Ya en otra ocasión había visitado el número 299 de la Avenida Américas sin entrar a la sala. Me encontré con una pareja que salía y los abordé directo: —Cuéntenme su experiencia. —¿Quién eres?, me dijeron, desconfiados, pensando quizá en que era swinger o simplemente un voyeurista. Les expliqué el sentido de la historia que quería contar.

Caminamos por Emilio Carranza y bajamos por 5 de febrero hasta la Plaza San José. Ella, muy guapa, —a quien aquí llamaré Dana— me dijo que se disfrutaban mucho como pareja y que les interesaba experimentar cosas nuevas. “Mira, nosotros somos jóvenes, nos entendemos bien y disfrutamos mucho nuestros cuerpos, pero nos gusta experimentar, ver este tipo de cine, excitarnos juntos, salir de lo cotidiano”.

Él, más serio y desconfiado —a quien llamaré Juan— no dejaba de cuestionarme. Les hablé de mí, de mi búsqueda de historias extraordinarias y les invité una caguama en La Chingada, un bar de la Plaza San José. Les dejé en claro que no tenía interés de otra cosa más que de sus experiencias.

Para Dana y Juan, la Sala París, es un lugar de encuentro, excitante. Se han encontrado incluso con otras parejas que los han invitado a irse juntos. “La verdad nosotros no vamos a eso”, ataja ella, “pero sí nos gusta esa sensación de misterio, de lo prohibido, de estar en una sala, a oscuras, con más gente que nos rodea y que siente la excitación sexual en su cuerpo”.

El sexo es vida, energía, fuerza, señalan, mientras se toman de la mano y se abrazan. “La verdad —insiste Juan— podríamos ver pornografía en casa, pero no lo hacemos, en casa nos tomamos una botella de vino juntos y hacemos el amor, pero acá en la Sala París venimos a experimentar otras sensaciones, experiencias que nacen de la mirada”, señala.

La Sala París, comentan, ofrece una aventura “cruising”; es decir, la oportunidad de tener una experiencia sexual en un lugar público.

En la Sala París, el amplio criterio te permite vivir emociones únicas, como cuentan visitantes y cibernautas que dejan sus testimonios en Facebook. Las torres Eiffel se abren a las 14 horas y se cierran hasta las 11 de la noche, con la opción de permanencia voluntaria en pareja por 50 pesos.

En Twitter, el anuncio es más que elocuente: “Sala París Xalapa es una cine para adultos. Deja que fluya tu deseo y tus fantasías en nuestras instalaciones. El juego y el erotismo son nuestra especialidad”.

“Batos, el frío está bueno para ir a desquitarse en @ParisXala , si no conocen dense una vuelta. Hay siempre acción, buenas pelis y buen material para elegir. Américas casi esquina NiñosHeroes. #SexoGay #XalapaGay #Gay #Hetero #Cruising #CruisingXalapa”, escribe un tuitero.

Más allá de los análisis o juicios de valor, la pornografía es una experiencia humana, tan antigua como el descubrimiento que el ser humano hizo de su propio cuerpo y de la excitación visual. Se masificó con el descubrimiento de la fotografía y después con el cine.

Hoy en Xalapa, la Sala París explota esta industria para el consumo local, para hombre y mujeres solitarios, deseosos de experimentar la fuerza y la energía vibrante de la sexualidad, pensando quizá, en la frase que se atribuye al primer Rey Borbón de Francia, Enrique IV, cuando le pidieron abrazar la fe católica si quería ser rey de Francia, “París bien vale una misa”.

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