El vuelo de Lilí, la niña que amaba las aves

Miguel Valera – ficción

Esa tarde escuchó aullidos a lo lejos. —No son coyotes, Sandi, le dijo Fer. —Aquí no es zona de coyotes, deben ser perros en celo, añadió, mientras se levantaba de la cama, se ponía la camisa y se asomaba a la puerta para ver si Lilí no regresaba de su paseo en el parque.

Sandra sintió algo en el pecho, en el corazón, allá en el fondo, en lo recóndito, como si se desprendiera un pedazo valioso, fundido de jade. —Ay, qué me pasa Fer, siento muy feo. —Tranquila, creo que fue muy rápido e intenso este encuentro. Ya ves que tenemos que andar a escondidas.

—¿Le pasaría algo a Rubén, tiene un año que no me llama ni nada? —A Rubén no le ha pasado nada, le dijo Fer. No está bien que te lo diga, pero debió encontrar a otra persona. Ya no lo esperes, cásate conmigo. Sandra se levantó de la cama y se asomó al gran ventanal de su casa que daba al parque de El Haya y vio volar una parvada de pepes, cotorros, torreones, momotos, carpinteros y primaveras que se alejaba del bosque de encinos, hayas, liquidámbares y pepinques.


Cerró los ojos y recordó cuando conoció a Rubén en una discoteca de Xalapa. Al ritmo de Funkytown se besaron y esa misma noche hicieron el amor. A los 9 meses nació Lilí en el Hospital Civil de la calle Nicolás Bravo. Ese día, el patio de su casa se llenó, misteriosamente, de aves de todo tipo que al parecer equivocaron la ruta vespertina de reunión en el parque de esa zona donde Rubén construyó su casa.

Era un terreno amplio, que su padre le había heredado, comprado con dinero que le mandaba desde Nueva York, hasta donde un día se fue con lo que llevaba puesto, para probar suerte. Sufrió, como todos los migrantes y después de trabajar de ayudante de todo, cocina, pintor, constructor, panadero y pizzero, conoció a un judío que se lo llevó a talar madera a las montañas de Catskill, cerca de las cascadas del Niágara.

Luego de arrasar con un bosque completo, demostrando trabajo y lealtad, su “boss” le consiguió un jale “fijo” y “seguro”, en el Cementerio de Woodlawn, en lo profundo del Bronx. Era un panteón elegante, en donde descansaban restos de personajes famosos y de la alta clase neoyorquina.

Ahí, le contó a sus hijos, en la única ocasión que regresó a Xalapa, que estaba la tumba de un escritor que se hizo famoso por perseguir a una ballena blanca. Nunca supo decirles que se trataba de Herman Melville, autor de Moby Dick.

El viejo Rubén tampoco se enteró que se sentaba al lado de la tumba de Duke Ellington, para tomar el lunch que le preparaba Gloria, la mujer salvadoreña con la que se “juntó”, para sobrevivir a las emociones de la geografía en el exilio del migrante.

Todos los días, en el ritual del lunch time, sacaba su sándwich de jamón con jitomate y chiles xalapeños que compraba en una grocery de poblanos en el Bronx, para comerlo al lado del Duque del jazz, figura legendaria que desde el Cotton Club de Harlem se inmortalizó para todo el mundo.

El viejo Rubén murió el 23 de julio de 2003, al otro día que fue sepultada en ese cementerio —con honores de una reina—, la cantante cubana Celia Cruz. Celia había fallecido el 16 de julio víctima de cáncer. Cinco días antes, el 11 de julio, su esposo Pedro Knight fue a la funeraria Frank E. Campbell para elegir el servicio en el Cementerio de Woodlawn. Todos los empleados se enteraron.

Don Rubén empezó a sentirse mal una noche antes. Habían trabajado en la limpieza de dos grandes mausoleos y en la exhumación de dos cuerpos. Aunque llevaban todos los equipos de protección, Gloria, la salvadoreña, cree que inhaló un mal espíritu. Cuando lo encontró, tieso, en la cama, como si le hubieran chupado el alma, no tuvo duda.

Su boss se encargó de darle sepultura y de entregarle una indemnización a Gloria, la salvadoreña, quien a su vez puso un telegrama a la familia, sin dirección, ni contacto, ni nada.

Por eso un día, Rubén chico decidió ir a buscar a su padre. Sabía que estaba muerto, sabía que había trabajado en el Cementerio de Woodlawn, pero no sabía dónde habían quedado sus restos. “Yo necesito un lugar para llorar, para llevarle flores”, le contó a su madre y a Sandra, la mujer de la discoteca de la que se enamoró al ritmo de Funkytown y de cuyo beso nació Lilí.

El día que nació Lily los pájaros revolotearon en la casa. Eran parvadas, cuenta la abuela. Apenas se lograban distinguir qué tipos de pájaros eran. Cotorros, torreones, momotos, carpinteros, primaveras, pepes, colibríes y hasta chachalacas. Nadie se explicaba qué pasaba en esa casa, cubierta de pájaros de todas las especies.

En el Hospital Civil, ubicado entre las calles Rendón, Alfonso Guido y Nicolás Bravo, llegaron más palomas que las de costumbre. Parecía que todo el palomero del parque Juárez, de Los Lagos y Lomas del Estadio se había concentrado en esta zona de la ciudad. Hasta los vendedores ambulantes que rodean este nosocomio, se espantaron, protegiendo sus mercancías. Hasta el día de hoy se recuerda ese acontecimiento.

No fue día de eclipse ni de luna llena. Fue un jueves, de una semana normal, en Xalapa. Rubén estaba nervioso, pero tranquilo. Tenía un ahorro destinado para todos los gastos de maternidad y solo esperaba que los médicos le avisaran de que su hija estaba sana. Así fue. Nació a las 10.30 de la mañana. A las 12, las enfermeras lo llamaron y le dijeron que todo estaba bien.

Rubén pudo ver a su hija hasta la hora de la visita, de las 17 horas y lloró, emocionado, por ver a su pequeña Lilí y a su esposa, cansada, pero feliz. —¿Por qué Lilí?, le preguntó una enfermera. Su esposa me dijo que usted escogió el nombre. “Por un árbol. Liliana es un árbol que crece en un parque cercano a la casa de mi padre. Debajo de ese árbol me gustaba jugar de niño y en septiembre, cuando daba fruto, los pájaros se acercaban a comer y jugaba con ellos”.

El sábado por la mañana las dieron de alta. Cuando Rubén llegó por ellas al hospital, una mujer se le acercó y le ofreció un cuaderno de aves con cantos grabados. Era un cuaderno de uso, desgastado un poco de los bordes. La señora lo abrió y le dijo, mire, si usted le pica aquí donde dice primavera, se escucha el canto de esta avecilla y lo mismo donde dice cardenal o cotorro. Deme 20 pesos. Es para llevarle comida a mi nieta, dijo la señora. Rubén sacó un billete de 50 y tomó el cuaderno de aves.

La vida de Rubén y Sandra era inmejorable. Él encontró un buen trabajo en la ciudad y ella se dedicaba a cuidar a Lilí. Aunque era maestra, egresada de la Facultad de Pedagogía, de momento no se preocupó por buscar algún trabajo. Atendía la casa para Rubén y llevaba a Lilí a la escuela. Por la tarde, al terminar las tareas, la paseaba en el parque de El Haya.

A Lilí le gustaba correr en las calles y veredas, cubiertas de hojas de encinos, palo blanco, liquidámbares, pepinques y hayas. Le maravillaba tirarse debajo de las hayas y ver la inmensidad de los troncos y las hojas, iluminadas por el sol de la tarde.

De vez en vez se encontraba con insectos, grillos, mariposas y escarabajos. En mayo, le gustaba el estridente canto de las cigarras o chicharras, como les decía su padre. “Están en época de apareamiento, se están enamorando entre ellas”, le comentaba, sin entender bien a bien qué le decía.

Pocas veces visitaba las canchas deportivas o se metía a la zona de adiestramiento de perros. Para Lilí, su diversión era caminar entre el bosque mesófilo, ver las flores, cortar alguna a escondidas y sobre todo, lo que más le gustaba, era descubrir que los sonidos del libro de aves que le regaló su padre desde que era una bebé, coincidían con algún canto de ese bosque.

Mira, este es un mamoto, no, es una primavera. Mira, este es de una chachalaca y estos, cuando vamos llegando a la zona más arbolada, son “pepes”, parece que gritan en vez de cantar, cuando escuchan que llegamos.

Lilí se emocionaba cuando veía un colibrí o un cardenal. Creía, como su madre, que los colibríes eran de buena suerte. Amaba el canto de la primavera. —Mamá, aquí me podría quedar toda la vida, tirada en el pasto, escuchando el canto de las primaveras.

Cuando creció, siguió con esa rutina. Todos los días corría por la tarde al parque del Haya. Su madre, que vivía en la calle de Vicente Guerrero, por la entrada de la parte de atrás del parque, la veía cruzar y saludar a los guardias forestales de la entrada. Ya tenía 9 años, era una niña hermosa.

Lilí extrañaba a su padre. Rubén se había ido a Nueva York desde hace tres años y durante 24 meses seguidos escribió una carta cada mes y enviaba dinero. En fotografías, Lilí conoció la tumba de su abuelo y el gran Cementerio de Woodlawn en donde trabajó. También vio en postales firmadas por su padre, la maravillosa babel de acero, la gran manzana, la impresionante ciudad de Nueva York.

Un día, de pronto, vino el silencio. El primer mes nada. El segundo, silencio. El tercero, nada. Sandra se pasaba las tardes mirando por la ventana, como figura de un cuadro de Edward Hopper, con su mirada fija en el horizonte, queriendo cruzar la distancia hasta encontrarse con la mirada de Rubén, en alguna ventana de Manhattan.

Fer la había cortejado desde el día que Rubén había tomado el autobús del coyote que lo llevaría hasta Ciudad Juárez, para cruzar la frontera. Le gustaba su sonrisa, su jovialidad. La veía por la ventana, caminando en la calle con su hija y cruzaban miradas coquetas.

Cuando Rubén se fue, Fer sabía que la dejaría para siempre. No era esta la primera historia que conocía, por eso ese día, le dijo: cásate conmigo, Rubén nunca va a regresar.

—No son coyotes, Sandi, le insistió Fer. —Aquí no es zona de coyotes. Sí hay zorros, pero su aullido es diferente. Deben ser perros en celo, añadió, mientras se levantaba de la cama, se ponía la camisa y se asomaba a la puerta para ver si Lilí no regresaba de su paseo en el parque.

Sandra se quedó inquieta del dolor que sintió en el pecho. Lilí caminaba en el bosque de 5 a 6 de la tarde. Nunca se tardaba más. Sandra vio en el reloj que eran las 6.05 y se asomó nuevamente a la ventana. No la vio cruzar la calle ni vio al guardia de seguridad en su sitio.

Se paró como un remolino y corrió al parque del Haya. Encontró al guardabosque cerrando las bodegas para retirarse a descansar. —¿No vio a Lilí por aquí?, le preguntó. —La vi al entrar, pero pensé que ya había salido, siempre sale puntual, contestó.

Lilí no estaba. Sandra corrió en el camino de la derecha y Fer caminó apresuradamente por el lado izquierdo. El guardabosque pidió apoyo por radio, para ubicar a la niña. —Seguramente encontró algún nido de pájaros. Esa niña ama las aves. La he visto jugar con ellas, dijo a su compañero por radio.

Sandra sabía perfectamente los lugares en donde Lilí jugaba. Corrió por las calles adoquinadas, por las veredas de terracería, subió las escaleras que llegan al bosque con columpios y lo único que vio, fue una parvada de cotorros, torreones, momotos, carpinteros, primaveras, colibríes y pepes revoloteando juntos.

“Qué raro”, se dijo Sandra, son los mismos que vi desde la casa. Es raro que todos estos pájaros revoloteen juntos. Y de pronto, el silencio. Como si el tiempo se detuviera, los pájaros dejaron de aletear y se perdieron entre los árboles. El sol empezaba a ocultarse. Sandra corrió desesperada, gritando el nombre de Lilí.

Regresó a la puerta principal. Ya los guardias se habían organizado para peinar las 13 hectáreas del parque de El Haya, este pulmón natural de Xalapa. Estaban seguros que Lilí no había salido de ahí, porque las dos entradas estaban muy bien vigiladas.

Sandra pidió ayuda a sus vecinos y amigos. Pronto había diez cuadrillas más de buscadores, quienes con lámparas de baterías, lámparas de aceite y quinqués de queroseno empezaron la búsqueda.

Buscaron durante toda la noche, a pesar de una llovizna y una densa neblina, que se estacionó cerca de las tres de la mañana. Recorrieron las 13 hectáreas, palmo a palmo. Revisaron los registros de drenaje, las cabañas, los puestos de seguridad, todos los rincones del parque de El haya y no encontraron a Lilí. En la entrada de la cabaña “El Pipinque” estaba tirado el libro viejo de aves con sonido que su papá le regaló al nacer. A Sandra le regresó el dolor al pecho.

Al amanecer, una viejita apareció en la entrada principal con ollas de tamales, pan, café y chocolate. No era vendedora. Dijo ser una vecina, que se sumaba a la búsqueda, llevando alimentos a los buscadores. Todos se acercaron y tomaron café, chocolate caliente, pan y tamales. Era la misma viejecita, que nueve años antes, el día que Lilí salió del hospital, le vendió a su papá, en 20 pesos, un libro usado con sonidos de aves.

Sandra estaba desconsolada. Fer llamó a un médico, quien le recetó un tranquilizante, para que pudiera dormir. La búsqueda continúo durante todo el sábado siguiente, sin que tuvieran éxito. Los brigadistas recorrieron por cuatro ocasiones todo el perímetro del parque y no encontraron ningún otro rastro de Lilí.

Las autoridades le pidieron a Sandra interponer una denuncia por la desaparición. Con dolor y tristeza, acompañada por Fer, lo hizo. La familia de Rubén la trató con desprecio y la despojaron de la propiedad heredada por el padre. Fer terminó por dejarla, al ver que no podía superar la tristeza por la desaparición de Lilí.

Sandra rentó un cuarto muy cerca del parque y viviendo de la caridad, recorría las 13 hectáreas de El Haya, mañana y tarde, hasta que un día, la dejaron de ver. El tiempo, que envejece de prisa, como escribió Tabucchi, la abandonó en el olvido.

De vez en cuando, algún vecino recuerda la historia de Sandra y Lilí, la niña que amaba las aves. De vez en cuando, corredores o caminantes del parque ven a una mujer que silva a las aves, que busca entre los árboles, entre los arbustos, debajo de las lilianas, a su hija perdida.

Algunas veces silva, otras llora, pero siempre busca, busca y no encuentra. Quizá también ella se quedó en el limbo de la existencia, en el sitio de los desaparecidos, de los que no tienen un lugar para que les lleven flores, para que les lloren o les recen un padrenuestro.

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