La morena que se robó el corazón de los mexicanos, pero no los transformó

Albert Einstein ya lo había profetizado: la voluntad es la única fuerza capaz de transformar.

Miguel Valera / Crónica

Xalapa, Ver., diciembre de 2018.- Son las 11 de la noche del 11 de diciembre de 2018 y ya se escuchan los cohetes de varilla estallar en el cielo nublado y frío de la zona de El Dique, en Xalapa, hasta donde miles de peregrinos llegan para cantar las mañanitas a la morenita del Tepeyac, la madre de los mexicanos, María de Guadalupe.

Antes de salir de casa, desde donde escucho los cantos, los pi pi piii, pi pi piii, pi pi piii, de las bocinas de los automovilistas y los truenos que inquietan a Chewie, la mascota de la familia, leo un post en Facebook del padre José Juan Sánchez Jácome, reportando que con “chipichipi, frío y niebla”, estuvo en la calle Stalingrado, por Los Lavadores, celebrando a “Nuestra Madre amada, en esta noche en la que México no duerme”.

Y así parece, México no duerme.

A pesar de la noche fría, con 10 grados, con lluvia ligera y neblina.

Salgo a la calle y un tsunami de personas inunda las avenidas Venustiano Carranza, la calle Atletas y las rúas aledañas y cercanas al santuario Mariano de El Dique.

Todos caminan, todos en peregrinación, todos entonando cantos, todos con la mirada fija en el rostro moreno de esta mujer que se apareció en el Tepeyac, justo donde los antiguos adoraban a la Coatlicue, la madre de todos los dioses.

Este día México no duerme.

Niños en brazos, con el rostro tiznado, emulando el incipiente bigote de Juan Diego. Niñas con trenzas y vestidos multicolores, para enfatizar nuestra mexicanidad. Todos caminan, en extenuante procesión, que se hace más larga, sorteando los puestos de fritanga y los montones de basura que las autoridades locales no logaron retirar a tiempo.

Todos con el rostro emocionado, moreno como el de ella, buscan la mirada protectora de la madre, de Guadalupe, la mujer que se robó el corazón de los mexicanos, más allá del catolicismo y de cualquier religión, pero que no los transformó.

Me integro a la peregrinación, camino por la calle de Atletas, justo enfrente de la Escuela Francisco Ferrer Guardia y escucho al hombre de las cobijas, con micrófono adherido a la cabeza que grita, con el clásico cantadito: quién da más, le pongo una, le pongo otra, para el frío, una sábana, un cobertor, dame otro, véndete otro, calientito, Providencia, de San Marcos, de 800, de 600, de 500, quién da más, quién se lo lleva, quién lo toma, el de atrás, ya se va.

Desde ahí, mientras observo el espectáculo de ventas, por aquí, allá y acullá, lo mismo de cobijas, que de tacos, esquites, elotes, frituras, dulces, fresas, pan, gorras, chamarras, juguetes e imágenes de la Virgen, pienso en la fuerza de la fe que mueve montañas.

Lo dijo el carpintero de Nazareth: si tuvieras fe, tan pequeña como un grano de mostaza, podrías mover montañas. Sí, la fe mueve montañas, mueve multitudes, masas de seres humanos, hombres y mujeres que hoy van, con devoción, a poner una flor a los pies de la morena del Tepeyac.

Y ahí están, niños, niñas, jóvenes y adultos. Hombres y mujeres afligidos, adoloridos, sufrientes, cargando penas, dolores, angustias, pero confiando en la dulce voz de aquella mujer que hace cientos de años le dijo a un indio, a un originario del altiplano azteca: ¿no estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi amparo y protección?

El frío cala hasta los huesos. La gente se acerca a los anafres de elotes, a las pailas de tamales, a los trompos de carne al pastor. Policías caminan discretamente, vigilando, inhibiendo a los maleantes, del también llamado barrio bravo de El Dique, el Bronx de la capital veracruzana, ya hoy superado por las colonias Vasconcelos o Revolución.

Si la fe mueve montañas,  ¿por qué esta montaña humana de hombres y mujeres de fe no han transformado nuestro país?, me pregunto, mientras observo a una señora que con micrófono en mano grita: “llévese a su morenita de a veinte, de a veinte, de a veinte”. A su lado, un hombre vende medallitas de a diez, de a diez, de a diez.

Hace algunos meses, muy cerca de aquí, en la calle Bolivia, mientras lo trasladaba de Coatepec a Xalapa para un reconocimiento que le entregarían en un evento de Diario de Xalapa, el Cardenal Sergio Obeso Rivera me confesó que la iglesia católica había fallado, porque a pesar de que México presumía un gran catolicismo y un gran fervor guadalupano, era un país calificado también con altísimos índices de corrupción y hoy envuelto en una terrible crisis de seguridad.

Al caminar entre los fervorosos guadalupanos recordé esa charla con el prelado católico, hombre sencillo, realista, que veía con mucha claridad las contradicciones entre la fe, la devoción y la vida ordinaria que debería de transformar las realidades sociales, en la que los mexicanos nos desenvolvemos todos los días.

Con esos pensamientos avancé por Venustiano Carranza y en la calle Unión, enfrente del majestuoso santuario Guadalupano, donde los peregrinos llegaban a la meta, cruzando la calle Mártires de Xalapa, un hombre tocaba un acordeón mientras su esposa, con un bebé de brazos, pedía limosna extendiendo su mano con un casito rojo.

La indiferencia de los peregrinos era notoria. Los que llegaban, tenían su mirada fija en el regazo de la morenita, en las flores que le entregarían, en los agradecimientos y peticiones que llevarían a sus pies. Los que regresaban, ya estaban pensando en los tacos, en el corte suculento de carne que disfrutarían, en los chicharrones o elotes a degustar.

El hombre, de bigote, con gorra y doble sudadera roja, con capucha,  que le cubría la cabeza, sacaba del acordeón una melodía que se entremezclaba con el murmullo de la gente y la predicación del arzobispo Hipólito Reyes Larios, cuya voz se extendía allende el atrio del templo mariano.

Una mujer con un vistoso globo azul, formada en la caravana peregrina, intentaba meterse al caudal humano que empezaba a subir las escalinatas de este Santuario construido en El Dique a lo largo de muchos años, con las donaciones de miles de feligreses, coordinados por un sacerdote que desapareció de la faz de la tierra.

En el micrófono, el arzobispo Reyes Larios recitaba una arenga que no parecía llegar, que no parecía conectar con la gente, refiriéndose al plan programático de pastoral y a la historia del guadalupanismo en México, reconocido también por los gobernantes mexicanos, dijo.

La gente buscaba, con la mirada y el corazón, el rostro de la mujer que los conquistó, de la mujer que los enamoró, de la mujer, madre, que estaba ahí, ofreciendo sus brazos, su regazo y su consuelo, ante el dolor y el sufrimiento.

Pasada la medianoche y al concluir la misa, con las mañanitas estalló el gozo, la fiesta, la algarabía, de los fervorosos visitantes. La fila, interminable, con flores, arreglos, veladoras, rosarios y estampas.

Todo, bara, bara, todo de a diez pesos, de a veinte pesitos, de a cincuenta, de recuerdo, para la hija, para el hijo, para la mamá, para la abuelita que no pudo venir. Los montajes para fotografías, de ensueño, con niñas y niñas vestidos de inditos y de virgencitas, para la historia de la fe y devoción familiar.

Desde el albergue de Cáritas “Juan Diego”, en la misma calle Mártires de Xalapa, al pie del Santuario, las madres de la llamada Casa Azul, con su vendimia a todo lo que daba. Pozole, pancita, mole, tamales y chiles rellenos. Pastel de tres leches, flan de café, dulce de coco, polvorones de naranja, agua de Jamaica, refrescos y para el frío, champurrado, atole de piña, atole de coco y rompope. ¡Es el mejor!, me dijo una monjita joven, de lentes, sonriente, cuando le pedí un chile relleno con arroz y atole de piña, para cenar.

Salí del barrio de El Dique, cerca de las dos de la mañana, pensando en lo que pasaría si toda esta multitud de hombres y mujeres, cumplieran los preceptos de la fe, de la religiosidad. México sería otro sin duda. Pensé en lo que me dijo el Cardenal Obeso y también en que María de Guadalupe sin duda conquistó el corazón de los mexicanos, pero no los transformó.

Y no los transformó, no porque no pudiera. No los transformó, porque los seres humanos somos libres y la libertad solo se mueve con la voluntad, con la decisión propia, personal, individual. Pensé en la frase atribuida al gran físico alemán norteamericano, Albert Einstein: la voluntad es la fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica.

En eso reflexioné, mientras terminaba mi recorrido y regresaba a casa, atento a mi hijo mayor, que ese día 11, festejaba sus 19 años y que después de convivir con nosotros se fue a celebrar la vida con sus amigos.

Sí, la fe mueve montañas, mueve masas, pero la voluntad puede mover una persona, una comunidad, un país entero.

Apagué la computadora cerca de las tres de la mañana y el día 12, al despertar, un post en Facebook del amigo José Israel García Sánchez me llamó la atención.

“Buen día hoy es 12 de diciembre día de la virgen de Guadalupe, la mayoría de la población le van a pedir salud, amor, paz y trabajo.

A esas gentes que de verdad van con ‘fe’ se les respeta.

Pero a la gente hipócrita, envidiosa, mala y que está peleada con la vida, a ese tipo de personas víboras, a qué van a la iglesia, si saliendo de ir a ver a la virgen son una mierda, hacen cosas a los demás, son peleoneras  y después se hacen las víctimas.

Gentuzas, no deberían de entrar a la casa de Dios, porque traen el demonio adentro. No merecen estar en esta vida.

Para qué hacen promesas a la guadalupana, se van hincados, corriendo, para seguir peleando como perros, con los demás”.

Así, con sus palabras entrecomilladas, el buen Isra cerraba con broche de oro esta caminata por el barrio de El Dique en Xalapa el 11 y 12 de diciembre.

El jueves 13, los mexicanos, ebrios de guadalupanismo, regresaremos con la cruda del fervor religioso a ser los mismos de siempre.

Nuestra morenita nos conquistó, pero no nos transformó. Esa parece ser tarea de cada uno.

Este es el ejemplo de un texto alternativo

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