La batalla del chile seco

Nazario Romero Díaz

La tarde sabatina del 17 de octubre del 1931, las empedradas calles de Tlapacoyan quedaron regadas de cadáveres de personas que fueron víctimas de la Guerra Cristera.

Aun cuando el gobierno había reculado con la promulgación del armisticio, el clero seguía la lucha contra los que aplicaban la Constitución de 1917.

“El gobierno federal había dictado medidas restrictivas a las actividades de la Iglesia y ésta respondió promoviendo la formación de organismos para oponerse a las limitaciones establecidas en la Carta Magna. Surgió así la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y la Asociación de Damas Católicas. La Constitución Política de Los Estados Unidos Mexicanos fue condenada por la iglesia con el apoyo del Papa Benedicto XV.

La Mitra suspendió los servicios en los templos de todos los estados del país y ordenó a los católicos luto general con boicot a los espectáculos, limitación de compras, abstinencia de fiestas y uso de vehículos.

El Gobierno, por su parte, también respondió dictando nuevas leyes, hasta penales, contra el clero.

En Veracruz, el gobernador Adalberto Tejeda giró instrucciones a los presidentes municipales para dar cumplimiento a la Constitución, procediendo a llevar los registros correspondientes y procurando que la Junta de Vecinos, a cuyo cuidado debían quedar los templos católicos, formara los inventarios de los objetos que en ellos existían.

De esta manera, todas las iglesias, templos y capillas fueron controlados por los ayuntamientos, teniendo facultades para darles otros usos.

En muchos templos se celebraban bailes, asambleas, reuniones y fiestas populares.

Y otra vez, protestó la Iglesia por esta agresión; decretó un bloqueo económico-social mediante huelga de pagos fiscales en todo el país; boicot general para reducir los consumos; y retiro de los depósitos bancarios para crear una crisis financiera.

En Tlapacoyan, Veracruz, la gota que derramó el vaso fue la quema de santos realizada por los ediles y los policías del Consejo Municipal que presidió Manuel López del Ángel en 1931.

Las autoridades locales acudieron el 8 de octubre a quemar, en el centro del a Parroquia de La Asunción, todos los santos que había en el recinto religioso.

El pueblo católico presenció con tristeza y odio como el fuego convirtió en cenizas las imágenes y las esculturas de los santos y las vírgenes que adoraba.

Realizada la quema, el templo de La Asunción quedó custodiado por la policía municipal.

En consecuencia, el gobernador Adalberto Tejeda fue repudiado por la Iglesia y también por los hacendados terratenientes que se oponían al reparto agrario que promovió el mandatario.

La feligresía católica de Tlapacoyan organizó el novenario de la “quema”.

El 17 de octubre, en el pueblo ya se sabía lo que iba a concurrir. El presidente el Concejo Municipal, su secretario, los ediles y demás personal de la corporación fueron advertidos y les habían recomendado que se fueran del pueblo, pero ninguno hizo caso. También fue avisado el nuevo ayuntamiento que tomaría posesión ese mismo año, mismo que sería presidido por Nabor Aguirre, agrarista de la congregación de Piedra Pinta. Todos se reunieron en el palacio municipal provistos de armas y parque para hacer frente a los opositores.

Por la mañana de ese día, hombres y mujeres de Tlapacoyan se reunieron para realizar una nutrida marcha por las calles del pueblo al grito de ¡Viva Cristo Rey!… ¡Viva La Virgen De Guadalupe!…
Se aportaron frente al palacio exigiendo que salieran las autoridades del inmueble. Y como se negaron a salir empezaron a disparar los manifestantes.

El tiroteo se prolongó durante varias horas con bajas de los dos bandos.

Ya por la tarde, en el cubo de las escaleras del Palacio, los católicos quemaron varios bultos de chile seco para que, con el humo, las autoridades se vieran obligadas a salir, al igual que los empleados y los policías municipales.

Con el humo picante, quienes estaban parapetados en el edificio registraron síntomas de asfixia; salieron corriendo pero fueron victimados a tiros.

Otros corrieron y se arrastraron por los tejados de las casas vecinas; también fueron ultimados.

Unos más abrieron las ventanas para recibir oxígeno y ahí los cazaron al igual que los que salieron corriendo por las escaleras.

Ninguno se salvó de la furia de los católicos.

Antes del ataque a Palacio se había formado la guerrilla cristera que fue preparada y armada para hacer frente a las fuerzas del gobierno.

Pasada la balacera, los muertos de la corporación municipal fueron quemados en la vía pública.

Así estaba la situación cuando llegó a Palacio un joven de nombre Fernando Ceceña Pardo, quien era el encargado de entregar en las comunidades los citatorios y demás correspondencia oficial.

Esa mañana, Ceceña había salido a cumplir su trabajo y retornaba a Tlapacoyan cuando encontró el horrible drama. No faltó quien lo reconociera y lo detuviera con violencia. Lo bañaron de petróleo y ya lo iban a lanzar al fuego cuando alguien lo defendió y evitó que lo quemaran vivo.

Como pudo, se libró de la turba poseída y asesina y emprendió la carrera rumbo a Martínez de La Torre; al llegar narró lo ocurrido esa misma tarde.

Ceceña llegó a Martínez para quedarse el resto de su vida, pues juró nunca volver a Tlapacoyan.

Al día siguiente, domingo, el pueblo de Tlapacoyan estuvo tranquilo. Los cadáveres fueron levantados con la intervención del Juez y apilados en los bajos de Palacio.

Para el lunes ya estaba en Tlapacoyan una partida militar. Los muertos fueron trasladados en un camión a la ciudad de Xalapa para la práctica de las diligencias de rigor; no se supo cuántos fueron.

Los hombres armados, que integraron la gavilla cristera, se habían reagrupado cercan de Tlapacoyan con intenciones de hacer frente a la tropa en caso de persecución, pero la acción no ocurrió. Eran un centenar; finalmente acordaron desintegrarse y que cada quien jalara por donde pudiera.

Todo quedó en el más absoluto silencio porque todo el pueblo estaba temeroso de las consecuencias.

Se habían conjuntado dos poderosas fuerzas, el clero y los hacendados, contra los gobiernos federal, estatal y municipal.

Las investigaciones realizadas no hallaron culpables y consecuentemente no hubo detenidos ni consignaciones, solo silencio.

Sin embargo, se sabía y se comentaba en el pueblo que los enemigos del agrarismo, dueños de las tierras y del dinero, aprovecharon las circunstancias para ejercer venganza; armaron a la guerrilla cristera y a los organizadores de la matanza, Alfonso González, Ignacio Viveros, Carlos Jiménez, Salvador Marín y Enrique Serrin, entre otros, que sumaron más se cincuenta.

Años después platicamos con don Fernando Ceceña, ya longevo; solo recordó los nombres de Cándido Pérez, Nabor Aguirre, Justo Perdomo, Bartolomé Aguirre y Manuel López del Ángel, que fueron ediles y funcionarios de la corporación municipal. Nos dijo que todos los policías de turno y los empleados del ayuntamiento fueron quemados, así como otras muchas personas que trataron de defender a las autoridades.

“La Batalla del chile seco” ocasionó que el entonces gobernador del Estado, Coronel Adalberto Tejeda, se pronunciara contra el clero en su informe de 1932. Dijo que luego de la amnistía de la guerra cristera, “los sacerdotes inauguraron una nueva era, violando sistemática e intencionalmente, de manera flagrante, las leyes, atacando a las sociedades cooperativas, obreras y agrarias”.

Acusó al clero de “realizar una obra nefasta de explotación comercial de nuestros pueblos y el envenenamiento de las almas con mayor y más infundada soberbia, avidez e insolencia que antes”.

En otra parte de su mensaje, el coronel Tejeda dijo que “según los datos obtenidos de la Secretaría de Hacienda del Gobierno Federal, existen en la actualidad más de siete mil catedrales e iglesias en la República y que los causales, objetos de arte y de valor y las riquezas que atesora el clero, salvo lo que oculta y ha enviado al extranjero, suman más de cinco mil millones de pesos”.

También culpó al clero del atentado de que fue objeto en el palacio de gobierno a manos de un fanático.

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