Los padres del huachicol

Cambio de Luces

Los padres del huachicol

Miguel López Azuara

El diabólico huachicoleo que pone a todos tan coléricos, con justa razón, porque nos amenaza con la parálisis creciente, hasta dejarnos cuadripléjicos, es el hijo natural de la corrupción que se derrama desde la cima de la pirámide política y social y extiende su contaminación protegido por su madrina la impunidad, como dice mi hijo Miguel.

El gobierno, montado en el precio de los combustibles para recargarlo de impuestos hasta para educación, eternamente uno de los principales beneficiarios del presupuesto nacional, aunque luego en la cuenta pública se revele que no tanto, encuentra su tope no en la protesta ciudadana, sino en la competencia del crimen organizado, que se roba la gasolina como Robin Hood, aunque no para regalarla, sino para venderla más barata, a la tercera parte del precio fijado, puesto que nada le costó. La economía encara pronto contrapesos espontáneos.

Pero el afán recaudador de Hacienda no es para que tengamos todas las escuelas bien puestas, mínimo con pizarrón, pupitres y baños, sino para que presidentes y gobernadores se luzcan en sus viajes como sultanes de Brunei o príncipes árabes, con todo lo que desde el poder hurtan.

La voracidad es contagiosa y en general no hay cuentas sin recargos, ni en teléfonos celulares, servicios bancarios, centros comerciales, parquímetros, atención médica, legal o de cualquier nivel profesional, mañosa o indebidamente inflados en robos y abusos no disimulados. Hasta los viene-viene lo practican.

Para casarse o morir, debemos ahorrar sumas con las que podríamos adquirir una casa o cambiar de carro, o heredar las cuentas a nuestros deudos, así nunca mejor propiamente dichos.

El escritor Charles Bukovsky lo notó ya con amargura: “Nunca estamos tan mal que no podamos estar peor”.

Repasen solamente estas primeras dos décadas del Siglo XXI: De Fox a Calderón, de éste a Peña Nieto y finalmente López Obrador, que aún tiene tiempo de recuperarse. De todos los partidos. De derecha, de izquierda. De centro y hasta sin ideología. Y alguno diplomado en el extranjero, es decir, para los políticos, los Estados Unidos de América.

Es una advertencia, no un llamado a la resignación.

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