La ley seca de Marco Antonio

Nazario Romero Díaz

Una forma eficaz para fomentar el vicio del alcoholismo es prohibirlo con energía; lo pudo comprobar en 1951 el entonces gobernador de Veracruz, Marco Antonio Muñoz, quien desde su toma de posesión se pronunció contra las cantinas y demás centros de vicio, que ahora llaman giros negros o antros.

Fue enemigo acérrimo de los vinos, las cervezas y el aguardiente, como lo había sido Pancho Villa, famoso revolucionario y efímero gobernador de Chihuahua, quien, como tal, ordenó vaciar en las calles todos los licores, la cerveza, el pulque y el aguardiente de las cantinas con la intención de acabar con los borrachos.

No llegó a tanto don Marco Antonio, pero sí ordenó mediante circular dirigida a los alcaldes de la entidad, dictar medidas tendientes a evitar el consumo de bebidas embriagantes en sus jurisdicciones, principalmente en los núcleos ejidales.

Los presidentes de los ayuntamientos, muy obedientes, iniciaron entonces una batida contra las cantinas, pulquerías y demás centros de vicio que existían al por mayor, como siempre, pues antes al igual que ahora esos giros eran y son abundantes en todos los pueblos.

En el pasado reciente había en Martínez de la Torre más de mil quinientas tabernas que pagaban elevadas cantidades de dinero por anuencias, permisos, horas extras y demás conceptos con recibos simulados como “aportaciones voluntarias para obras públicas”.

Amparados con esa circular, los alcaldes procedieron a clausurar esos negocios con el solo argumento de “por orden del gobernador” y a cobrar buenas cantidades por permitir que siguieran operando los consentidos, que siempre los hubo, los hay y los habrá.

Los campesinos se quedaron sin aguardiente, lo cual fue un duro golpe a la costumbre de aplacar el calor o el frio con unos tragos.

La ley seca de Marco Antonio sirvió para fomentar el vicio, pues pronto surgieron expendios de licores y cervezas que vendían a escondidas hasta en hogares familiares de pueblos y rancherías y en la misma cabecera. No había cantinas, pero sí muchos borrachos.

Así, el consumo de bebidas embriagantes se incrementó notablemente, pese a la prohibición de las autoridades.

Aumentó la venta de licores en botellas cerradas, fomentando así las fiestas domiciliarias, las reuniones de amigos en casas particulares y otras formas de convivencia para el consumo de líquidos embriagantes.

Surgieron entonces los famosos “merenderos”, que fueron cantinas disfrazadas de fondas y restaurantes.

Las acamayas eran la botana gratis, a diferencia de ahora que se cotizan hasta en quinientos pesos el kilogramo.

Las acamayas eran un platillo despreciado por los comensales nativos de Martínez, que le hacían “fuchi” a ese marisco, por feo, grotesco y de color sucio; incluso, era considerado como el zopilote de los ríos.

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