La Fiesta del Té

Luz de Gas

Brisa Gómez

“Un día me vi frente al espejo del baño de mi oficina, sin la blusa, para que no se le pegara el olor del cigarro que tenía en la mano, si mi novio se daba cuenta de que seguía fumando, tendría un motivo más para pelear conmigo, en ese entonces yo sufría una terrible ansiedad y el cigarro me calmaba, pero a la vez me ocasionaba un miedo espantoso a tener otra noche de esas, en que llegaba llorando a casa por pelearme con él”.

“Ese día me miré asustada, no podía creer que yo tuviera que esconderme para fumar un cigarro; que tuviera que desvestirme para fumar ¡un cigarro!, que sintiera ansiedad y culpa por lo que mi novio pudiera decirme si me olía apenas un poco el humo y ahí entendí que las cosas no estaban bien”.

Esas son las palabras de una chica que conocí hace tiempo y que me hizo entender lo disminuida que se puede llegar a sentir una mujer que sufre violencia psicológica.

Ella me explicaba que ya no podía usar la ropa que quería, hablar con sus compañeros de trabajo delante de él, salir con sus amigas era impensable pues ya ni siquiera podía verlas sin que él estuviera presente; en todo momento los celos de él le impedían hacer una vida independiente, pues había ocasiones en que iba con ella a trabajar y esto le dificultaba hacer sus actividades de forma eficiente.

Él salía con ella y la regañaba por voltear a ver a la gente que pasaba, le molestaba que saludara a sus vecinos, y la celaba diciendo que seguramente andaba con alguien más. Le gritaba y ella siempre dudaba de sí, pues se sentía que era tan mala persona que no podía tenerlo contento y sin gritar.

Cada situación él la volteaba para responsabilizarla de su enojo y para hacerla sentir mal consigo misma en lo físico, en lo intelectual y hasta la hizo dudar de su realidad, al final ella terminó aislada, alejada de sus compañeros de trabajo, sin sus amigas, sintiéndose mal consigo misma por su físico, su ropa, alejada de su familia  y con problemas en sus relaciones futuras por las marcas que le dejó esa mala experiencia.

Además, esta chica (como muchas más- lo supe después-) pensaba que el problema siempre era ella y no él, no sabía que estaba en una relación violenta, ni tenía idea de cómo salir de ahí, pues para colmo cuando hablaba de eso, nadie veía el problema.

Todo transcurrió así y ella fue en un espiral de violencia cada vez más profundo, hasta ese día en que se vio al espejo y decidió terminar el ciclo de la violencia.

Justo eso es el fenómeno de la “luz de gas”,  una violencia psicológica que ataca a las víctimas para ser ellas quienes enfrenten situaciones de duda y se vuelvan vulnerables a la violencia, al quedar incluso aisladas para no tener cerca a ninguna persona que les ayude a romper el ciclo de la violencia.

Es difícil de entender, pues constantemente se escuchan comentarios que romantizan la violencia, frases como “te cela porque te quiere”, “te cuida, por eso no quiere que te expongas usando esa ropa”, “seguramente él se da cuenta de cómo te ven tus compañeros y se preocupa de que lo dejes”…

La violencia de este tipo se ve normalizada y lo único que ocasiona es que las mujeres sufran consecuencias psicológicas severas y dificultades para poder salir, hasta que tocan un punto en el que consiguen ayuda de alguna manera.

Porque aquí tod@s estamos loc@s.

columnalafiestadelte@gmail.com

@brisaencontacto

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