Jicaltepec-San Rafael; una historia de progreso ante la tragedia

Nazario Romero Díaz

Los primeros colonos franceses que llegaron a Jicaltepec en 1833, en número de menos de 50, se sintieron fortalecidos con la llegada de 124 más que arribaron a la misma colonia en 1853 y fueron los que refundaron Jicaltepec; trazaron sus calles y construyeron sus viviendas, lo que le dio al pueblo un toque distinguido con respecto a las demás poblaciones rurales de Veracruz.

San Rafael no existía; era sólo un paraje inhóspito conocido entonces como Zopilotes por la gran cantidad de esos animales de rapiña que anidaban en ese lugar; fue hasta finales del Siglo XIX cuando los colonos compraron las tierras ubicadas del lado izquierdo del rio Bobos a don Rafael Martínez de la Torre, quien a su vez las había comprado a don Francisco de Paula López, albacea que fue de don Guadalupe Victoria.

Tras adquirir sus propiedades, los colonos empezaron a abandonar Jicaltepec para trasladarse a San Rafael, Paso de Telaya, El Ojite, El Mentidero y otros lugares, donde se establecieron para hacer producir las generosas tierras.

Cuando comenzó a poblarse el lugar, los vecinos le cambiaron nombre al pueblo y le impusieron San Rafael en lugar de Zopilotes.

Tiempo después le cambiaron nombre y le pusieron Santiago de la Hoz; luego le pusieron Manuel Acuña y finalmente, una vez más, San Rafael, en memoria de quien les había vendido las tierras en facilidades de pago y a razón de diez pesos la hectárea.

Zopilotes era entonces un paraje con cinco y diez casas humildes techadas con palmas a orilla de río.

La zona era pantanosa, insalubre y peligrosa por la abundancia de mosquitos, que formaban nubes que llegaban a ensombrecer la luz del sol en temporadas de verano. Además, en los lugares cercanos había lagartos en las ciénegas ubicadas cerca del caserío.

Los colonos y sus descendientes trabajaron a tiempo completo y hasta de noche para transformar al pueblo. Con el tiempo y con mucho trabajo lograron el crecimiento de la comunidad hasta convertirla en la congregación más importante del municipio de Martínez de la Torre, del cual se desligó para alcanzar en años recientes la categoría política de municipio libre.

Cuando algunos colonos franceses ya habían adquirido fracciones de tierras vírgenes, durante los últimos años del siglo XIX, ocurrieron verdaderas tragedias ocasionadas por huracanes, heladas, sequías y la peste del vómito negro.

Los colonos transformaron los montes y selvas vírgenes de sus predios, a base de trabajo arduo durante varios años, en tierras fértiles y generosas, con machete, hacha y fuego.
Los San Rafael progresaron en medio de las adversidades. Caían y se volvían a levantar, trabajando para arrancar los frutos a la tierra.

Dice la historia que en 1888, los habitantes de Jicaltepec, San Rafael Paso de Telaya, El Ojite, El Mentidero, Nautla y toda la costa sufrieron los embates del ciclón que azotó la zona el 8 de septiembre de ese año.

Fue uno de los más grandes meteoros registrado hasta entonces. El agua subió hasta los techos de las casas y arrasó con todos los cultivos, destechó y derrumbó viviendas arrastrando animales. Los agricultores perdieron en un sólo día diez años de trabajo; se levantaron como pudieron, sin ayuda de nadie. Y al año siguiente, otra vez la región padeció la fatalidad.

Cayó una helada de dos grados bajo cero y se perdieron todos los cultivos de vainilla, café, maíz y otros; las pérdidas fueron totales y los campos quedaron desiertos.
Murieron de frío bovinos, perros, cerdos y gallinas, que amanecieron muertos el 14 de febrero del año citado.

Por si fuera poco, pasada la helada, ocurrió una severa sequía que se prolongó desde febrero hasta septiembre.

Las pérdidas fueron cuantiosas y todo había quedado en ruinas.

Como consecuencia de las altas temperaturas y la falta de lluvias, hizo su aparición la temible epidemia del vómito negro o fiebre amarilla que posiblemente llegó a Nautla por la vía marítima: y el contagio alcanzó a toda la zona de Jicaltepec, San Rafael, Paso de Telaya, El Mentidero y demás lugares cercanos.

La mortandad fue espantosa.

Los sepultureros de los panteones llevaban a los difuntos en carretas tiradas por bueyes sin acompañamiento. Mucha gente cerró sus casas y se fue a vivir al monte. Oficialmente, el gobierno del Estado contabilizó cuatrocientas defunciones por la peste.

Muchas viviendas quedaron vacías y abandonadas por las familias que las ocupaban. Pocos se salvaron de esa enfermedad; el que la contraía y vomitaba sangre era hombre muerto.
Por si fuera poco el sufrimiento, posteriormente ocurrió por primera y única vez una invasión de langostas, insectos que llegaron por millones y en pocas horas acabaron con toda la vegetación; árboles y plantas quedaron convertidos en troncos y varañas, según nos cuenta Carlos Ernesto Bernot en sus datos sobre la colonización francesa.

En Jicaltepec se ubicaba una representación consular de Francia y el titular era considerado como un patriarca benefactor y protector de los colonos, cuyos hijos nacidos en el lugar obtenían la nacionalidad francesa mediante los trámites que efectuaba, pero Jicaltepec – San Rafael dejaron de ser colonia francesa desde 1916, en que inesperadamente llegó el Cónsul de Francia para dar cumplimiento al mandato de su país y cesar de sus funciones al Agente Consular, don Alfonso Roussel, y llevarse los archivos de la dependencia quedando desconocida y desaparecida la Colonia, cuyos integrantes perdieron su nacionalidad al quedarse aquí para siempre y volverse mexicanos, como lo fueron sus descendientes.

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