Baltazar Dorantes

Nazario Romero Díaz

En Paso de Novillos, hoy Martínez de la Torre, existió la famosa Casa Blanca, asiento que fue de las haciendas «Cabrestos» y «La Candelaria»; en ella radicó Baltazar Dorantes, hijo de doña María de la Torre, una dama española que fue Encomendera del territorio de Atzalan y de toda la región, junto con su marido, el conquistador Alonso de Benavides, a cuya muerte, la señora fue beneficiaria.

Como doña María era “de buen ver», pronto contrajo matrimonio en segundas nupcias con el también conquistador Andrés Dorantes, con quien la española tuvo varios hijos, al igual que con Benavides, pero al morir doña María, heredó la Encomienda a la mayor de sus hijas de su primer marido, de nombre Antonia, dejando fuera a Baltazar, quien hubo de ausentarse de Cabrestos para ocupar un cargo administrativo en Veracruz, cuenta la historia.

El escritor Fernando Benítez escribe en su obra «Los Primeros Mexicanos» que Baltazar Dorantes, hijo del segundo matrimonio de la señora De la Torre, quedo dolido por haber perdido la adorada Encomienda familiar junto con los esclavos que explotaron durante dos vidas, esto es el beneficiario original, la esposa y la hija mayor.

Al morir primero doña María de la Torre y después su hija Antonia de Benavides, la Corona española despojó del territorio a la familia, como lo hizo también con todos los encomenderos de la entonces llamada Nueva España.

Cuenta la historia que Baltazar Dorantes fue un hombre de horca y cuchillo, dueño de vidas y haciendas que tuvo no menos de cuarenta hijos con las indias más hermosas de la región.

Radicó en la famosa Casa Blanca, que se ubicaba en la parte alta de la estancia ganadera y que lucía hermosos jardines y árboles frutales por sus cuatro costados. Pero Dorantes se quedó corto porque el gran Moctezuma llegó a tener cincuenta y dos mujeres embarazadas al mismo tiempo, en tanto que el conquistador Pedro de Alvarado presumía de haber tenido cuatrocientos veinte hijos, nos dice Francisco Martín Moreno en su obra «Arrebatos Carnales».

Al perder la adorada Encomienda que administraba, Baltazar Dorantes se sintió frustrado y tras retornar a la capital emprendió una campaña en defensa de los criollos, como era él, (hijo de español y española, nacido en México); protestaba por la marginación que padecieron los españoles nacidos en México, herederos de los conquistadores que se sentían con derechos de disfrutar de las prebendas que concedía la Corona sólo a los llegados de España, olvidando a los criollos y abandonándolos a su suerte.

Durante el Virreinato, la norma del gobierno español era el «dulce beso de paz y fortuna para los recién llegados; y palos, cuchillo, azotes y desprecio para los nacidos en la Colonia, criollos y mestizos, bastardos, plebeyos e indianos».

Los puestos oficiales del virreinato tenían precio y eran exclusivos para los españoles legítimos; desde el gendarme hasta el más encumbrado representante tenía que pagar por su nombramiento. Los españoles trajeron la corrupción manifestada en dádivas que ellos llamaban «unto» de México.

Dorantes escribió un libro en el cual solicitaba favores a la Corona al sentirse con derecho de disfrutar de los beneficios que eran concedidos a los inmigrantes españoles que por miles llegaron a México para hacer fortuna explotando los puestos públicos y las concesiones de minas, tierras, servicios, productos agrícolas, etcétera.

Se había aliado con otros muchos criollos y mestizos, pero nunca le hicieron caso acabando derrotado.

Sólo en libros muy viejos se conoce la historia de Baltazar Dorantes, quien vivió en Paso de Novillos explotando a centenares o miles de esclavos en las tierras de Atzalan y Tlapacoyan.

Durante la Colonia, las mujeres embarazadas, esposas de los hombres con poder económico, viajaban a España sólo para dar a luz a sus hijos para que éstos fueran españoles y no sufrieran la «vergüenza» de ser mexicanos.

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