Una historia con cicatrices

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Nazario Romero Díaz

Como arrancado de una estampa de la danza de «los viejitos», don Lucio Badillo arrastra su humanidad por las calles del pueblo ayudado por un garrote que usa como tercera pierna porque las dos que tiene ya no le responden, «ahora ya camina lento porque la edad de le vino encima», como dice la canción de Piero.

Sus hijos se le murieron, no todos, solo siete porque los dos que sobrevivieron se le fueron muy jóvenes huyéndole a él y a la miseria y nunca más volvió a saber de ellos; para él también están muertos.

Don Lucio carga sobre sus hombros el peso de noventa años y sólo tiene como futuro sus recuerdos, que son el único porvenir de todos los viejos, hombres y mujeres que esperan con paciencia que Dios de acuerde de ellos y los llame. Cuenta que se casó tres veces y tres veces enviudó. Dice ser originario de Altotonga donde contrajo matrimonio con Victoria Landa, pero al poco tiempo ella enfermó y falleció.

Como peón ganaba entonces tres pesos diarios trabajando de sol a sol. Cuenta que para olvidar su pena se fue a San José Buenavista y al poco tiempo se casó en ese lugar con Elizabeth Landa, quien resultó paridora y le dio nueve hijos. Como el trabajo escaseaba se fue con toda su prole a la zona de Cerro Quebrado. Vivió en Santa Clara y Arroyo Hondo donde alguien le prestó un terrenito y lo sembró de frijol; en la cosecha le fue muy bien.

Platica que a consecuencia de una epidemia ocurrida en aquella región hace varias décadas, perdió casi a toda su familia, pues sólo se salvaron él y dos de sus hijos, quienes se le fueron cansados de la pobreza. Añade que cuando murió el primero de sus hijos, lo llevó a sepultar al panteón y que cuando regresó a su casa ya había caído otro y así en poco tiempo sepultó a siete y también a su segunda esposa.

Cuando se sobrepuso de esa tragedia que lo había dejado solo en este mundo, se casó por tercera ocasión, esta vez con Lucía Salinas; vivió con ella treinta años pero también se le murió hace poco.

Ahora sólo esperaba el pago de su pensión setenta y más que le sirve para medio aplacar el hambre.

Como el Coronel de García Márquez, don Lucio no tiene quien le escriba ni quien lo cuide; vive «arrimado», pero se consuela porque si fuera rico y feliz ya habría muerto, porque muchos ricos mueren primero que los pobres.

Don Lucio Badillo nonagenario sin familia sepultó a sus tres esposas y a siete de sus hijos y ahora no tiene quien lo entierre y vive de sus tristes recuerdos pensando que nada tiene que agradecer a Dios, como tampoco los cerdos, los pavos y totoles en la Navidad.

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