Martínez de la Torre, el pasado reciente

Nazario Romero Díaz

En esta serie de Crónicas y Relatos tratamos de rescatar un pasado condenado al olvido, para recordar o conocer lo que fueron e hicieron nuestros ancestros; pero no debemos vivir en el pasado, sino al compás con la época.

De la población total de Martínez de la Torre, los martinenses nativos eran apenas el 10 por ciento en los años cincuenta en que ocurrió la inmigración de gente que llegó atraída por la fama que ya cobraba este pueblo, tras la llegada de la carretera y del Ingenio Independencia.

Con la carretera llegó el dinero con las rayas de los trabajadores de la compañía contratista que realizó la obra durante el régimen presidencial del general Manuel Ávila Camacho.

Entonces el papel moneda de baja denominación era de un peso, billetes de color rojo con el Ángel de Independencia en el centro y el número uno en los extremos; esos billetes fueron conocidos aquí como «chútaros», que así les decían a los trabajadores del pico y la pala (ese billete vino a sustituir las monedas de plata, ley 0.720 que circularon anteriormente); los de cinco «varos» tenían en el centro el rostro de una bella mujer; los de diez, una tehuana y los de veinte pesos, el rostro de la regidora Josefa Ortíz de Domínguez.

Los billetes que más circularon entre la clase pobre de aquel tiempo fueron los de un peso.

Surgieron entonces en el pueblo numerosas fondas y muchas amas de casa vendían antojitos mexicanos entre la chutarada hambrienta de la carretera, sea en la puerta de sus casas o en el tramo donde laboraban los trabajadores, entre Tlapacoyan, Martínez de la Torre y San Rafael.

Esa fue la época de las vacas gordas de las familias pobres que ganaron dinero con sus actividades culinarias.

Llegaron también, con la carretera, hombres visionarios, honestos y probos, así como empresarios codiciosos y mercaderes de arma sucia, honrados trabajadores y personas que pronto enseñaron el cobre. Con ellos arribaron «grillos», políticos y dirigentes para fundar organizaciones.

Florecía entonces el cultivo de la caña de azúcar. Miles de hectáreas de tierras productivas y generosas fueron sembradas de la gramínea para abastecer al Ingenio Independencia y éste tuvo su época de oro. Los trabajadores escupían por un colmillo; en consecuencia, proliferaron las cantinas y demás centros de vicio atendidos por mujeres de la vida fácil que vinieron de otras partes, a las que se sumaron nativas ejerciendo el oficio más viejo del mundo.

La caña de azúcar trajo grandes beneficios; prosperidad y bienestar para los productores, empleados, trabajadores, proveedores, transportistas, etcétera, pero como todo lo que empieza termina, el cultivo de la caña fue desplazado por los cítricos y el coloso azucarero fue desaparecido durante el gobierno de Carlos Salinas, dejando a los productores colgados de la brocha, así como a los trabajadores, empleados y proveedores.

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