La herencia enterrada

Nazario Romero Díaz

Durante dos generaciones de una familia de hombres del campo, buscaron inútilmente los «entierros» de dinero en monedas de oro que el abuelo y padre escondió bajo tierra en lugares secretos en una antigua finca cafetalera, ubicada en la zona de Lomas de las Flores (Martínez de la Torre). El abuelo murió sin revelar a nadie ni la cifra ni los lugares donde había ocultado su tesoro.

Don Juan, que así se llamaba el finquero, era dueño de un rancho grande que siempre cultivó con ayuda de sus hijos y de su esposa. Tuvo siempre un profundo amor por la tierra y ésta le producía abundantes cosechas del grano aromático que vendía en cereza y también despulpado.

Cada año vendía su abundante producción a un sólo comprador, que fue don Wolstano Vernet, de Tlapacoyan, quien le pagaba en oro; don Juan se guardaba lo necesario para vivir y el resto lo escondía bajo tierra en sitios secretos. En cada cosecha hacía lo mismo.
Tanto amor le tuvo a la tierra que solía decir a sus hijos: «para que la tierra siga dando, hay que devolverle parte de lo que produce, porque ella nos da de comer trabajándola con fé, esperanza y amor».

Varios viajes hacían los arrieros con sus recuas de mulas cargando los bultos de café para llevarlos a Tlapacoyan, al beneficio de don Wolstano, quien le pagaba puntualmente con monedas de oro puro.

Sus hijos confiaban en que don Juan les revelaría el secreto cuando ya estuviera próximo a irse de este mundo, pero no ocurrió así; ya longevo murió sin revelar a sus hijos, ni a su mujer, los lugares de los «entierros».

Pasado el duelo, los hijos se organizaron para la búsqueda del dinero. Unos a trabajar la tierra y otros a buscar. Cavaron en muchos lugares día y noche durante mucho tiempo hasta que se cansaron de perforar la tierra con pico y pala. Llevaron a un «buscador» con equipo detector de metales y también fracasó. Así, los hijos de don Juan envejecieron con la esperanza perdida, pues nunca hallaron nada.

Pasado el tiempo, los hijos de los hijos, enterados del asunto, también buscaron en la misma forma, dejando el rancho cafetalero totalmente hoyado de tanto cavar y cavar por toda la superficie del terreno.

Finalmente, los nietos de don Juan se dieron por vencidos y abandonaron la búsqueda al comprender que el tesoro del abuelo no era para ellos. Para entonces, el rancho ya no producía nada. La tierra no les devolvió el tesoro cumpliendo la voluntad del difunto, quien prefirió dar cristiana sepultura al dinero que dejarlo a su familia.

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