El pordiosero leproso

Nazario Romero Díaz

En el pasado remoto, la lepra era un mal incurable y quienes la padecieron sufrían el rechazo de la gente, temerosa del contagio de esa enfermedad, pues quien la contraía irremediablemente estaba condenado a muerte; lo mismo ocurría con las personas contagiadas de tuberculosis.

Consiste la lepra en una infección crónica de la piel debido a la presencia del bacilo Hansen, que cubre el pellejo de fístulas y escamas sangrantes, tumores y llagas con pus que despiden olores nauseabundos.

Por esta razón los enfermos de lepra eran obligados a portar una campana y debían hacerla sonar al caminar, como los cencerros de los becerros y las vacas que suelen separarse de los hatos de ganado.

La gente, al escuchar la campana del enfermo que se aproximaba, corría huyendo por temor a contagiarse y morir descarnado.

Enfermo que llegaba al pueblo a pedir limosna recorría la comunidad, puerta por puerta, y la gente le arrojaba monedas al piso para que las recogiera y se fuera. Y si no le daban, permanecía largo rato junto a la puerta hasta que le tiraban el dinero a los pies; tras su retirada echaban agua con cal al piso de la calle donde estuvo el leproso. Tal era el temor de contraer el mal.

En el tiempo al que nos referimos hubo un trabajador de un rancho cercano, cuyo salario no le alcanzaba para mantener a su familia; sus hijos siempre enfermos, desnutridos y harapientos.

El hombre no encontraba la manera de solucionar su problema. Decidió entonces pedir permiso a su patrón para sembrar y cultivar maíz los domingos en un pedacito de tierra, lo cual le fue concedido.

La milpa se le dio generosamente, pero cuando llegó la cosecha, el patrón mandó a recoger todas las mazorcas del grano, que él pensaba utilizar para alimentar a su familia.

Pudo contener la furia cuando el patrón se justificó diciéndole: «tu trabajas conmigo, por eso te pago y todo lo que siembres en mi rancho me pertenece». (hijo de su ch#@*$^, debió pensar el trabajador, pero se controló).

Fue entonces cuando el peón hizo lo de Macario, el de B. Traven, agarró el itacate que le había preparado su mujer, y se fue a comer al monte; no soñó, sólo pensó, y después de dar vueltas al asunto, finalmente decidió vivir de la caridad pública, porque pedir no es pecado ni delito; causar lástima, tampoco; mentir, puede ser, pero todo mundo miente y yo ¿por qué no?

Con tintes rojos y amarillentos tiñó un pantalón y una camisa vieja, y provisto de una campana se dispuso a pedir limosna, todos le corrían pero le aventaban monedas de 5, 10 y 20 centavos; y al final de la jornada dominical había reunido más de lo que ganaba en una semana. Por ello decidió dejar el trabajo y dedicarse de lleno a pedir dádivas en todos los pueblos cercanos.

Salía de su casa bien limpio, pero se transformaba en una cueva cercana al río, donde guardaba sus atuendos, esto es, el vestuario del leproso y su ropa limpia. Varios años vivió el leproso con doble vida, logrando reunir el dinero necesario para comprar un pequeño rancho que pagó con monedas de escaso valor, hasta que una creciente del río se llevó su ropa de «trabajo», cuando él ya era agricultor.

Por ello se retiró, renunciando al más jugoso empleo de pordiosero leproso.

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