Un alcalde con historia

Nazario Romero Díaz

En los inicios de los años cuarentas, el municipio de Martínez de la Torre fue gobernado por el general José B. Reyes Esquivel, a quien las personas longevas recuerdan por su firmeza y rectitud en su desempeño. Tenía el mérito de haber exterminado por completo la organización criminal de la Mano Negra, dirigida desde Almolonga por Manuel Parra cuando éste ya había fallecido. Parra fue brazo ejecutor de gobernadores y presidentes de la República de aquel tiempo, con excepción de Adalberto Tejeda. Abatió, como dicen ahora en el lenguaje oficial, a muchos criminales, y pocos se salvaron huyendo a lugares lejanos o cambiándose nombres. El caso es que el militar limpió la zona cuando ésta se encontraba infestada de maleantes.

Llegó Reyes a la presidencia municipal, cuando un grupo de los más destacados martinenses acudió a la finca ganadera La Soledad a ofrecer la alcaldía al general Manuel Ávila Camacho, cuando ya era ex-presidente de la República. Don Manuel agradeció, pero declinó la petición en favor de Reyes Esquivel, que ya se encontraba en situación de retiro.

Llegó a la presidencia fuete en mano. Fue el primer alcalde de tres años (los anteriores fueron de dos) y pronto se notó el cambio. Se acabaron los pleitos, las reyertas, los robos, las violaciones y otros delitos, por temor a la furia del recto militar que ejerció con su propia ley: honradez, rectitud, disciplina y respeto en toda la población. Los que llegaron a delinquir durante su gobierno eran enviados a Jalacingo, cabecera municipal dónde existía la cárcel más temida por las torturas, el frío y el hambre.

Personalmente el militar recorría caminando las sinuosas calles del pueblo para recibir quejas y proceder en consecuencia.

Los organismos sociales que recaudaban fondos públicos para determinadas obras de beneficio colectivo, tenían la obligación de depositar los recursos en la tesorería municipal, incluyendo la Junta de Mejoras y las sociedades de padres de familia de las escuelas. No hubo, por lo tanto, malos manejos durante su ejercicio.

Los tahúres dejaron de operar en las calles, en los velorios y en las tabernas, pues personalmente el alcalde acudía a detenerlos y castigar con el fuete a los apostadores. Hasta a las incautas mujeres que dejaban el dinero del mandado en el juego de la «bolita», donde todo el que juega pierde, fueataba el general. Así el pueblo estuvo en santa paz.

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