Esténtor político

Morena: títere de AMLO

 

Miguel Ángel Casique

Obediencia y no razón. Otro golpe se consumó por el partido en el poder bajo las órdenes del Presidente Andrés Manuel López Obrador: la extinción de los 109 fideicomisos. La política partidista y selectiva alarma a la democracia con señales de odio y venganza contra la cultura, la ciencia, el deporte y los millones de mexicanos vulnerables.

Dejando en total desamparo y traicionando a su base electoral número uno de las pasadas elecciones de 2018, algo así como unos 30 millones, que ahora se observa. con algo de riesgo de haberse esfumado.

Se habla mucho de la “corrupción” que existía en ellos, algunos sí, pero no de las formas para corregirse y sancionarse con apego a la ley. Su extinción no tiene justificación. Tenemos un gobierno que destruye y separa, con una capacidad incomparable de poner primero sus intereses antes que los derechos humanos.

Vivimos en un momento histórico de cambios acelerados y desafíos de carácter global: la revolución digital, el cambio climático, la pandemia de Covid-19 y el agotamiento de los recursos naturales son apenas una muestra de la infinidad de retos cuya solución requiere de conocimiento altamente especializado.

La extinción de los fideicomisos es una salida demasiado fácil a los desafíos de la hacienda pública, pues sus beneficios serán pequeños y fugaces y sin embargo tendrá costos enormes en el mediano y largo plazo.

Resulta evidente, además, que en un contexto de crisis económica como la que estamos atravesando, la promesa de compensar la desaparición de estos fondos mediante el incremento del presupuesto para las instituciones afectadas es imposible de cumplir. Si el gobierno contara efectivamente con los recursos necesarios para garantizar esa promesa no estaría buscando dinero debajo de las piedras.

Los fideicomisos no fueron creados malévolamente con la intención de “darle la vuelta o torcer la ley”, para “hacer transas”, o para opacar los procesos. Mucha de la opacidad no tiene que ver con la figura del fideicomiso, sino que depende de qué entidades los operan. Siempre pueden mejorarse los mecanismos de vigilancia y supervisión, incluso de los más pulcros. Eso es lo que debería de hacerse en los casos que hayan presentado malos manejos.

No fue buena idea acabar con todos los fideicomisos de tajo y sin miramientos. Lo correcto hubiera sido auditarlos y perseguir las irregularidades. Pero, como títeres, los diputados votaron a favor de la extinción. En el Senado se repitió la misma historia, sin perder el hilo del show presidencial.

La batalla jurídica que emprenderán todos los atropellados por la 4T será larga y fuerte. México ya era -antes de la desaparición de los fideicomisos- un país de violencia, ahora se vuelve un campo de concentración.

Para garantizar el acceso universal a los derechos humanos el estado debe abandonar la tentación de seguir siendo el oro filantrópico descrito por Octavio Paz.

Ha quedado evidenciado que este gobierno no es, ni será, un proyecto de izquierda, ni progresista ni plural. Aquí abunda la traición a la democracia. Por el momento, querido lector, es todo.

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