Sobre el llamado “Penacho de Moctezuma”

Por Selma Muñoz Riaño

  • La autora es xalapeña y escribe este texto desde Viena.

Mucho se ha escuchado últimamente en los medios de comunicación y plataformas sociales en México, acerca del llamado «Penacho de Moctezuma». El gobierno de México solicitó a Austria la devolución de este objeto del arte plumario, el cual se alberga en un museo vienés.

Sin embargo, sería necesario saber qué es realmente ese llamado “penacho” y por qué se encuentra en el Museo del Mundo de la ciudad de Viena.

Empecemos por decir que los emperadores de la dinastía de los Habsburgo fueron siempre grandes coleccionistas y cada uno tenía preferencias en los objetos recopilados. Así, Carlos V de Alemania y primero de España tenía debilidad por los relojes de todo tipo, mientras que su abuelo, el emperador Maximiliano I, prefería juntar monedas. Siguiendo esta tradición familiar, el archiduque Fernando del Tirol, sobrino de Carlos I/V,  conformó un museo en su Castillo de “Ambras” en Innsbruck. Tras su muerte, en 1596 se realizó un inventario en el que se menciona ya  “un tocado morisco de plumas verdes muy brillantes con un pico dorado al frente”. Como vemos, se pensaba que era de origen moro, cuestión que se aclararía posteriormente, y que tenía un pico de oro, el cual se ha dado por perdido.

¿Pero cómo llegó el tocado a manos del archiduque Fernando?   Los historiadores consideran que, en 1519, Hernán Cortés envió a Alonso Fernández Puertocarrero a la corte de

Carlos I para entregarle 160 objetos, como muestra de los tesoros que el Nuevo Mundo ofrecía. Entre ellos se encontraba un tocado de plumas. Cabe suponer que muchos de estos objetos fueron obsequiados al Conquistador por el emperador Moctezuma y, efectivamente, en su primera “Carta de relación”, Hernán Cortés describe un penacho: “una pieza grande de plumajes de colores” con piezas pequeñas de oro. Sin embargo, fueron muchos los tocados de ese tipo que llegarían al Viejo Mundo, y no se puede decir que el mencionado por Cortés haya sido el que hoy se encuentra en Viena.

De éste se piensa que fue adquirido por el conde alemán Ulrich VI de Montfort, y hay pruebas de que él se lo vendió posteriormente al archiduque Fernando del Tirol. Después de estar muchos años en una de sus vitrinas, pasó a formar parte de la colección del emperador Rodolfo II de Habsburgo, quien estaba a la cabeza del Sacro Imperio Romano-Germánico de la cual Austria era su centro.

Fue gracias al cuidado que le dieron estos monarcas, que el penacho sobrevivió tanto tiempo.

A partir de 1806 llega a Viena, y en 1878 fue restaurado por el naturalista Ferdinand von Hochstetten, quien basándose en códices prehispánicos lo cataloga como un estandarte en forma de abanico. Él lo restaurará conforme a esa función y le resta flexibilidad, tiene además que sustituir plumas originales por otras azules de martín pescador. Asimismo sustituyó piezas de oro dañadas o perdidas, por otras de latón. Posteriormente, los investigadores concluyen que no se trata de un estandarte pero que tampoco pudo haber sido el penacho de Moctezuma, ya que este tipo de tocado era de menor rango y no correspondía al de un emperador.

En 1889, el tocado será exhibido en el Museo de Historia Natural de Viena.  Hay que tomar en cuenta que el penacho sobrevivió dos guerras mundiales, custodiado por el gobierno austriaco.   En 1918, esta obra del arte plumario fue trasladada al Museo de Etnología de Viena,

El penacho mide 130 cm de alto y, dependiendo de cómo se le extienda, tiene un ancho de 175 cm. En círculos concéntricos vemos, al centro, plumas azul turquesa con unas puntas rojas, estas provienen del pájaro martín pescador llamado “cotinga amabilis” en latín.  También hay plumas rojizas de pájaro cuchareta. Las plumas están sostenidas por plaquitas de oro y “cosidas” con fibras naturales. En el segundo „semicírculo” se encuentra plumas de flamenco, a las que suceden las verdes del pájaro quetzal. En la orilla vemos plumas de color marrón rojizo, provenientes de un cucú llamado “piaya cayana”, cuyas puntas son de color blanco.

Si bien es cierto que las leyes mexicanas actuales prescriben que cualquier objeto precolombino es patrimonio cultural de México, independientemente de si fue vendido, regalado o robado, también es cierto que el penacho no resistiría el transporte a su país de origen, ya que es sumamente frágil y sensible a las vibraciones, al cambio de temperatura y presión.  Un equipo bilateral conformado por antropólogos, etnólogos, químicos, ingenieros e historiadores, tanto de México como de Austria, llegó a la conclusión definitiva de que en estos momentos y con la tecnología existente, es simplemente imposible trasladar el penacho a México sin correr el riesgo de dañarlo.

Sin embargo, hay que recalcar que todos los mexicanos tienen acceso gratuito al Museo del Mundo en Viena con tan sólo presentar su pasaporte; ahí podrán admirar a sus anchas este tesoro que debería ser considerado “patrimonio de la humanidad” en lugar de quedarnos en cuestiones nacionalistas. 

Además, hay algo que poco se menciona y es el hecho de que en 1864, Maximiliano llevó a México un escudo con plumas de colibrí, mosaicos y piel de jaguar, que también era parte de la colección de los Habsburgo. Este “chimalli” se encuentra actualmente en el Museo de Chapultepec y su estado de deterioro es bastante avanzado, aunque los responsables han hecho lo posible por mantenerlo estable.

Considero que en lugar de hacer peticiones absurdas que podrían poner en riesgo la integridad del penacho, se debería seguir cooperando con las autoridades austriacas para conservar esta obra del arte plumario, durante muchos años más y para el gozo de múltiples generaciones.

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