Santiago Bonarges, el sicario / Relatos dominicales

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Miguel Valera

 

I

Nació un 25 de julio y su padre, en honor al apóstol de Jesucristo,  le puso por nombre Santiago. Así estaba en el calendario y él, que era creyente del destino, vio ahí una señal, una impronta del futuro que le esperaba a su cachorro. A los siete días, pensando también en la perfección bíblica, acudió al registro nacional y pidió que se llamara Santiago Bonarges. —¿Santiago qué?, preguntó la chica del registro civil, una jovencita con lentes impecables, sonriente y amable a más no poder: Santiago Bonarges.

Quiso decir “Boanerges” —hijos del trueno—, tal y como Jesús llamó a Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, famosos por su ímpetu, energía y entrega al proyecto evangélico del hombre de Nazareth. Cuando lo llevó a bautizar, el padre Damián le quiso corregir y explicar el sentido de la forma aramea, pero Sebastián se limitó a decir que le pusiera tal y como estaba en el acta de nacimiento: Santiago Bonarges.

 

Cuando en la escuela le preguntaban el significado de su segundo nombre, Santiago se limitaba a alzar los hombros y a evadir la mirada. Le molestaba que le preguntaran y siempre se limitaba a escribir el primero, a secas, sin dar mayor explicación. Nunca le dio importancia a lo que consideraba una locura de su padre.

 

II

Creció en un barrio muy pobre de la gran ciudad y no sintió la luz de la emoción del “trueno”, tratando de sobrevivir entre pandillas locales, hasta que disparó una Beretta 96, de 11 balas, que descargó contra Eloy, un bravucón de la zona que intentó violar a su hermana, cuando regresaba a casa. “El Saltapatrás”, como le llamaban en el barrio, la molestaba desde hace tiempo y ella se quejaba de que su padre, sumido en el alcohol, nunca veía por ella.

Ese día, protegido por las sombras del “Callejón del Diablo”, así conocido porque era sitio privilegiado de pactos entre malandros y de ejecuciones, Santiago alcanzó a Eloy “El saltapatrás” y de frente, sin miedo, a pesar de que le triplicaba la edad, le dijo que nunca más volvería a molestar a su hermana. El hombre sonrió irónicamente y antes de que sacara su arma, el Bonarges le descargó las 11 balas de la Beretta 96 que había tomado de una caja de herramientas de la casa de su padre. Tenía 15 años.

 

Nunca había sentido tanta emoción como ese día —contaría años después a sus amigos—. Desde la cabeza hasta la punta de los pies sintió, de golpe, una energía electrizante, como un rayo, un escalofrío, como un golpe de cristal o de cocaína rosada, decía. Ese día encontró el sentido de su vida, su vocación. No como “vengador” o “justiciero”, por salvar a su hermana de un gañán y abusivo, sino como ejecutor, asesino o sicario. “Para matar se necesita tener la sangre fía”, decía; “un blandengue no puede con esto”.

 

III

Con apenas 15 años de edad, Santiago Bonarges se convirtió en un hombre y a pesar de la religiosidad de su padre, que se quedó perdido en la depresión y el alcohol, nunca escuchó la voz de reclamo a los herederos de Caín: “¿Qué has hecho con tu hermano?” Lo primero que hizo fue conseguir otras 11 balas de calibre 10 milímetros para seguir alimentando la Beretta 96.

Famoso por el episodio de la ejecución de “El Saltapatrás”, Santiago fue buscado para “otros trabajos”. Por el primero cobró 200 dólares, unos 4 mil 200 pesos mexicanos. Cuando cumplió 20 años ya había cobrado la vida de unas 50 personas y se había rodeado de también unos 20 asistentes, que se encargaban de vigilancia y logística. A todos los capacitó para matar, pero se daba el lujo de realizar las tareas de manera personal, por lo que para su sangre y espíritu significaban. Se volvió un adicto.

“Algo me pasa cuando tomo la Beretta y la descargo sobre una persona. Es como si algo se apoderara de mí. Ya no soy Santiago. Soy otra persona y eso me gusta, me complace, me lleva a otro mundo. Por eso no puedo dejar de hacerlo”, solía comentar a sus allegados.

 

IV

Santiago Bonarges fue emboscado a los 30 años de edad por un grupo de la mafia organizada, cuando descubrieron, en una libreta vieja, los nombres de algunos de sus integrantes que habían sido asesinados por este jovencito que inició su carrera criminal a los 15 años de edad. En las tres libretas Story Supply Co, Edition 407 estaban al menos unos 300 nombres.

Aunque en la plenitud de su sicariato, Bonarges había pedido ser enterrado en el Cementerio de San Juan, en Queens, como su cuerpo no fue reclamado, la policía local seguramente lo dejó en una fosa común. Yo he recorrido y revisado con detenimiento la lista de enterrados en el St. John Cemetery, en Middle Village y sólo he encontrado lápidas de Frank Abbandando, Charles “Lucky” Luciano, John Gotti, Carlo Gambino y Joseph “Joe”, Colombo, entre otros y nadie me ha dado razones de Santiago Bonarges, el joven que encontró en la profesión de matar su vocación y el sentido de la vida, más allá del signo de Caín impregnado en todo ser humano.


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