Morir en la Plaza Clavijero / Relatos dominicales

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Miguel Valera

 

I

Eran apenas las siete de la noche. El ir y venir de transeúntes en la calle de Clavijero había disminuido, lo mismo los rondines de policías, permanentes desde Sayago hasta Altamirano, Revolución y Poeta. De pronto, casi todo se detuvo y así lo hizo notar una vendedora de esquites y elotes en la esquina: “parece que ni el aire soplaba esa tarde”.

En el local 05 y 06, “H” tuvo un presentimiento, miró los accesorios de telefonía celular, colocó una bolsa negra de plástico en la silla roja que tenía al frente, junto a un pequeño banco negro y una sombrilla e iba a voltear, ante la presencia de alguien a su espalda, pero ya no pudo; sólo sintió el martillazo de una Glock 9 milímetros que le destruyó el cerebro y lo llevó a la oscuridad de la muerte.

“H” no supo más de sí. No supo si fue uno o eran tres, si corrieron de Clavijero hacia Altamirano, si subieron hacia Victoria, hacia Xallitic o si tomaron algún vehículo o motocicleta. “Parece que en ese momento hasta el aire se detuvo”, insistió la vendedora de esquites con chile del que pica y chile del que no pica en esta rúa por la que transitan miles de capitalinos cada día.

II

La policía llegó, acordonaron la zona y la autoridad sacó del escritorio el comunicado de siempre: se investigará y no habrá impunidad. En tanto, en el suelo, con la ojiva 9 milímetros en la cabeza, los sueños de “H” quedaron tirados, arrebatados por la mano asesina. Su esposa y sus tres hijos lloraron desconsolados esa noche del tercer sábado de marzo, poco más de las 19 horas, en donde una vendedora de maíz hervido con mayonesa y salsas sintió cómo le rozaron las orlas del manto de la muerte que llegó a la Plaza Clavijero.

“Por diosito santo. Recuerdo ese momento y la piel se me pone chinita. Todo se detuvo. No había un solo camión de pasaje, ni una patrulla, ni un oficial de tránsito, de esos que siempre andan cuidando la tienda de aquí junto. Nada. Estoy segura que yo sentí el paso de la muerte cuando entró a la Plaza Clavijero y cuando salió, en voz de una mujer que gritaba, mataron a ‘H’, mataron a ‘H’”.

De ahí no recuerda nada más o lo olvidó a propósito. Cuando la policía se le acercó a preguntar de algún sospechoso, doña Carmen dijo que no había visto nada, que no recordaba nada, sólo el envolvente silencio, como el que antecede a las tormentas o las desgracias, lo que generó un intercambio de miradas entre los oficiales del orden, quienes pensaron que la señora estaba loca.

En la búsqueda de testigos, nadie vio nada y nadie supo nada. ¿Y las cámaras de videovigilancia?, preguntó un locatario. Los policías levantaron los hombros. Si esa cámara no servía, quizá tampoco las 6 mil 475 colocadas en las ciudades más importantes de todo el estado, en las que el gobierno gastó más de mil millones de pesos con la fallida promesa de que en seis meses resolvería la inseguridad.

III

Al otro día, domingo, Día del Señor, mientras el cuerpo de “H” era velado por su familia, sus compañeros llevaron una veladora con una oración a la Virgen de Guadalupe que colocaron en el piso blancuzco y grisáceo. “Madre Santísima de Guadalupe, condúcenos a Jesús”, se leía en la oración de la lámpara votiva que fue colocada en el piso de los locales 05 y 06 de Accesorios Guerra.

“Lo vamos a extrañar. H era un buen muchacho, cuidaba a sus hijos, quería a su esposa, era muy trabajador. El mundo es muy cruel. No hay seguridad. El gobierno no hace nada para detener a los delincuentes. No hay justicia. Mínimo los asesinos hubieran dado la cara, no que llegaron por la espalda y así lo mataron”, me dice Janeth, una amiga de “H”, quien llorosa, sentada en una silla sobre el pasillo, contempla el ir y venir de la llama que consume la cera.

“No quiero estar aquí”, me dice. “Ayer me mandó un mensaje y me dijo: Janeth eres una buena amiga, te quiero mucho. Le dije: siempre voy a estar contigo H. Yo creo que ya presentía todo esto. No sé, pero no se merecía morir de esta manera”, me dice, para concluirla la conversación.

 

IV

Janeth no sabe qué hacer. La veo caminar de un lado para otro y de pronto se sale de la plaza. Cuando voy a su alcance, la encuentro de regreso, en la esquina de Clavijero y Altamirano, con un pequeño ramo de flores. La sigo a la distancia y veo cuando la coloca junto a dos veladoras —alguien puso una más— de la Virgen de Guadalupe, en el lugar donde cayó “H”, abatido por una bala 9 milímetros de una Glock 19, de 15 proyectiles.

Ahí, ante ese altar improvisado, Janeth llora por “H”, llora por ella y llora por todos, los integrantes de una sociedad vulnerada y vulnerable, que puede caer ante cualquier mano asesina sin que ninguna autoridad haga algo. En la Plaza Clavijero, la muerte ronda desde el asesinato del líder Fidel Guerra Alvarado, en febrero de 2015.

“Sí, yo la sentí, sentí cómo su manto tocó mi cuerpo”, me insiste temerosa doña Carmen, mientras le pide a su hija Eugenia que vaya al Mercado Jáuregui por unas gorditas “Mónica”. —Que sean dos de frijol y una torta de huevo. No olvides ponerle cebolla y chile de cera, le insiste. —¿Usted no quiere algo?, me dice, por cortesía. —No, le agradezco, mientras un escalofrío recorre mi cuerpo cuando me despido de la Plaza Clavijero.


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