De la cantina al altar / Relatos dominicales

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De la cantina al altar

 

Miguel Valera

 

I

Le decíamos Daniel-San, porque estaba de moda el Karate Kid, esa película americana que hicieron famosa Ralph Macchio y Noriyuki “Pat” Morita. Todos queríamos aplicar la técnica de la grulla que le permitió ganar un fenomenal combate a Daniel LaRusso, aunque terminábamos tirados en el pasto, lastimados de piernas y rodillas.

Daniel era muy callado, serio y aplicado. Había nacido en Cancún, pero luego del divorcio de sus padres llegó a vivir al puerto de Veracruz. Buscando el sentido a su vida un día decidió meterse al Seminario Menor “San José”, para convertirse en sacerdote. Lo conocí una tarde del mes de septiembre, mientras a la sombra de un almendro intentaba leer “Las Confesiones”, de San Agustín.

Nos hicimos amigos y compartimos tardes de lecturas, caminatas en el campo de fútbol o entre el majestuoso pinar que rodeaba la casa de estudios. Tirados en el pasto veíamos llegar los aviones al aeropuerto Heriberto Jara Corona y adolescentes como éramos, nos imaginábamos volar a tierras lejanas y por supuesto, a Roma, la ciudad eterna.

 

II

Pasaron los años y salimos del Seminario buscando el rumbo de nuestras vidas. Un día, ya viviendo en Xalapa, me llegó una carta a un Apartado Postal que tenía en el viejo edificio de Correos en la calle de Diego Leño. Era del buen amigo Daniel-San, quien en un sobre muy elegante, lacado, con papelería del Monasterio Benedictino de Nuestra Señora de Los Ángeles, de Cuernavaca, me decía que se había convertido en monje y me invitaba a visitarlo, para tener una experiencia de silencio monacal.

Por esos años, aunque ya no llevaba vida clerical, guardaba el gusto por ciertos autores que me parecían excepcionales y justo había terminado de leer la trilogía denominada “La saga de Citeaux”, compuesta por Tres monjes rebeldes, La familia que alcanzó a Cristo e Incienso quemado, en donde el padre Raymond Murphy contaba de manera magistral la fundación de la Orden de los monjes cistercienses que después pasarían a ser “trapenses” o “monjes blancos”.

La carta de Daniel-San me emocionó y cuando puede ya estaba al pie del Monasterio Benedictino para mi experiencia monacal. La atención de los monjes, del padre espiritual, fue inmejorable. Formado ya en la disciplina de levantarse temprano, de bañarse con agua fría, de la comida frugal y del silencio, viví unos días de gran tranquilidad. A mi gran amigo Daniel-San le dieron permiso de platicar un par de horas conmigo, por las tardes, como atención a mi visita.

 

III

En las muchas horas de conversación que tuve con Daniel-San en esos días, nunca abordó del por qué había dejado el Seminario de Veracruz y había decidido hacerse monje benedictino. Fue hasta que nos despedimos, en la terminal de autobuses de Cuernavaca, que me hizo una confesión que me dejó pasmado.

“Soy homosexual”, me comentó de sopetón, mientras sorbía un café lechero que había pedido antes de abordar el autobús. —¿Crees que pueda yo ser sacerdote o monje, siendo homosexual?, me lanzó bote pronto. Yo estaba absorto, pero tranquilo, relajado, ante tal confesión. Le contesté que sí, que no había impedimento entre ser homosexual y sacerdote, porque el reto para un heterosexual era el mismo: la práctica del celibato; es decir, la ausencia de encuentros sexuales.

—¿Crees que puedas?, le pregunté. Me dijo que sí, que incluso su padre espiritual ya sabía del asunto y lo había puesto a hacer trabajo pesado, de campo, para que “corrigiera su conducta”. Daniel-San tenía mucho tiempo guardando esa confesión para mí. Nunca me había parecido que fuera homosexual y nunca me hizo alguna insinuación. No lo juzgué, no lo condené. Nos dimos un abrazo fuerte, al momento de despedirnos.

 

IV

Nos perdimos la pista con el paso del tiempo, pero un día un amigo común me contó que Daniel-San dejó el monasterio y siguió su naturaleza. Regresó a Cancún con un viejo compañero de escuela y le declaró su amor. Vivió lo que quería vivir, sin cortapisas, sin dogmas, sin restricciones.

Dejó Cancún y regresó nuevamente al puerto de Veracruz en donde instaló un bar-gay que tuvo mucho éxito por un tiempo. Amigos de la época que lo visitaban bromeaban con él y le decían que debía llamarse “Bar El Monasterio”, en recuerdo de sus años felices entre los benedictinos.

En el 2020, el Año del inicio de la Gran Pandemia del COVID-19, Daniel-San vio cómo el mundo empezó a derrumbarse. Contagiada, su madre falleció sola, en un hospital público. Por disposiciones oficiales, tuvo que cerrar el bar que administraba.

En medio de la tragedia, un amigo, obispo de una nueva iglesia, que acepta entre sus filas a homosexuales y casados, lo invitó para hacerse diácono y sacerdote. Daniel-San no dudó en sumarse a esas filas. Al final, pensó, antes de bajar de manera definitiva la cortina de su bar, que no hay nada más humano que intentar sobrevivir. Hoy, Daniel-San celebra misas en esa nueva iglesia. Para él, seguramente, el celibato es cosa del pasado.


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