Las destinadas, las niñas servidumbre del Totonacapan

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Yamiri Rodríguez Madrid

A los 13 años, Rosa salió de Manantiales, una  comunidad de apenas 500 habitantes en Mecatlán, municipio enclavado en la Sierra Totonaca, destinada a la casa de un hombre que la embarazó en dos ocasiones en los seis años que ahí trabajó. 52 años después recuerda, como si fuera ayer, el miedo que la invadió al llegar a una casa con extraños en Papantla, solo con la muda de ropa que traía puesta, dos faldas, tres blusas, un peine y un jabón de pan, dentro de una pequeña caja de cartón que una vecina le había conseguido.

Su vida cambió en el momento en que abordó con su mamá la camioneta que prestaba el servicio de transporte colectivo y que la llevó de su comunidad a su destino, en Papantla. No solo eran largas jornadas de trabajo a las que fue sometida, pues dice que estaba acostumbrada a la vida de rancho, sino el sobresalto con el que vivía cada vez que se abría la puerta del diminuto cuarto donde dormía.

Su historia es la de miles de niñas a quienes, a lo largo de décadas, sus familias han enviado como “apoyo en casas” de personas con mayores ingresos. A cambio de un techo, comida, un poco de ropa y en el mejor de los casos la posibilidad de estudiar, ayudan en la limpieza de las viviendas y en la atención de las familias, muchas veces sin pago de por medio. Son las destinadas.

 

El viacrucis de Rosa

Rosa es la quinta de siete hijos: 3 mujeres y 4 varones, dos de ellos ya fallecidos. Su madre también murió hace 20 años; su padre sigue viviendo en Manantiales.  Lo visita dos o tres veces al año para llevarle un poco de comida, una camisa nueva y dejarle “sus centavos”. Nunca -reflexiona- le preguntó a su madre por qué la llevó a esa casa; tampoco le interesa, dice, saber su respuesta: “ya para qué, si han pasado tantos y tantos años”.  Cuenta que su hermana mayor, Felipa, salió de la casa mucho antes que ella, para irse al Distrito Federal con la madrina de una señora de otro pueblo.

“A ella le fue muy bien.  Estudió hasta la secundaria, luego estudió Corte y dejó de trabajar en casas para dedicarse a coser. Allá conoció a un hombre y tuvo sus hijos. Jamás regresó a vivir al pueblo y, desde entonces, la hemos visto solo en contadas ocasiones”, comenta..

Sentada de frente a la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, platica en entrevista para Hora Cero cómo era su día a día en casa de ese hombre que la marcó para toda su vida: “Cuando yo llegué y lo vi por primera vez pensé que era muy viejo; tenía cuatro hijos y recién había quedado viudo; la mujer se le murió cuando parió al más chiquito, por eso le urgía una chamaca que le ayudará a criar a los niños”.

Según lo narra, todos los días se levantaba cuando todavía estaba oscuro para preparar el desayuno del hombre que salía muy temprano a cuidar a su ganado y su maíz.

Sus labores diarias, a sus 13 años, eran tener el desayuno del patrón, el almuerzo que se llevaría -unos huevos duros y unas enchiladas de tomate, por lo general-. ayudar a los niños más grandes a prepararse para ir a la escuela; de ahí todos los días iba a hacer el mandado y regresaba a preparar la comida, limpiar la casa, lavar la ropa a mano, dar de comer, volver a limpiar, dar de cenar, hasta que volvía a caer la noche. De cuidar al más pequeño se encargaba la abuela, que ahí estaba durante el día.

“Para mí, cocinar era escapar de la realidad. Era mi entretenimiento. Mi cuarto no tenía nada, más que un catre de tijera y un cajón donde ponía mis pocas cosas. Terminaba rendida, hasta que una noche, como después de medio año de estar ahí, el señor entró en mi cuarto y mi vida fue otras por completo”, confiesa. La expresión de su cara cambia.

Las visitas, como ella las llama, se volvieron más frecuentes, sobre todo cuando él llegaba con copas de más. Sus salidas de la casa eran solo para ir al mercado. “Los domingos, cada quince días, me dejaba salir solo un par de horas a la plaza a tomar el fresco, pues me decía que qué cuentas iba a entregar a mis papás si una chamaca de mi edad andaba sola en la calle”. Sus padres rara vez la visitaron cuando vivió en esa casa por el costo que representaba, pues en ese entonces eran más de 2 horas de camino, pese a que son menos de 80 kilómetros de distancia. En dos ocasiones la embarazó.  La primera, me llevó con una anciana que me dio un té amargo; la segunda vez, ella misma se preparó la infusión. No sabe a ciencia cierta si sus padres recibían dinero por el trabajo que ella hizo durante todo ese tiempo.

¨Uno no les pedía cuentas a los padres, ni tampoco al patrón. Yo era una muchacha callada, pues mi mamá, en el trayecto de Mecatlán a Papantla, me dijo que solo hablara cuando se me preguntara y me dedicara a trabajar pues ahí estaría mejor. Así lo hice durante 12 años, hasta que un día me armé de valor y, enamorada, me fui de esa casa”, detalla mientras rememora que el patrón le compraba unas cuantas mudas de ropa al año pues, al estar en desarrollo, la ropa ya no le quedaba.  Las tres comidas, para ella, nunca faltaron; jamás se quedó con hambre, pero aunque le hubiese gustado estudiar la primaria, por lo menos, no había tiempo para eso.

Un día, en su ir y venir al mercado, cruzó miradas con un joven moreno aprendiz de carpintero. Tras varias semanas, el muchacho se atrevió a hablarle y así inició una relación que lleva ya 48 años, cuatro hijos y nueve nietos. Dos años le tomó armarse de valor para dejar atrás el infierno que vivió en la casa del viudo.

 

Pobreza, factor condicionante.

Quince municipios veracruzanos conforman la región del Totonacapan.  De Coxquihui, Papantla, Filomeno Mata, Espinal, Coyutla, Zozocolco de Hidalgo y Mecatlán, salen principalmente estas menores para ocuparse en tareas domésticas a cambio de techo, comida y un poco de ropa.

Estos municipios tienen un punto de coincidencia: su población es mayoritariamente indígena y tiene altos grados de marginación. Papantla, el centro neurálgico de la sierra, tiene 335 localidades rurales en las que viven casi 58 mil indígenas totonacos de los poco más de 159 mil habitantes que tiene esta demarcación.

Los Cuadernillos Municipales 2021 del Centro de Información Estadística y Geográfica del Estado de Veracruz (CEIEG), indican que 62.9 por ciento de la población local de este Pueblo Mágico vive en condiciones de pobreza; 17.2 por ciento de este universo está en condiciones paupérrimas, por lo que el grado de marginación es alto: este es el municipio número 623 entre los más pobres del país.

Pero en Mecatlán, de donde es originaria Rosa, el grado de marginación es considerado por el CEIEG como muy alto; de los 212 municipios veracruzanos, este se ubica como el 13 más pobre y el 149 en todo el país. 28 por ciento de su población es analfabeta y 61.5 por ciento no tiene la primaria completa, como el caso de esta mujer.

92.8% de quienes habitan en Mecatlán gana menos de dos salarios mínimos, por lo que 64.3 por ciento está en pobreza extrema y 95.2 en pobreza en general.

 

El color de la tierra en la piel

Bonifacio Castillo Cruz es diputado local electo por el distrito de Papantla. Ha sido diputado federal, alcalde y presidente de la Organización de Comunidades Indígenas de la Costa de Papantla. Sobre las destinadas, señala que este fenómeno social obedece a una urgente necesidad entre la gente de las comunidades indígenas de la región: salir de la pobreza y dejar de ser indígenas.

“El querer abandonar esa situación, ese lugar a ser indígena, incluso lo económico los lleva a dejar su vestido, su lengua, sus costumbres, pues la discriminación es muy marcada. Ser pobre es sinónimo del otro México, eso es lo que nos pasa y nosotros, siempre estirando la mano para que nos den, hemos apostado más por la lástima que por causar interés”, expuso.

Desde su punto de vista, históricamente se ha estigmatizado a los pueblos originarios, cuya población no tiene la posibilidad de crecer, de dejar de ser “ciudadanos de segunda, de ser siempre los últimos, simplemente por tener el color de la tierra, por ser indígenas”; de ahí que muchas familias busquen “padrinos” para sus hijas en las ciudades.

El líder social consideró que casos como el de las destinadas son criticados en voz baja, pero nadie los denuncia, por lo que dijo “hace falta hacer un trabajo de concientización con los habitantes de las comunidades”.

“Siempre el indígena busca la salida con urgencia. Si alguien le acepta ser padrino de sus hijos, pero principalmente de sus hijas, porque en ellas encuentran a una mujer a quien le pueden confiar la residencia, las tareas del aseo y lo hacen bien, porque son confiables, de ahí es donde surgen las Marías que normalmente conocemos”, detalló.

 

Trata infantil en números

Rosa ríe nerviosamente cuando se le pregunta si sabe lo que es la trata de personas. Después de unos segundos, moviendo la cabeza dice que no.   La más reciente Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI), publicada en 2019 por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), reveló que Veracruz es uno de los 10 estados en el país donde hay un mayor número de menores, entre 5 y 14 años, que trabajan: 13.1 por ciento; por encima de la media nacional que es de 11.5 por ciento.

Es también la décima entidad con mayor proporción de niñas y niños trabajando en ocupaciones no permitidas con 8.1 por ciento; un punto más de la media nacional.  Lo anterior incluye la ocupación como trabajadores de apoyo en actividades agrícolas, ganaderas, forestales, caza y pesca; en la minería, construcción e industria, vendedores ambulantes y como trabajadores domésticos, de limpieza y planchadores.

Cuando Rosa se hijo cargo de menores, que no eran los suyos y a los que les llevaba solo 4, 6, 7 y 13 años, era también una niña, aun así hacía tareas que no eran propias de su hogar y fue abusada.

El INEGI reconoce un aumento en los últimos años de menores trabajando en labores domésticas, al pasar de 5 por ciento en 2017 a 5.4 en 2019. Aunado a lo anterior, la misma medición oficial revela que 5.8 de los menores veracruzanos realizan quehaceres domésticos en los propios hogares, que se llevan a cabo en condiciones peligrosas como horarios prolongados, en medios insalubres y en lugares peligrosos. Una vez más el estado aparece por arriba de la media nacional que es de 5.3 por ciento.

En las comunidades indígenas más pobres, la costumbre de enviar a sus hijas como destinadas aún persiste en la actualidad.

La Secretaría del Trabajo, Previsión Social y Productividad (STPSyP) solo tiene una escueta campaña contra el trabajo infantil.  Aunque muchos días antes a la entrada del huracán Grace al estado, se buscó una entrevista con la titular de esta área de gobierno, Diana Estela Aróstegui Carballo, sobre Las Destinadas, su área de prensa finalmente dijo que estaba enfocada en las acciones de remediación y no podía hablar del tema. Tampoco ninguna otra área de la Secretaría.

Explotación laboral, tolerada: CEIGDH

La directora del Centro de Estudios para la Igualdad de Género y Derechos Humanos (CEIGDH), del Congreso Local, Mónica Mendoza Madrigal, expuso que la trata de mujeres indígenas en Veracruz, lamentablemente, es mucho más común de lo que se piensa y que durante la pandemia del Covid19 se ha incrementado.

Apuntó que sus propios familiares son, en la mayoría de los casos, quienes las venden para trabajar o para fines sexuales; y cada día se presentan más casos de jovencitas usadas como vientres de alquiler.

“En la mayoría de los casos, quienes reciben el recurso son el padre, la madre o hermanos, razón por la que este tipo de casos son poco denunciados.  Además, son prácticas socialmente aceptadas; es un tema cultural en las comunidades, por eso existe la venta tolerada de niñas y jóvenes; es aceptada”, detalló.

La experta en temas de género agregó que las comunidades indígenas son un grupo poblacional que no está en el centro de la opinión pública, de ahí que la trata de personas no se vea como un delito en las comunidades; incluso, se disculpan estas prácticas culturales, como el matrimonio entre menores y adultos o el lenocinio.

Mendoza Madrigal reveló que en febrero pasado participó con el Consejo Estatal de Población (COESPO) en una reunión de revisión de los derechos sexuales de los menores y reconoció que si bien se tienen datos sobre el embarazo adolescente, matrimonios concertados y mutilación genital -que para el caso de México y Veracruz es la episiotomía, o ampliación del orificio vaginal para facilitar el parto-, no hay datos específicos sobre el caso de las destinadas.

“El gran problema es que por la pobreza y marginación en que viven las comunidades afrodescendientes e indígenas, las hijas representan una carga económica para las familias. A diferencia del hijo, que en la cosmovisión hispánica es productivo, a las hijas no las quieren mantener.  Al enviarlas a una casa a trabajar, al casarlas o venderlas, dejan de ser su responsabilidad, sin indagar si es el patrón quien la explota laboral, física o sexualmente, como vientres de alquiler. No hay una dimensión clara de la naturaleza del problema por la triple invisibilidad que sufren estas niñas y jóvenes:  ser indígenas, pobres y mujeres”, lamentó. Rosa, según lo narra, trabajó de sol a sol y fue violentada sexualmente. Jamás denunció.

 

Trabajadoras del hogar y deuda social

La ex diputada federal Anilú Ingram Vallines fue una de las impulsoras de la reforma a la Ley Federal del Trabajo y a la Ley del Seguro Social en materia de las personas trabajadoras del hogar, la cual fue aprobada por unanimidad en abril de 2019 en supuesto beneficio de 2.4 millones de trabajadoras.

“El no contar con seguridad social implica un impedimento para el acceso a derechos como el seguro médico, licencia de maternidad, guarderías para sus hijos e hijas, pago de incapacidades, pensión y ahorro, se encuentran en una situación de precariedad laboral”, indicó la también ex delegada federal de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

datos de la Encuesta Nacional sobre Discriminación arrojaron que 36% de las trabajadoras del hogar comenzó a trabajar siendo menor de edad; una de cada cinco, como Rosa, lo hizo entre los 10 y los 15 años, edades en que de acuerdo con nuestra Carta Magna el trabajo es ilegal.

96% de las trabajadoras del hogar no contaba con un contrato escrito que especificara sus actividades, y solo una de cada 10 trabajadoras del hogar cuenta con alguna prestación laboral, aguinaldo, vacaciones o seguro médico; cuatro de cada cinco se emplean en el trabajo doméstico por razones de necesidad económica y por factores asociados a la marginación y la pobreza, como escaso logro educativo y falta de oportunidades, tal y como les pasó a Rosa y a su hermana Felipa.

A la par, consideró que es necesario continuar trabajando en dignificar el trabajo doméstico. A nivel local, en Veracruz es necesario implementar el Convenio 190 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y llevar a cabo las reformas de ley pendientes.

Cuando Rosa dejó la casa del viudo e inició su propia familia, continuó trabajando, vendiendo hierbas y verduras en las inmediaciones del parque Benito Juárez y, cuando la paga es buena, trabajando en casas, sobre todo como cocinera, “pero de entrada por salida”. Actualmente a eso se dedica, a cocinar: los tradicionales púlacles, enchiladas de pipián, mole con cerdo, bollitos de anís, entre otras delicias culinarias de la región, en un pequeño restaurante de la cabecera.

“Dios me mandó a mí puro hijo varón, pero si hubiese tenido una hija no la habría mandado a ningún lado, siempre se les pone más agua a los frijoles”, afirma con un tono melancólico, mientras alista sus cosas ya para irse a trabajar al restaurante.

A través de sus asesores y áreas de prensa, el 19 de agosto se les enviaron a los diputados federal de Papantla, Jaime Humberto Pérez Pardave y a los locales Henri Christophe Gómez Sánchez y Deisy Juan Antonio, de las comisiones de Asuntos Indígenas y Derechos Humanos, respectivamente, un cuestionario para conocer su punto de vista sobre esta problemática y qué acciones estaban emprendiendo, pero después de varios intentos, el legislador de Morena dijo estaba atendiendo la emergencia del huracán y, de los otros dos representantes populares, simplemente ya no hubo una respuesta. Mientras, aunque se trata de un problema añejo, la trata infantil sigue siendo invisible en Veracruz.

**El presente reportaje es una mentoría de la Fundación Thomson Reuters, luego de haber participado la reportera en su curso en línea ‘Como cubrir la trata de personas y la esclavitud moderna”. Agradecemos el apoyo brindado por la Fundación para su realización.**

 


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