John Doe en Manhattan / Relatos dominicales

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Miguel Valera

Salió de su casa una mañana soleada. Era 11 de septiembre. Aunque estuvo tentado, no sucumbió a la tentación de la esposa de Loth, de mirar hacia atrás. Sabía que si lo hacía, lloraría y sus lágrimas lo inmovilizarían, convirtiéndolo en estatua de sal, quebrando su voluntad para seguir adelante.

Caminó erguido, en la carretera, bañada ya por ese vapor alucinante que te permite ver más lejos y como en cámara lenta, las cosas, los vehículos y las personas, en el horizonte. Sabía que no regresaría nunca, que ahí se quedaba su infancia, sus padres y toda su familia. Por su cabeza pasaron escenas de Cinema Paradiso.

Tenía 14 años y llevaba, en su mochila al hombro, una profunda soledad y un deseo imperioso de viajar, de recorrer el mundo, de saber, de leer y sobre todo de volar. Ese era su sueño más recurrente, volar, trasladarse de un lado a otro por las corrientes de aire que le daban vida a su cuerpo, a su imaginación y a su espíritu.

 

II

Por ello, cuando en el asiento 11 E, del vuelo 402 del Delta Air Lines, se dejaron sentir turbulencias, su vida pasó por la memoria, como en un flash back en cámara rápida. Se tranquilizó porque vio a la azafata que seguía sirviendo comida kosher, sodas, café y scotch en las rocas.

Salir del país antes de los 30 había sido un reto. Creía que su primer viaje al extranjero iba a ser Roma, Italia, porque con esa idea lo había emocionado el padre Zeferino Páramo Magaña, cuando a los 18 años lo presentó ante el obispo José Guadalupe Padilla y Lozano, como uno de los alumnos más aventajado del aula clerical.

Pero en ese momento no pensó en ello, sólo pensó en las turbulencias y en un desenlace fatal. En el asiento de atrás una señora tuvo un ataque de pánico y eso puso nervioso a todos. En general la gente volaba feliz hacia la Gran Manzana, hacia la Babel de Acero, en busca de la tierra prometida, de la felicidad americana, para descansar, para hacer negocios, para trabajar, para seguir viviendo.

El capitán de la nave intentó tranquilizarlos. Habíamos salido a las 9.15 de la ciudad de México y llegarían poco después de las 13.30 al aeropuerto internacional John F. Kennedy, de Nueva York. Volaban ya sobre el norte de Florida, en tierra americana y ante las turbulencias el capitán puso en las bocinas comunes el Concierto de Brandenburgo, de Bach, que más o menos tranquilizó a los pasajeros.

El joven veracruzano sabía que viajar era su destino. Sabía que era ya un migrante, un viajero, un creyente de la posibilidad, un buscador de rostros y sentidos. Las notas de Bach los tranquilizaron y a las 13.43 horas de México, 14.35 de Nueva York, el vuelo 402 estaba tocando tierra en el John F. Kennedy.

 

III

Sabía que en esta ciudad encontraría, en la prosperidad, su destino. Ya un amigo le había dicho que en Nueva York el dinero se encontraba tirado en la calle y por ello no le sorprendió cuando vio, justo en el suelo, un billete de 5 dólares. No lo recogió, porque su amigo le había dicho que se podría encontrar de 50 o 100 dólares. ¡Cómo se vería recogiendo uno de 5, pensarían que era recién llegado!

En sus primeras semanas, entre Brooklyn y Manhattan, el joven viajero entró en una profunda depresión, pero pronto, con el trabajo y la amistad de los paisanos, logró salir adelante. Sufrió el bullying o acoso de los propios paisanos, poblanos en su gran mayoría. Lloró en la soledad de la barraca que tenía por cuarto, en un viejo edificio de la calle 52. Por eso prefirió un tanto la soledad a participar en las ruidosas reuniones de los latinos agremiados.

El 11 de septiembre de 2001 se despertó casi de madrugada para trabajar el turno matutino en la Torre Norte del World Trade Center de esta ciudad. Admiraba desde estos pináculos de acero y asbesto, la grandeza del ser humana, recordándole la Babel bíblica.

 

IV

Ese día llegó de buen ánimo. Dejó sus pertenencias y su gafete, en una mesita, para pasar al baño cuando sintió un fuerte temblor. Se levantó de prisa, para ver colapsar la Torre Sur en tan solo 9 segundos. Aún pudo ver, por los cristales que iba a empezar a limpiar, a personas cayendo de la Torre Norte en donde se encontraba.

Intentó recoger sus pertenencias, pero ya estaban entre los fierros retorcidos del edificio que empezó a colapsar. Trató de llamar por teléfono y ya no pudo. El elevador, colapsado, las escaleras en llamas. Todo era humo y gritos. Antes de perder el conocimiento y morir aplastado, Jacinto Rojas Utrera se acordó de sus padres, a quienes mes con mes les enviaba esos billetes verdes del sueño americano; se hincó y rezó las oraciones que sus viejos le habían enseñado.

Con el paso de los días encontrarnos su cuerpo, irreconocible, carcomido por el fuego. De las 2 mil 977 personas que murieron ese día en las Torres Gemelas, solo 291 cadáveres fueron recuperados intactos. Al resto, como al de Jacinto Rojas Utrera, sólo le pusieron en la caja que mandaron a la fosa común, un letrero con la frase “John Doe”, utilizada por los gringos para referirse a una persona desconocida. Los padres de Jacinto Rojas Utrera aún lo recuerdan, aún lo lloran y la madre sobre todo, espera que algún día entre, como el sol de la tarde, por la puerta de su casa.


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