La vida no vale nada / Relatos dominicales

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La vida no vale nada

 

Miguel Valera

Salió de su pueblo desde muy joven. Soñaba con ser alguien. Lo decidió un viernes por la tarde, luego de una jornada extenuante de más de 12 horas, con azadón en mano y la espalda destrozada. Con el ocaso de ese día, en “El Morro”, el bar del pueblo, se dio cuenta que el sueldo de una semana, unas 60 horas de trabajo con el sol siguiéndole en la nuca, le alcanzaba apenas para unas caguamas y unas botanas de cueritos de cerdo con chiles en vinagre.

Antes de huir de este pueblo, JD —como le decían sus amigos— buscó a Charito y le dijo al oído, quedito, con voz de enamorado, que se casaría con ella. Trémula, Charito le creyó y luego de la puesta del sol, con el crepúsculo, le entregó la flor de su doncellez. Al amanecer, sonriente, satisfecho, el joven tomó camino y como Lot, al salir de Sodoma y Gomorra, no volteó hacia atrás, por temor a convertirse en estatua de sal.

Luego de un par de horas de camino, el rasgueo de una guitarra lo despertó. “No vale nada la vida, la vida no vale nada. Comienza siempre llorando y así llorando se acaba; por eso es que, en este mundo, la vida no vale nada”, cantaba el juglar pueblerino, sacando de la cítara los acordes de Mi mayor y Sí séptima de la canción de José Alfredo Jiménez que tan famosa hiciera Pedro Infante.

 

II

Cuando llegó a la capital, JD se encontró con otra triste realidad: los trabajos mal pagados. —No joven, aquí sólo contrataos con preparatoria terminada. —No, hoy no joven. —Por ahora no tenemos vacante, pero cualquier cosa le llamamos. —Sí tenemos vacantes; el pago es de 80 pesos diarios, de 6 de la mañana a 6 de la tarde, le decían. Ante la urgencia de sobrevivir, se enroló en uno de esos trabajos y por las noches, agotado, como el hijo pródigo bíblico, añoraba las viandas de la casa paterna cuando sólo podía comer las bellotas de los cerdos.

Fue en viernes también, al meterse a un bar de la avenida Venustiano Carranza cuando conoció a “Juanjo”, un chavo de barrio que jalaba una nave de primera generación, de lujo. De pronto cruzaron sus miradas y se conectaron. Juanjo le ofreció una cerveza que JD aceptó sin chistar. Se hicieron amigos, le siguieron a la fiesta y terminaron comiendo hamburguesas en la avenida Murillo Vidal, de esas que tienen chile del que pica, que hasta la peda te baja, solía decir, al referir el día que todo cambió en su vida.

—En este negocio hay mucho varo, le dijo, pero si la cagas te lleva la chingada, le soltó Juanjo, cuando le preguntó si quería entrarle. —Hay que enrolarse con los chavos, hay que ofrecerles experiencias nuevas, hay que venderles “producto”, hacerse sus amigos, convencerlos, llevarlos a nuevos mundos. Te tienes que poner bien trucha, le dijo, al enrolarlo.

III

De la noche a la mañana su vida se transformó. Con camioneta nueva, novias aquí y allá, viajes a la capital del país, JD recordaba como algo muy lejano el día que llegó con una chamarra vieja al hombro, escuchando la canción de José Alfredo, taladrándole en la existencia que la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba. Su pueblo y su novia eran cosas del pasado.

Hechizado por el canto de las sirenas del dinero fácil, JD se sintió de pronto empoderado; olvidó que su trabajo y posición eran sólo una parte minúscula de una cadena de mando mayor. Tocado por la soberbia, ebrio de poder, empezó a cruzar los límites del delicado negocio al que había sido invitado por “Juanjo”, un compañero que de pronto desapareció de la faz de la tierra.

No fue consciente, no supo cuándo cruzó el límite de esa línea invisible de la lealtad entre los grupos delincuenciales. Un día lo detuvieron, lo encerraron, le pusieron dos balas en la cabeza, lo envolvieron en una cobija y lo dejaron tirado en un basurero de una de las colonias cercanas al centro de la ciudad. —Ya estaba bueno con este cabrón, dijo el matón cuando aventó el cuerpo desde la batea de una camioneta.

 

IV

El día que un transeúnte descubrió al encobijado, decenas de policías cercaron la zona. Llegaron agentes ministeriales, los curiosos se arremolinaron, los chicos de la prensa hicieron transmisiones en vivo y así, como el polvo del camino cuando pasa un carro, a las pocas horas todo se asentó, la basura siguió en ese lugar, como parte de la escenografía urbana y nadie se preguntó de quién sería el cuerpo ejecutado encontrado en la basura.

—Uno más, dijo Chonita, acostumbrada a escuchar en la radio los noticieros matutinos. —Ya esto no es novedad, añadió don Celestino, el tendero de la esquina. —Oiga usted, mire lo que sigue pasando, comentó doña Jovita en la tortillería. Una anécdota más, una escena de terror más, que pasaría, con la resolana de la tarde.

Los jóvenes del gimnasio, en esa tarde de viernes, como las que le gustaban a JD, pusieron esa vieja canción de Pablo Milanés, que dice que la vida no vale nada. Ya no era José Alfredo ni Pedro Infante, era el artista cubano, que en las calles de esta ciudad recordaba desde la bocina del gimnasio que “la vida no vale nada cuando otros se están matando y yo sigo aquí cantando, cual si no pasara nada. La vida no vale nada si escucho un grito mortal y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga. La vida no vale nada si ignoro que el asesino cogió por otro camino y prepara otra celada”.


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