Ella le dio la vida, él se la quitó / Relatos dominicales

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Miguel Valera

 

—La verdad, señor, que le he pensado mucho. Un día me prometí no contar nada de esta historia, ¿pero sabe qué? Es algo que me come por dentro, como un cerillo, como una vela que llevo en el pecho. Hay días que no puedo dormir. Eso me quema en la cabeza, en el corazón. Por eso decidí contárselo, porque si no saco esta lumbre o voy a terminar loco o muerto, como esa pobre mujer que quedó con los ojos abiertos en su cama, pensando quizá que aún estaba viva.

 

Aunque usted sabe los detalles y los nombres reales de las personas, le pido que no los ponga. Se lo pido de favor, usted me entiende. ¿Del lugar? Tampoco lo ponga, por favor. Si quiere, utilice la frase de ese famoso señor que escribió “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”. Sí, sí, así póngale, porque créame que yo he rogado a Dios que me saque esto de la cabeza, que ya no me acuerde cuándo, dónde y cómo pasó.

 

En las noches, sí, en las noches, de pronto me despierto con temblores y siento que me está mirando, sentada en mi cama, preguntándome por qué no hice nada, por qué no la ayudé, por qué no me di cuenta que intentaban matarla, por qué no traje rápido a un médico, por qué no permití que le hicieran la autopsia, por qué me he callado tanto tiempo. Sí, sí, si me pregunta por qué estoy hablando ahora le voy a decir, señor, que es porque ya no aguanto esos sueños ni estas voces en mi cabeza.

 

II

Fue una mañana fría de otoño. Las hojas empezaban a caer de los árboles y el aire helado recorría las calles de la ciudad. Aunque tengo muchos años en la montaña, a quienes somos de tierra caliente nos cuesta acostumbrarnos a este clima. El frío nos llega hasta los huesos y no sabes si taparte con una cobija de San Marcos o de a tiro empujarte medio litro de caña de Mahuxtlán.

 

El último que entró a ese cuarto, antes de que la encontráramos muerta, fue su hijo Antonio. Yo lo vi cuando salió, quitándose unos guantes azules de esos que usan los médicos en los quirófanos. ¿Por qué trae guantes?, me pregunté. Se los metió a las bolsas del pantalón rápidamente y más tarde, cuando yo entré al cuarto ella ya estaba muerta. Tenía los ojos abiertos, de sorpresa, de incredulidad, porque jamás se imaginó que su propio hijo le quitaría la vida.

 

—¿Que porqué afirmo esto? Porque así lo escuché luego y esas conversaciones me confirmaron que fue su propio hijo el asesino. ¿Por qué? ¿Cuál era la razón? ¿Qué motivó a su propia sangre a atentar contra la mujer que le dio la vida? Las razones estaban a la vista, el dinero y el patrimonio, pero las razones de fondo son aún incomprensibles para mí, de verdad y no es que quiera hacerle al filósofo, pero me he pasado muchas noches en vela tratando de descifrar este misterio.

 

III

Sólo de recordar todo esto se me enchina la piel. Yo entiendo que Caín matara a Abel, porque la rivalidad entre hermanos es casi siempre normal, pero ¿un hijo que atenta contra su madre? Esa sí me la ponen difícil. ¿Usted se imagina el sufrimiento de una madre al nacer su hijo y luego, la dedicación y los cuidados que tiene que prodigarle? ¿Y cuando los hijos se van porque tienen que seguir su camino? Siempre que pienso en esto recuerdo a María, la madre de Jesús al ver a su hijo humillado, golpeado y crucificado. Por eso un evangelista escribió que a María una espada le atravesó el corazón, porque eso es lo que siente una madre.

 

Pues este hombre y discúlpeme que me repita, llevaba hielo en vez de sangre en las venas. Aquí la expresión “no tuvo madre” se aplica ad hoc y disculpe que diga esa palabra latina, pero la aprendí de las clases de etimología que en la preparatoria me daba un padre de Perote, que se llamaba Manuel Vázquez Montero. Pues sí, le digo, el corazón del ser humano es muy complejo, es como un laberinto, enredado e incomprensible.

 

Y todo esto sucedió por dinero. En el pueblo no era una novedad que él ya administraba todo. La señora era millonaria pero poco a poco sus cuentas bancarias fueron mermando. Aunque en el testamento aparentemente el hijo era el heredero mayoritario no se conformó y tomó esa decisión porque quiso quitarles todo a las hermanas. Dicen que un señor regordete, que solía pasar a cenar y a emborracharse con él en un restaurante del pueblo, le aconsejó para que se quedara con todo. Yo no sé si eso fue verdad, pero sí le puedo decir que alguien le envenenó la sangre, inyectándole la codicia y el miedo de que sus hermanas podrían quitarle todo.

 

IV

Le repito, señor, no escriba mi nombre ni las referencias del lugar, porque esto ocurrió apenitas y si un hijo se atreve a quitarle la vida a su propia madre, ¿qué no podría hacer con una persona como yo que he sido sirviente toda mi vida? Pero ¿por qué le cuento esto? Porque quiero acallar las voces que no me dejan dormir.

 

Yo, la verdad, no imagino a mi hijo lanzándose sobre mí con un cuchillo o tendiéndome una trampa. Sé que no siempre he sido el mejor padre, pero nunca he puesto una serpiente en la mesa de mis hijos. Uno quiere lo mejor para los hijos, aunque uno sabe que el mundo los puede hacer malos. Pero mire, ya apague usted esa grabadora y mejor sírvase otro mahuixteco. Es buena esta caña. Quema la garganta, pero a mí me refresca el alma, sobre todo después de media botella.


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