Milagro en un ADO / Relatos dominicales

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Miguel Valera

Cuando los médicos le dijeron en la Ciudad de México que una cirugía podía solucionar la enfermedad de su esposa, René no lo pensó dos veces, regresó a Xalapa de inmediato para hacer los arreglos económicos que le permitieran enfrentar la emergencia. El dinero, pensó, era para resolver problemas. El frío de esos días calaba hasta los huesos. El aire gélido, seco, de la capital, contrastaba con la humedad de la ciudad de la eterna primavera, como le llamó el viajero alemán Alexander von Humboldt.

Aquí, allá y acullá, René consiguió el dinero que necesitaba y se montó en la unidad 777 de la línea Autobuses de Oriente, que salían de Xalapa, con destino a la Ciudad de México. En su chamarra, del lado del corazón, llevaba bien protegido el dinero que tendría que entregar en el hospital para que los médicos procedieran con la cirugía urgente para su esposa.

Joven aún, lleno de vitalidad y fuerzas, el hombre tenía bien calculado todo lo que tenía que hacer. Había actuado rápido y confiaba que, con la intervención médica, muy pronto tendría a su esposa en casa, sana y salva. Aún les quedaba mucho camino que recorrer, seguir trabajando, sacar a los hijos adelante. Como había pocos pasajeros y el camión solo hacía una escala en Perote, René se acomodó casi al fondo del camión y se quedó dormido. Los vendedores de tortas de esquite, únicas en Perote, lo despertaron, pero cuando el camión tomó nuevamente la pista, siguió durmiendo, acurrucado, en su asiento.

 

II 

Antes de llegar a una caseta del estado de Puebla, René se despertó cuando sintió que el camión se detenía abruptamente. ¿Qué pasaría?, pensó somnoliento y en el acto vio cómo dos hombres encapuchados encañonaban al conductor del ADO. Uno le pidió las llaves a gritos y el otro le pegó un cachazo en la frente que lo dejó inconsciente. —¡Que nadie se mueve!, gritó el encapuchado más corpulento. —¡No queremos valientes ni héroes, porque los quebramos!, añadió.

Y así, rápidamente, empezó a quitar las pertenencias a los pasajeros. —Rápido, ponga aquí su cartera, su reloj, su cadena, todo, rapidito papá, rapidito, no se haga pendejo, vociferaba, mientras su compañero los encañonaba desde el frente. Desde su asiento, René actuó rápido, sacó el paquete con el dinero para la operación de su esposa y lo tiró debajo del asiento delantero.

Mientras el ladrón avanzaba, rápidamente, asiento por asiento, empezó a rezar una oración poderosísima que la familia de su esposa le había enseñado en Campeche y que ya en otras ocasiones había demostrado efectividad: “Oh Jesús sacramentado, enemigos veo venir, la sangre de tu costado, de ellos me has de cubrir”. Viendo avanzar al ladrón, en silencio, cerrando los ojos levemente, René repitió: “Oh Jesús sacramentado, enemigos veo venir, la sangre de tu costado, de ellos me has de cubrir”.

 

III 

Cuando llegó al asiento de junto, el ladrón pidió las pertenencias al joven que ahí se encontraba. Ya René estaba listo para darle su cartera y su reloj, pero el ladrón ni lo volteó a ver. “¡Que nadie salga o nos lo quebramos!”, gritó el ladrón cuando llegó a los primeros asientos. René repitió la oración “Oh Jesús sacramentado, enemigos veo venir, la sangre de tu costado, de ellos me has de cubrir” y respiró profundo. Estaba seguro que Dios lo había protegido.

Cuando llegó la policía empezó un largo interrogatorio. Con el frío de 12 grados los trasladaron a un centro policial y ahí uno por uno les fueron preguntando sus datos generales y las pertenencias que les habían robado. Cuando llegaron a René, él les dijo la verdad: nada, no me robaron nada. —¿Cómo?, cuestionó el policía. ¡Ni tu reloj ni tu cartera! ¿No te quitaron nada? —Llévelo aparte, al otro interrogatorio, ordenó.

René no tuvo miedo. Si creían que estaba involucrado con los ladrones se equivocaban. En su trabajo, en su vida personal y profesional estaba completamente limpia. No tenía temor de nada. El viejo policía lo interrogó aparte. ¿Cómo está eso de que no te robaron nada, de que sigues con tu reloj y tu cartera? —Así como se lo estoy diciendo, Comandante, no tengo por qué mentira. —¿Y qué hiciste o por qué crees que pasó eso? Y René le contó que desde el primer momento repitió esta oración que sus suegros le habían enseñado: “Oh Jesús sacramentado, enemigos veo venir, la sangre de tu costado, de ellos me has de cubrir”.

 

IV 

El Comandante no podía creerlo, pero como era también un hombre religioso y creyente, dejó a René solo en el cuarto de interrogatorio y salió a contarles la historia a sus compañeros. A los diez minutos regresó y le dijo: ¡váyase, vaya a ver a su familia!, Dios está con usted.

—¡Viejo, por qué no llegabas, ya los doctores me estaban diciendo que si no llegabas pronto iban a cancelar la operación!, le dijo su esposa al recibirlo. Tranquilo, con calma, le dijo que ya estaba ahí y que haría todos los trámites para la cirugía, que ya le contaría.

La operación duró ocho horas y fue exitosa. Cuando los médicos le informaron, René se fue a descansar, no sin antes repetir “Oh Jesús sacramentado, enemigos veo venir, la sangre de tu costado, de ellos me has de cubrir”. Al otro día, en la cama de recuperación, abrazó a su esposa y le contó. Se abrazaron y lloraron juntos. Hasta la fecha, cada vez que recuerdan esto, suspiran agradecidos.


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