Muerte al atardecer / Relatos dominicales

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Muerte al atardecer 

Miguel Valera

Fue una tarde de abril. Le tenía un cariño especial a ese mes del año, no sólo por las jacarandas que inundaban las calles de la ciudad de México, también por el calorcito que le hacía recordar a su querido puerto de Veracruz, la ciudad donde se enamoró por primera vez, en donde había probado las mejores nieves de guanábana y la mejor crema de langosta, allá muy cerca del corazón de Boca del Río.

Pero las jacarandas, ¡esas sí eran otra onda!, decía a sus amigas, con las que solía tomar café de vez en vez. Durante este mes, cuando los capitalinos corrían como locos a las playas a ella le gustaba hacer un recorrido puntual, del Parque España al Parque México, a la Ciudad Universitaria, al Bosque de Chapultepec, a Lomas de Chapultepec sobre Avenida Reforma.

Algunas veces le decía a Juanjo que la acompañara y otras iba sola, en el metro, en bici ecológica; un día le pagó a un taxista dos horas sólo para que la esperara en una puesta de sol. Se quedaba horas y horas en la Alameda Central, en el Bosque de Tlalpan, en el Paseo de la Reforma, en la Avenida Veracruz en Condesa. Como el viejo principito que nunca se cansaba de contemplar los atardeceres, ella no se cansaba de ver azul violáceo de las jacarandas en flor.

En esos viajes que se volvieron un ritual de las vacaciones del mes de abril y cuando tomaba la ruta para el Centro Histórico, le gustaba pasar a la Lonchería La Rambla, en el número 38 de la calle Motolinía. Siempre se llevaba un torta de pavo y otra de lomo, pero cuando llegaba con tiempo, disfrutaba mucho la taza de consomé. Le gustaba ese lugar porque sentía que ahí se había detenido el tiempo en la metrópoli llena de sambors, McDonald’sy y cafetería con café que no era café.

A Juanjo también le gustaban esas tortas; sobre todo la de bacalo. A ella no, porque cuando vivió en el puerto de Veracruz su abuela Eduviges preparaba en navidad ollas y ollas de bacalo, que terminaron por empacharla. —Mira Juanjo, este atardecer, es único, le dijo, cuando caminaron junto a Palacio Nacional y con la Catedral Metropolitana de fondo, vieron el astro rey ocultarse detrás de la torre Latinoamericana. —Ya vas a empezar, le decía Juanjo un tanto burlón, sabedor de su espíritu romántico. A ella no le importaba, le gustaba caminar por la ciudad, en el río de gente que se hacía en la avenida Madero.

Ese día estaba un poco nostálgica. Mientras se duchaba, la música de Sabina le entristeció el corazón. “Quién me ha robado el mes de abril. Cómo pudo sucederme a mí. Quién me ha robado el mes de abril. Lo guardaba en el cajón, donde guardo el corazón”. En abril le había pasado todo. En una primavera había perdido a su padre, en otra a su madre y en un mes de abril Rodrigo Sotelo Anzures, el gran amor de su vida, la había abandonado. Lo trataba de superar, iba con su vida hacia adelante, pero trataba de combatir la nostalgia con la mirada, emocionándose una y otra vez por los parques floridos y los atardeceres.

Así la vi ese día y me duele mucho que no haya podido hacer nada. Unos hombres se acercaron, nos pidieron nuestras mochilas y ella se negó. El hombre mayor, que parecía drogado, le empujó un cuchillo una y otra vez. Yo me quedé pasmado, sin poder hacer nada. El hombre huyó con las bolsas en las que sólo llevábamos tortas. Ese día lloré como un niño en el hospital, cuando me dijeron que había muerto. Hoy, que le cuento esto a un periodista, las lágrimas inundan mis ojos y me reclamo por el gran cobarde que fui.


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