El adiós al abuelo / Relatos dominicales

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El adiós al abuelo

Miguel Valera

Aunque un viejo sacerdote originario de Paso de Ovejas, el padre Antonio Muñiz Muñiz, —fallecido el 20 de abril de 2017— me lo explicó en una clase de griego, nunca había entendido la palabra “escatología” hasta que vi al abuelo de Jonás, tirado, en su casa de Ecatepec, en el Estado de México, inerte, rígido, muerto en su cama, sobre su propia inmundicia.

El “escatón”, decía mi viejo paisano, significa “último” y aunque en el lenguaje de la teología cristiana tiene que ver con los eventos finales del plan divino para el ser humano, el cielo y el infierno, la palabra refiere el último proceso de la digestión del cuerpo humano, todo lo que tiene que ver con pedos, popó e inmundicia, solía decirnos. La explicación era clara, pero ver al abuelo ahí, tirado, en esa escena, fue para mí la explicación más clara, plástica, concreta y explícita de ese viejo concepto que conocí en mi primera juventud.

Llegamos una noche de viernes a este municipio del Estado de México, que ha sido considerado el número uno en violencia sexual hacia mujeres y que ha encabezado la lista de homicidios en el país. Es difícil caminar por sus calles sin encontrarse una cruz con flores en una esquina o un cartel que padres desesperados pegaron, pensando en Luz María, Fabiola Nayeli, María de la Luz, Luz del Carmen o Selene Gisela, entre otras. Jardines de Morelos ha sido considerada la colonia más peligrosa de este municipio.

Con el corazón estrujado, con el alma en vilo, observando el enrejado de todas las tiendas de la zona, las calles solitarias porque la gente se ha impuesto un sitio de queda, tocamos en la casa del abuelo sin recibir respuesta. Una vecina se asomó y nos dijo que el viejo militar, fuerte como un roble, no había salido de su casa desde hace varios días. Nos identificamos y con su anuencia, rompimos la cerradura para entrar a la casa.

Ahí estaba el viejo, tirado sobre su cama, sobre sus propias inmundicias, en una escena escalofriante, que nos paralizó el corazón a todos. Jonás lloró ligeramente y respiró profundo para tomar la decisión correcta en una zona en donde ministerio público, forenses, peritos, policías judiciales y municipales son aves carroñeras que sólo piensan en lucrar con la muerte. Se llamó a un médico, se levantó el acta de defunción y se buscó la manera de despedir dignamente al abuelo.

Yo salí a la calle a fumar un cigarrillo. Tenía la boca seca, náuseas y el corazón apretado. Mientras viajábamos del centro de la ciudad de México a Ecatepec, luego de comerme una crema de flor de calabaza y un platillo de mole con salmón en Los Girasoles, un restaurante ubicado en Tacuba 7, en la Plaza Tolsá, a un costado del Palacio de Minería y el caballito de Tolsá, en una tarde luminosa, de carcajadas y recuerdos, ahora estaba ahí, en una escena escatológica por todos los ángulos.

Tengo que escribir la historia del abuelo, pensé, un militar que vino a menos por defender su honor y dignidad, luego de que moliera a golpes a un mando mayor que intentó cortejar a su esposa. No es posible, me lamenté, que hubiera terminado así. ¡No es digno!, me dije con coraje, mientras lamía la boquilla de papel arroz de otro “alitas” para llenar mis pulmones de humo de ese legendario cigarrillo, para quitarme el mal sabor de boca de esa noche.


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