La chica sexi / Relatos dominicales

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La chica sexi

 

Miguel Valera

No les voy a mentir. La verdad es que a mí me gustaba. Éramos jóvenes, sin compromisos, la vida nos salía a borbotones por los poros. Yo trabajaba en un periódico de la ciudad y ella en un ciber, cuando todo eso del internet empezaba y esos espacios para navegar en la red eran una novedad. Cada que podía me escapaba a conversar con ella hasta que un día me mandó un mensaje para decirme que se iba a trabajar a una tienda de Coatepec.

Dejé pasar dos semanas y me hice el aparecido, con el pretexto de comprar regalos, aretes de café, collares y pulseras —que aún conservo en la vieja gaveta donde guardo mi diario existencial—. La vi emocionada pero no sé si era por verme o por la venta. Total, la seguí por varias semanas y nunca me atrevía a decirle nada de nada hasta que un día, en otro mensaje, me avisó que se iba a vivir a Cuernavaca.

Pasaron muchos años, ocho, quizá diez, cuando un día se apareció en mi oficina para venderme productos de catálogo. La reconocí de inmediato, el rostro se me iluminó y ese día me contó la intensa historia de su vida: un señor, empresario, adinerado, la enamoró. Con el paso de las semanas se dio cuenta del giro de sus negocios y quizá se acostumbró, por necesidad o por gusto; total, que se quedó con él. Al principio la trataba bien, luego la empezó a celarla y a prohibirle que saliera de un negocio que tenía por la avenida Lázaro Cárdenas. Con los celos llegaron los golpes y las agresiones. Entonces huyó.

“Me fui a vivir a Cuernavaca, ¿te acuerdas que te dije?”, me reveló, mientras yo, embobado, no daba crédito a la historia. Allá, siguió contándome, la vida loca, al máximo, a todo lo que daba, igual desde antros o bares. “No me preocupaba, no le pedía nada a la vida, tenía dinero, joyas, vestidos, ropa, viajes, todo lo que quería lo tenía”, me dijo, claro, sin especificar que, por salir aquí, allá y acullá con hombres de aquí, allá y acullá. —¿Y sabes qué me pasó?, me dijo, mientras veía mi rosto absorto.

—¡Vamos, vamos, cuenta!, le contesté. “Un chico se enamoró de mí”, me contestó. Sí, añadió, era un joven bueno. Empezó a ir y siempre pedía que yo lo atendiera. Así pasaron muchos meses, siguió, mientras ella mantenía el ritmo acelerado de su vida. Pero un día, como el Forres Gump de la película, se detuvo y dijo, ya basta, ya no quiero seguir.

Entonces, añadió, se fue a una iglesia y rezó: le pidió a la virgen de Guadalupe que la sacara de esta vida, que la salvara. Y así, al otro día, se regresó a Xalapa. El chico que la frecuentaba en el bar no paraba de mandarle mensajes, de decirle que la quería ver. Entonces ella se dio cuenta de que estaba embarazada, que tenía un ser vivo en sus entrañas, que era carne de su propia carne. Entendió que era parte del mensaje y se prometió que amaría como nunca a ese pequeño ser que crecía dentro de ella, aunque no tuviera padre. Sin embargo, cuando le contó al joven, éste asumió de inmediato la responsabilidad y le dijo que estaba dispuesto a darle apellido y atención. Hasta el día que me contó, no supe si así fue.

Ese día le compré varios productos del catálogo. Me sonrió, como siempre, coqueta, emocionada y me dio un gran beso en la mejilla, que me estremeció. Se despidió y el tiempo siguió deshojando la vida en horas, días, meses y años hasta que ayer la vi en la Feria de las Flores de Los Lagos. La vi a lo lejos. No me vio. Llevaba a su lado a una jovencita, quizá su hija, la mujer que la sacó de ese episodio azaroso de su juventud.


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