La vainilla

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La vainilla

 

Nazario Romero Díaz

Nos referimos hoy a la parte más vieja de la vieja historia de Martínez de la Torre, cuando aún era parte del Totonacapan, señorío que fue ocupado por los conquistadores españoles.

“Al ocupar el Totonacapan, los españoles encontraron que los indios utilizaban para perfumar sus bebidas de maíz y cacao, unas “vainas” que los totonacos llamaban “xanat” y que también usaban en sus ofrendas de copal y el tabaco que fumaban.

Al advertir los conquistadores los usos del “xanat”, lo probaron y quedaron maravillados del perfume que despedía y bautizaron la vaina con el nombre de “vainilla” como se le conoce hasta la fecha. Ya los aztecas, en su afán expansionista, al llegar a Totonacapan conocieron la aromática orquídea y le pusieron por nombre “tlixochitl”, que quiere decir flor negra.

Los españoles esparcieron la vainilla por el mundo y el cultivo se aclimató en Asia y África, lo cual perjudicó a los cultivadores mexicanos, quienes sufrieron un duro golpe al bajar el precio de la vainilla. También apareció la vainilla sintética que afectó severamente al mercado de ese bejuco aromático.

México conserva el honor de haber entregado a la civilización ese delicado perfume. Por ello, en el año de 1921 la Academia de Ciencias y Artes Gastronómicas de París, Francia, rindió homenaje al “indio anónimo que arrancó a la naturaleza el secreto de la vainilla”.

El cultivo y el aprovechamiento de la vainilla data de épocas anteriores a la conquista de México, pues antes que los europeos, los totonacos ya conocían el valor de polen de las flores, el cual utilizaban como elemento reproductor, maniobra delicada que solían hacer con manos femeninas.

(En Martínez de la Torre, la vainilla fue una fuente respetable de ingresos y se construyeron muchos locales especiales para su proceso de “beneficio”, como lo fue “La Vainillera” que funcionó en la calle Guerrero, entre Ávila Camacho y Ocampo. También Rumilla y otros.)

Los conquistadores españoles obtuvieron como recompensa a sus servicios, que se expidiera la Ley de Concesiones y Mercedes, la cual, de acuerdo con el rango, concedió a los beneficiarios extensas propiedades que denominaron “sitios”.

Los “encomenderos que solicitaban “sitios” dentro del área de influencia del Totonacapan, en la cual está enclavada actualmente la cuidad de Martínez de la Torre, así como todo lo que comprende su extensión municipal, llegaron a explotar la región en el año de 1567. Tuvieron que vencer grandes problemas ecológicos, partiendo del desconocimiento del lugar, selvas impenetrables que aunque tenían veredas, éstas solo las conocían los indígenas. El clima los agobiaba y casi todos los beneficiados optaron por designar administradores y retornar a la vida placentera de la Nueva España, que era la ciudad de México, y antes la Gran Tenochtitlán. Las encomiendas creadas por la ley de Concesiones fueron las ya citadas.

Algunas de ellas aún conservan sus nombres originales, como La poza, Tres encinos, Solteros, Zanjas de Arena, Arroyo del Potrero y Cañadas, que ahora son comunidades agrarias, pero conservan el mismo nombre que les fue asignado por los españoles durante la Colonia.

Estos “sitios” fueron desmontados por los esclavos de los beneficiarios españoles y los dedicaron a la cría de ganado vacuno, caballar y ovino. El conjunto de todos estos sitios se le llamaba “Los Llanos de Almería” (Almería es una ciudad española).

Baltazar Dorantes fue el que originalmente explotó lo que hoy es Martínez de la Torre, y dejó como recuerdo una construcción de material que posteriormente fue descubierta por los damnificados de la inundación de 1876, la cual arrasó y destruyó la comunidad de Ixtacuaco. Los sobrevivientes que lograron salvarse se refugiaron en la citada construcción.- Debemos decir que en esa inundación desaparecieron los niños y la mayoría de las mujeres de Ixtacuaco.

En los llanos de Almería, en el “sitio” que poseyera usufructuara el español Baltazar Dorantes, que era Paso de Novillos, hoy Martínez de la Torre, indígenas totonacos que habían huido del éxodo del Totonacapan, comenzaron a retornar, atraídos por su secular amor a su terruño, y atenidos a la fertilidad de la tierra así como la pesca y caza abundante que les proporcionaba su alimentación cotidiana.

Como ya existían áreas de terreno desmontadas las aprovechaban los totonacos, y construyeron sus chozas o jacales, utilizando los materiales que generosamente los prodigaba la naturaleza.

En esta forma se creó un pequeño núcleo de población, que fue Ichcacuauhco, que significa “en las matas de algodón”, en virtud de que antiguamente se sembraba algodón en toda esta región.

Santa Concepción Panotitla y Casa Blanca, núcleos que no se mezclaban a pesar de la corta distancia que los separaba, aceptaban y respetaban la vecindad, sin crear o sostener fusión.

Ichcacuauhco, estaba ubicada en el sitio que se conoce actualmente como Ixtacuaco. Santa Concepción Pantitlán se ubicó entre el camino real y el río Bobos, a corta distancia de Paso de Novillos y precisamente en el área donde se construyó el cuartel militar se asentaba la ranchería llamada La Piedad.

En los años cincuenta todavía existía una enorme Cruz Blanca de material, ubicada en las cercanías de las actuales instalaciones militares, donde hoy se asienta una colonia popular.

Fuente: Historia de Tlapacoyan. Revista cultural Cronos.

 


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