Escuela de espectadores de la UV, un proyecto en el que nadie creía: Jorge Dubatti

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Redacción Hora Cero

La Escuela de Espectadores de la Universidad Veracruzana (EEUV) cumplió su primer aniversario y tuvo como invitado especial a Jorge Dubatti, crítico e historiador teatral argentino, y fundador de este proyecto que es impulsado en varios países.

En 2001, el también profesor universitario fundó en Buenos Aires, Argentina, la primera Escuela de Espectadores (EE), que actualmente dirige. Posteriormente este proyecto se expandió a Polonia, Francia, España, México, Costa Rica, Venezuela, El Salvador, Perú, Colombia, Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay.

“Se cumple un año de la EEUV y ha sido muy virtuoso, lleno de trabajo y mucha convocatoria.”

Como parte de la celebración, Dubatti recibió un reconocimiento como mentor de la escuela. Además, impartió un seminario sobre crítica teatral –que concluyó el 1 de junio– para empoderar a las y los espectadores.

Previo a su participación en el festejo del primer aniversario de la EEUV, Universo. Sistema de Noticias de la UV tuvo la oportunidad de platicar con él sobre los orígenes de la EE y el teatro después de la pandemia.

¿Cómo surge la idea de crear una Escuela de Espectadores?
Buenos Aires se distingue por tener buenos espectáculos de teatro, además la gente asiste con frecuencia y en las mesas se habla de ésta y otras artes, lo que da como resultado una cultura teatral fuerte.

Derivado de lo anterior, desde los años sesenta en Argentina existen grupos –muy cerrados– de 10 a 15 matrimonios que contratan a un coordinador para compartir sus impresiones sobre alguna obra teatral, además de convivir.

Se trata de un encuentro entre amigos, pero no sólo para cenar, sino para hablar del arte y el teatro.

En 1992 empecé a trabajar con estos grupos y llegué a tener 20; disfrutaba y disfruto mucho el hablar sobre teatro. Antes de la pandemia, en Buenos Aires se registraban alrededor de 200 grupos de este tipo.

Comencé a tener mucha demanda como coordinador y se me acercaba gente con el interés de participar en los grupos, sin embargo, no podían porque eran grupos cerrados.

Me di cuenta que había muchas personas interesadas en la actividad grupal; entonces, en el año 2000 me propuse llevar a cabo el primer grupo de puertas abiertas y se anotaron sólo tres personas, lo que impidió su apertura.

En 2001 intento de nueva cuenta abrir el grupo, pongo un aviso en un diario de importante circulación y me alié con el teatro independiente “Librearte” que me prestó sus instalaciones. Publico la convocatoria y logro juntar a ocho personas, dándoles clases todos los lunes por la tarde.

Al finalizar el año pasaron de ser ocho a 20, porque las mismas personas traían a sus amigos; para 2002 la cifra subió a 30, en 2003 fuimos 80, así que tuvimos que mudarnos porque el espacio en el teatro era insuficiente.

En el Centro Cultural Cooperación llegamos a 170; más tarde tuve que dar clases en dos horarios, porque para 2007 ya contabilizábamos 340 personas.

Esto me dio mucha alegría, porque algo que mucha gente me decía que no funcionaría, que era un disparate, empezó a crecer y hoy ya son 68 EE en distintas ciudades y países: Polonia, Francia, España, México, Costa Rica, Venezuela, El Salvador, Perú, Colombia, Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay y muchas en Argentina.

Creemos que esto llegó para quedarse, aunque sus inicios fueron heroicos: comencé con ocho personas y hubo días que di clases a tres, en esas ocasiones di la mejor clase del mundo para que les contaran a los ausentes o a otros amigos. El trabajo y la paciencia fueron dando resultados.

Hoy llegamos al año 22 de la escuela de espectadores en Buenos Aires; tengo 400 alumnos en modo híbrido, 100 presenciales y 300 que entran por Facebook y Zoom; hemos dado 700 clases; han pasado por la escuela unos dos mil 500 artistas, entre ellos el elenco de la UV.

Ponemos atención a lo que sucede en el ámbito teatral en Buenos Aires y el extranjero, así que al año vemos más de 50 espectáculos, entre títeres, ópera, danza, teatro musical, teatro de sala, teatro de calle, performance.

El espectador es la fuerza, la energía, el poder, sin duda es parte fundamental de los campos teatrales y no le estábamos dando bola, porque durante décadas se le ha omitido.

¿Qué características comparten las Escuelas de Espectadores?
Lo que tenemos en común todas las escuelas son cuatro funciones, principalmente. Primera, armamos una agenda, con anticipación le recomendamos a los alumnos espectáculos y/o artistas, lo cual es importante porque en ningún lugar hay una agenda cualificada, lo que existe son recomendaciones o críticas periodísticas.

La segunda es brindar herramientas para empoderar a las y los espectadores. No son lugares para decirles qué tienen que pensar, sentir o qué está mal. Los coordinadores elegimos y recomendamos un espectáculo por el mérito que tiene, pero no se busca hacer un ejército de espectadores que piensen lo mismo, sino que cada uno de ellos haga lo que quiera y lo que pueda con el espectáculo.

Pensar que el espectador es una persona pasiva, calladita, sentada en la butaca y lo único que hace es recibir el mensaje, es un error brutal, por eso buscamos empoderarlo para que multiplique sus acciones como gestor y maestro de otros espectadores.

La tercera función es generar una pedagogía de la escucha y del diálogo entre espectadores y artistas, hay que romper con muchas de las formas de sociabilidad que tenemos, es decir, no se debe hacer nada en contra de la hospitalidad, el diálogo, la apertura y la disponibilidad.

La cuarta es construir una masa crítica. Contar con un grupo de personas críticas y reflexivas que apoyen al teatro y el arte en general, como un ciudadano y agente de cambio. Los espectadores son sujetos complejos, agentes fundamentales de la dinámica del campo porque crean corrientes de público, abren salas, escriben blogs y se juntan en asociaciones.

En el caso de Argentina las personas acuden regularmente al teatro, pero en otros países ¿la Escuela de Espectadores ha impulsado, apoyado o revivido la cultura teatral?
Cada Escuela es distinta y su corte es territorial; por ejemplo, la Escuela de Espectadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) no funciona de la misma manera que la de Lima, Perú, o la de Mar del Plata, Argentina.

Depende de la composición del público, de la fluidez de los espectáculos, la actitud de los teatreros, el apoyo de instituciones, entre otros aspectos. No podemos evaluar escuelas tan diferentes con parámetros iguales. Cada escuela cumple una función diferente en su contexto.

¿Qué opinión le merece que instituciones de educación superior, como la Universidad Veracruzana, apoyen y alberguen una Escuela de Espectadores?
Yo creo que son puntas de vanguardia. Cuando empecé en el tema todo mundo me miraba como bicho raro, pensaban “¿cómo me vas a enseñar vos a mirar teatro?”, “¿ahora tengo que estudiar para ser espectador?”. Ahora se ve como un tema muy importante, ya es agenda de gobierno, universitaria y de organismos privados.

En ese aspecto, universidades como la UNAM, UV, la de Querétaro y la de Guadalajara, están siendo punta de vanguardia porque aparece todo un campo de investigación, de gestión y de creación, que es muy productivo para las instituciones.

Por ejemplo, en la UNAM se trabaja con un grupo denominado “los entusiastas” que son egresados o alumnos de la universidad, a quienes invitan a ver sus espectáculos, esto muestra que la institución reconoce en sus alumnos, egresados y profesores la posibilidad de ser sus espectadores.

Este año en Barcelona tendrá lugar el Primer Congreso de Espectadores, están invitando a participantes de todas las escuelas para reunirse, discutir, reflexionar e intercambiar experiencias. Esto no tiene techo, tarde o temprano todos los teatros municipales, oficiales, instituciones, tienen que trabajar pensando en el sujeto como espectador.

Por último, ¿qué cambió en el teatro, después de dos años de pandemia?
Hablaré sobre lo que conozco. Antes de la pandemia, en Buenos Aires había alrededor de 250 salas de teatro habilitadas y de pronto todo cerró, cambió el paisaje.

Se presentaron varias actitudes: aquel que dijo que no vería teatro hasta no volver a la presencialidad, quien declaró al teatro muerto; otros opinaron que es lo mismo hacer teatro presencial que a través de la cámara y el Zoom, unos más dijeron que el teatro a través de las nuevas tecnologías era lo actual, y otros que afirmaron que no hacía falta la convivencia y teníamos que evolucionar.

Lo cierto es que, si la pandemia empezó en marzo de 2019, en septiembre ya había una necesidad brutal de reunión, le llamé el síndrome de abstinencia convivial; la gente sentía la necesidad de visitar a sus padres, de viajar, de ir al teatro, empezó todo un movimiento de revalorización de la convivencia.

Después de la pandemia lo que se ve en Buenos Aires es que el teatro volvió de una manera escandalosa, los sábados hay más de 200 espectáculos en el circuito oficial e independiente; desapareció completamente el tecnovivio.

Si tuviera que sintetizarlo diría que volvimos a una etapa de la revalorización del convivio. La gente quiere viajar, encontrarse, bailar, ir al teatro, yo creo que la cultura del convivio volvió revalorizada; esto no quita que hayas adquirido un proceso de alfabetización tecnológica y muestra de ello es que ahora tengo alumnos a través del Zoom.

Por otro lado, para mí el tecnoteatro no es teatro, sino una forma de televisión interactiva muy interesante; es otro lenguaje con otras características, otras formas de actuación, otras narrativas, otras duraciones. Me parece que estamos ante el crecimiento de un nuevo lenguaje, pero que no es el teatro del futuro.

El teatro es la única de las artes que no depende de las plataformas, esto es fuerza, no es un defecto, es un poder. El teatro volvió con mucha fuerza.


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