Perdida en el metro / Relatos dominicales

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Perdida en el metro 

Miguel Valera 

Desde que era una niña fue muy solitaria, me dijo su madre como si leyera las noticias del periódico. No sabemos nada de ella. La buscamos mucho tiempo. Todos los rastros nos llevaron al metro de San Juan de Letrán. Le gustaba zambullir los churros de El Moro en tazas con chocolate caliente. Pero ¿y usted quién es, por qué le interesa tanto su vida? Sonreí, dije cualquier cosa, absorto por la displicencia de la madre.

Ya ella me había contado, muchos años antes de su desaparición, que sufría una depresión crónica que en parte le gustaba, porque le permitía mirar dentro de sí, explorar su yo interno, sumergirse, como un buzo, en la escafandra de su conciencia y quedarse ahí quieta, observando el mundo, su interior, como quien mira desde lo alto de la Torre Latinoamericana. —Sé que eso no es bueno, porque del disfrute paso a la angustia, pero es lo que hay, me contaba sonriente.

También me dijo que una vez, sus padres le llevaron a un médico que platicó con ella y que le dijo que necesitaba “serotonina”, un neurotransmisor que tiene que ver con el control de las emociones y los estados de ánimo. Ante de emborracharse con sus padres, el doctor garrapateó unos nombres en un papel: sukrol, Deprex 30 y Pure Tryptophan. La verdad es que les importaba muy poco la situación emocional de su hija. “Es rara”, solían decir con desdén.

Ese día que salí de su casa, decepcionado por la actitud de la madre, caminé por la gran ciudad, admiré sus edificios y en la Alameda me metí al Barrio Chino para descansar. Encontré una mesita en un local y pedí un té de jazmín y una orden de panecillos al vapor con cajeta, nuez y zarzamora. Me gustaba esa zona de la ciudad que se creó justo en el año en que nací, 1971, en una iniciativa de la comunidad china asentada en la metrópolis.

Entonces me vino a la memoria los años raros y felices que pasé al lado de “Susan”, como le decíamos en el colegio, para no repetir su nombre kilométrico, Susana Olivia de la Caridad González Martín del Campo. —La única vez que nos explicó del porqué del nombre, lloramos, porque fue su abuelo el que se lo puso. “Él, es el único recuerdo de algo cariñoso que tengo en mi familia”, nos dijo, luego de referir “el odio” que ella sentía de parte de sus propios padres.

Con todo y sus baches emocionales, sus largos periodos de ausencia a pesar de nuestra escandalosa presencia, Susan vivó muchos ratos felices en las escapadas que nos dábamos lo mismo a la Alameda que a Xochimilco o el siempre verde Bosque de Chapultepec. Estoy seguro que sus amigos le infundíamos fuerza, energía, emoción.

Algunas veces la encontrábamos clavada, escuchando a Edgar Burciaga, con esa canción “Pensando en una Pizza” que a todos nos parecía muy rara, pero que a ella le gustaba: “Yo no soy mi mano, no soy mi cara yo no soy mis pies, he hecho el amor, sabiendo que no me querían, he hecho el amor con hambre, pensando en una pizza, he hecho el amor sin ganas, con la tele prendida, he hecho el amor por lástima, por la seretonina”.

Nos despedimos del colegio, seguimos nuestra vida y muchos años después nos enteramos de su desaparición. Nos sumamos a la búsqueda. Yo llegué hasta la casa de sus padres, pero todo fue inútil. Todo hacía suponer que el metro se la había tragado o que se había subido a un vagón sin destino. A veces pienso en ella y se me escurren las lágrimas sin querer.


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