Creyente de esperanza / Relatos dominicales

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Creyente de esperanza  

 

Miguel Valera 

Yo no sé si la muerte exista, me dijo el taxista, serio, solemne. Lo había contratado para un viaje largo, de todo el día y aunque el hombre fue muy serio al principio, poco a poco se fue despabilando, dándome confianza. Habíamos entrado a la Colonia Fuentes del Valle, en Tultitlán y recorríamos la avenida José López Portillo cuando vimos la estatua monumental de la “Santita”. —Igual y sí existe, siguió su monólogo, cuando nos topamos con peregrinos que se dirigían al templo, llevando veladoras negras en las manos.

La muerte, pensé, mientras mis tripas me recordaban que ya era la hora de comer algo, es una situación límite y recordé al viejo Martín Heidegger y en su “ser ahí”, inacabado y en el “ser para la muerte”, como parte de la finitud del ser humano. Pero en efecto ¿nos espera, al final de la luminosa vida, el vacío, el frío y la nada?, me pregunté, mientras el taxista me acercaba a mi destino geográfico.

En Toks, en donde la comida cada día es más mala, tuve mi encuentro de trabajo y con el postre me quedé pensando en las palabras del taxista. Lo primero que me saltó a la mente fue la imagen de un funcionario público electoral que conocí hace varios años y quien rendía un culto especial a la Santa Muerte. En su oficina tenía una imagen a la que seguramente le rezaba y también seguramente le cumplía sus súplicas, porque según me contaron en esa época, llevó varias maletas de dinero al sureste del país, de donde era originario, de las bendiciones que recibió en ese memorable proceso electoral.

—¿Quién soy yo para juzgar o criticar las creencias de la gente?, me interpelé. Mis antepasados adoraban al sol y a la lluvia. En lo personal, seguí reflexionando, no creo en la muerte como un ser, como un ente, como una persona, sino como una situación límite del ser humano, un paso obligado, una transición que se da cuando ya no existen condiciones para la vida, ya sea por enfermedad o por un accidente trágico.

Me vino a la memoria un viejo poema que escribí en Día de muertos: “Viene la muerte esta noche, / a llevarse nuestros sueños, / así es la vida, un derroche, / a pesar de los empeños. / Es fracaso de la vida, / destino que nos alcanza, / la  eternidad desmentida, / una muy dulce venganza. / Pero yo me río de ella, / soy creyente de esperanza, / así que mi tumba sella, / viviré, es mi confianza”.

Y sí, pensé, también esto que creo es una teoría no comprobada, a pesar de los miles de tratados teológicos al respecto. Entonces pensé en el amor y mientras me despedía de Tultitlán, leí “Nunca morirán”, ese hermoso poema que escribió Francisco Morosini y que comentamos en la redacción de PUNTO Y APARTE cuando lo llevó para su publicación: “Los muertos que amamos no morirán. / Redoblan a difunto las campanas, / el bronce suena claro en las mañanas, / las almas de los muertos cantarán. / Los muertos que amamos no morirán. / Oigo voces que suenan tan humanas, / Siento pasos a horas tan tempranas, / subrayo: mis muertos no morirán. / Si acaso, lo que extraño es su presencia, / Su carne sometida a mil demonios, / Asunto ineludible de su ausencia. / Perdonen los que escuchen mi insistencia, / Pero pruebas ofrezco, testimonios, / Mis muertos no están muertos, son esencia”.


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