El cielo y el infierno / Relatos dominicales

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El cielo y el infierno  

 

Miguel Valera 

De niño, me dijo Julián esa tarde fresca de sábado, mientras tomábamos café en Murillo Vidal, pensaba que el cielo estaba “en el cielo”, en las alturas, y el infierno en las profundidades de la tierra. Las expresiones del cura de mi pueblo así me lo corroboraban, porque apuntaba hacia el cielo para referirse al paraíso y a la tierra, para señalar al infierno. ¿Dónde estará el infierno?, me preguntaba y la respuesta saltaba a la vista cuando en mi libro de Ciencias Naturales veía el magma en el corazón de la tierra. Entonces me aterrorizaba pensar la vida por siempre en ese sitio de 700 y 1200 grados centígrados.

 —Pero ¿realmente crees que la vida se eterna?, le pregunté, insistiendo en la inmortalidad de la especie que pasa de una generación a otra. Pues mira, me contestó, hace un tiempo leí el caso del “molusco Ming”, una especie que ha sido catalogada como el animal solitario más longevo que se haya descubierto sobre el planeta. La almeja tenía 507 años cuando unos biólogos la sacaron de su hábitat y zas, que se muere. Yo creo que “Ming” era inmortal hasta que se encontró con esos biólogos, me dijo Julián. Y hay otras especies que tienen proteínas o células que les impiden envejecer, ¡son eternas!, insistió eufórico.

Esa tarde fresca de 2011, luego de salir de la redacción del periódico donde trabajábamos, habíamos leído en una agencia de noticias una declaración del Papa Benedicto, diciendo que el “purgatorio” no era un lugar del espacio, “sino un fuego interior, que purifica el alma del pecado”. —Bueno, le apunté al buen Julián. Aunque de niño nos dijeron una cosa, luego aprendimos que el cielo y el infierno no son lugares espacio-temporales sino “no lugares”. Sí, claro, claro, ¡muy claro!, me dijo irónicamente ante la contradicción.

Además, añadió, ¿cómo sabemos que tenemos alma? El primero que lo aseguró en Occidente, o al menos eso nos han dicho, fue Aristóteles. Y dejó escrito que el alma humana era inmortal. ¿Y qué pruebas tenemos? Las religiones del mundo lo aceptaron porque así ha convenido a sus intereses, ¿pero qué pruebas tenemos? Alguna vez escuché insistir al padre Juan Manuel Pérez Romero que el alma es inmortal y que “en lugares de accidentes el demonio pueda anclar a almas y hacer que permanezcan presas en esos lugares; y son liberadas, nos lo han dicho, a través de las oraciones de los que pasan en sus coches, ven la cruz (de los muertos en accidentes en carretera) y rezan por ellos. El hecho es real”.

No lo sé Rick, le contesté a Julián. Sí, añadió. Además, el padre ha dicho que “es interesante saber también que hay personas que no saben que están muertas. O sea que tardan tiempo en reaccionar a su nuevo estado de que están muertas; porque no sabemos en qué momento morimos, cómo es el proceso de la muerte, cuándo exactamente se separa de manera total el alma del cuerpo. Son cosas que no podemos explicar”.

Exacto, ahí si dijo la palabra clave. Son cosas que no podemos explicar. Y cuando eso pasa, es mejor seguir especulando y eso creo que es lo que se ha hecho todo el tiempo con lo que pasa después de la muerte. En todas las culturas del mundo hay cielos y hay infiernos, hay eternidad. Ojalá sea algo más que un deseo humano, me contestó, mientras daba los últimos sorbos a su café lechero.


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