Los velorios del pueblo

Nazario Romero Díaz

En todos los ranchos y pueblos chicos y grandes nunca faltan las personas nobles, generosas y altruistas que se solidarizan y acompañan a los que caen en desgracia y ayudan y visitan a los enfermos.

Y en los casos de fallecimiento, llevan consuelo a los deudos haciéndose presentes en los velatorios con flores, velas, veladoras y algo de comida, si es necesario.

Las personas con estas distinguidas características abundaban en la antigua congregación de Paso de Novillos, hoy Martínez de la Torre, población que por lo heterogéneo de sus habitantes, por el crecimiento demográfico, se ha deshumanizado.

Solo entre vecinos muy cercanos se práctica la solidaridad en casos de desgracias, pero antes no era así.

Como el pueblo era monótono, como todos, cuando no había entretenimiento y diversiones para pasar el tiempo, la gente siempre estaba pendiente de cualquier defunción para presentarse al velorio y pasar el rato (o la noche entera) acompañando al cuerpo y a sus deudos, a quienes daban el consabido pésame por el fatal acontecimiento.

Pero los velorios del rancho se convertían en grandes comilonas, jugadas de albures, borracheras y juegos pesados como “la gallina ciega”, y “la nalgada”, entre otros, donde los varones se olvidaban del difunto y se divertía en grande, en tanto que las mujeres rezaban los rosarios por el eterno descanso del desaparecido.

Las rezanderas se ofrecían de buena voluntad a ejercer sus oficios desinteresadamente, pues no cobraban nada.

Otras mujeres se iban a la cocina de la casa del finado para elaborar café y preparar tamales y los bocadillos que ofrecían.

La compra de aguardiente, cigarros y vinos dulces y generosos era obligada. También el pan y las galletas.

De hecho, por un lado tendían al muerto y por el otro se iniciaban los preparativos para atender a mucha gente que acudía al velorio.

De la misma manera celebraran el “novenario” y el “cabo de año”, costumbres que desaparecen con las nuevas salas de velación de difuntos, ya que antes los muertos eran velados en su domicilio.

Los familiares de los difuntos tenían que hacer frente a tres fiestas en su honor y memoria.

En los velorios solían reunirse los tahúres o jugadores de baraja para esquilmar a quienes se dejaban; a los albures les llamaban “chilitos” en los velorios. Y mucha gente iba a apostar y perder su dinero con los profesionales de las cartas. Tambien jugaban “conquian” y el pokar entre los amantes de este vicio nocivo y pernicioso, ya que todos los que juegan siempre pierden, no solo el dinero sino hasta la vergüenza, la salud, la mujer y la familia cuando quedan en la ruina.

En esas reuniones de velorios, novenarios y cabo de año, cerraban la calle con bancas y carpas para protegerse del mal tiempo o sencillamente del sereno, para que la gente permaneciera cerca del difunto.

Repartían café, cigarros, tamales, bocadillos y antojitos que elaboraban las mujeres que asistían al duelo, ayudando a los familiares en el quehacer. Circulaba el vino dulce entre las mujeres y el aguardiente entre los hombres y el duelo se convertía en fiesta.

Se olvidaban del muerto y todo era diversión afuera del velatorio.

La “gallina ciega” consiste en vendar los ojos a un hombre y una dama, y sin ver, tenían que tocar a cualquier otra persona para que le quitaran la venda y ponérsela a quien había tocado o agarrado. Como nadie de los asistentes se dejaba tocar, a veces tardaban hasta media hora vendados de los ojos, mientras tanto todos la “toreaban” y se reían de ella.

Juego bastante pesado era “la nalgada”…

Se reunía un grupo de cinco o diez personas para participar en ese juego. Una de ellas se encargaba de cubrir la cara con un sombrero al primero que se ponía, agachado y con los glúteos hacia atrás, de tal manera que pudiera recibir las fuertes nalgadas que le propinaban quienes participaban en ese juego.

Recibido en manazo en el trasero, el afectado se paraba frente al grupo de participantes para “adivinar” quién había sido el que le pegó.

Si no acertaba, tenía que volverse a poner dispuesto a recibir otro golpe. El que le cubría la cara actuaba como juez para evitar que el golpeado fuera engañado.

Y cuando lograba la víctima acertar y señalar a quien lo había golpeado, se libraba de seguir recibiendo nalgadas y tenía que ponerse el que le pegó.

Así pasaban las noches del velorio, novenario o cabo de año, entre tragos de aguardiente, café, risas y carcajadas, con golpes y más golpes, unos dando y otros recibiendo, hasta que llegaba el amanecer.

Para entonces, todos los participantes en el juego terminaban con los glúteos adoloridos y hasta inflamados a fuerza de tanto manazo recibido. Y como todos recibían y todos pegaban, también terminaban con las manos adoloridas, ya que con el aguardiente ni el dolor sentían.

Adentro estaba el duelo por el muerto, rodeado de mujeres; afuera era la fiesta y la diversión violenta pero sana y amigable, pues rara vez ocurrían pleitos, riñas o enfrentamientos.

Así eran los velorios de Paso de Novillos primero, y de Martínez de la Torre, después; hasta antes de la llegada de la gente que vino de otras partes con otras costumbres y otros hábitos.