Vicio solitario / Relatos dominicales

Vicio solitario

Miguel Valera

Cuando el padre Tomás le preguntó acerca del “vicio solitario”, Jonás se ruborizó y no supo qué decir. ¿Cuántas veces?, le soltó el cura desde el confesionario. Mudo, quieto, sudando, el muchachito no daba crédito a esa pregunta. Él no pensaba que eso que hacía en solitario sería pecado. ¡No lo podía creer! Ahí en el rancho donde vivía, rodeado de árboles de mango y limonarias, correteando lagartijas y escudriñando entre nidos de pájaros en los árboles, jamás pensó en que eso del “vicio solitario” sería un pecado.

 

“Ya, niño, dime, cuántas veces has hecho eso del vicio solitario”, insistió el cura regordete, de cuyo confesionario oscuro, salía un olor a gorda de frijol con cebolla y a empanada con picadillo de cerdo. El pequeño Jonás seguía temblando. No, pensó, no puedo decirle todo lo que imagino cuando estoy solo, en la loma, tirado en el pasto, viendo el atardecer en el horizonte. ¿Cómo sabrá el padre Tomás de todo lo que pienso e imagino en solitario?, se preguntó el adolescente, ahí, en ese espacio sagrado donde hombres y mujeres iban a descargar sus penas y culpas.

 

En esa loma, por ejemplo, imaginaba que más allá del cielo azul y límpido de las tardes, había otros mundos, otros seres. Ya don Armando, su maestro de quinto, les había contado en Ciencias Naturales, de esa posibilidad. ¿Ustedes creen que sólo existe nuestro planeta? No. Aunque hay aproximaciones, no tenemos ideas de los mundos y galaxias que existen en el universo decía, despertando nuestra inquietud por el infinito. ¿Y eso, pensar en otros mundos, en donde no está el Dios que predica el padre Tomás, será pecado?, se preguntaba.

 

Incluso, añadía en su reflexión, cuando pienso que quizá Dios sea un invento de nuestra imaginación, de nuestro deseo de ser protegidos, ante nuestra propia vulnerabilidad. ¿Cómo sabrá el padre de eso que pienso en solitario? El pequeño Jonás siguió temblando. No, se dijo a sí mismo, no puedo decirle al padre de todo eso que pienso en solitario, de mis sueños, de mis fantasías, de las cosas que imagino sobre otros mundos.

 

Un día, en el pueblo, antes de que llegara el padre Tomás, escuchó a un predicador que no era católico, el obispo Renato Cardoso, hablar del poder de la imaginación. “Y cuando nos creó, colocó ese poder dentro de nosotros también, el poder de la imaginación. Piensen en eso. Dios podría haber creado al ser humano sin ese poder. Bastaría la habilidad de lidiar con lo que existe, lo que es real. Pero eligió dotarnos con esa habilidad de imaginar, de pensar en algo que aún no existe y no es real”, indicó ese día.

 

Entonces, se dijo nuevamente Jonás, por qué para este padre la imaginación es “un vicio solitario”. Para sacarlo del pasmo, el padre abrió abruptamente las puertas del confesionario y una corriente de aire fresco quitó la tensión en el ambiente. “Sí, niño, le insistió. Cuántas veces te has tocado el cuerpo, tu parte íntima y has tenido una erección y eyaculado. Ese es el vicio solitario”, le dijo severamente, mientras le daba la absolución.

 

Jonás salió corriendo del confesionario. A su corta edad, en el rancho donde vivía, no sabía nada del llamado “vicio solitario”. Pensó que en realidad el cura se refería a sus tardes de soledad, en donde, con el poder de su imaginación, pensaba en otros mundos, otras vidas y otras realidades, mientras el sol del ocaso acariciaba los árboles de mango, el pasto verde del campo y su cuerpo infantil tirado en este pedacito de mundo donde vivía.