El eufórico grito en el OPLE por el triunfo / Víctor Murguía

Víctor Murguía

Fidel Herrera, quien impuso a su sucesor, dijo que gobernaría hasta el último minuto de su periodo. No hacía falta que lo dijera, se sabía.

Y tampoco hacía falta que dijera que deseaba seguir mandando después de ser gobernador. Por su naturaleza, que no la ocultaba, también era algo sabido.

Fue preparando el minimato con meticulosidad. Antes de que hubiera candidato a la gubernatura puso a la mayoría de los alcaldes, atando de antemano al heredero.

Y días y hasta horas antes de que Javier Duarte asumiera como el sucesor le pidió colocar a diversos políticos en cargos de importancia.

Ya siendo exgobernador les hablaba a sus recomendados para solicitarles tal o cual cosa. Con esa situación batalló Duarte durante buena parte de su sexenio, pues la adicción de Fidel al poder así lo hacía ser.

Hoy vamos para ver de nuevo esta película pero a nivel nacional. El presidente López Obrador, otro político con súper adicción al poder, ya dijo lo de gobernar hasta el último día de su mandato y no hace falta que exprese que buscará seguir haciéndolo aunque ya no sea el titular del Poder Ejecutivo y supuestamente esté retirado en su rancho de Chiapas

¿Cuándo Claudia Sheinbaum sea presidenta y se dé cuenta que su bastón sigue sin la magia del mando, qué hará; pero sobre todo, qué harán todos los gobernadores, senadores y diputados -un gran número- que le deben el cargo a López Obrador?

¿A quién le harán caso? ¿Cómo actuará, por decir algo, Rocío Nahle, si brinca el escollo del Tribunal Electoral, ante las seguras posiciones encontradas que se presentarán? ¿De qué lado se irá la que será jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada? ¿Para dónde jalará el gobernador de Sonora, Alfonso Durazo? Esos son solo unos ejemplos.

Ya veremos qué pasa con el también seguro intento de Claudia Sheinbaum de sacudirse a su hacedor.