Javier Lozano Gamiño / columna invitada
La gobernadora de Veracruz, desde hace tiempo, ha sido blanco de señalamientos de la oposición. Podemos decir, hasta ahora, que la administración que encabeza Rocío Nahle es, sin temor a equivocarnos, la que más recibe críticas de los medios de comunicación conservadores. El origen de todo esto, sin duda, data desde los tiempos en que ella fungió como secretaria de energía. Se le criticó por su trabajo y, con resultados de infraestructura, demostró la capacidad de poner muy en alto el proyecto de transformación. Por eso tiene mucho sentido el paso tan importante y la consolidación que tuvo como aspirante a la gubernatura. Merecidamente, entonces, ganó la encuesta y una de las elecciones en que, a nuestro juicio, hubo más hostilidad y guerra sucia de parte del PRIAN.
A partir de que arrancó la campaña, de hecho, el PRIAN trató de fincar escándalos para tratar de opacar y tumbar una candidatura que, con todas las ventajas a su favor, siempre fue viento en popa. De hecho, la oposición, ante la desesperación, llegó al grado de llevar las estrategias perniciosas al plano nacional. De eso nos dimos cuenta todos, al menos los que seguimos muy de cerca las elecciones del 2024. Pese a ello, con una campaña inteligente, Rocío Nahle ganó por más de un millón de votos. Las cifras que se dieron a conocer en la previa, desde luego, sucumbieron a toda intentona del PRIAN. Ante esa situación, que fue la muestra más tangible de democracia participativa, los conservadores no tuvieron más remedio que reconocer la derrota.
Esa elección en particular, de un tiempo para acá, se volvió un proceso sofocante para la ahora gobernadora. Hubo momentos que, quizá, parecía que pusieron en jaque y doblegaban a la abanderada de Morena en Veracruz. La oposición, en efecto, estaba cruzando la línea del respeto a la participación y, a toda costa, intentó maquinar datos y fabricar hechos que, ante los ojos de todo el mundo, fueron desmentidos con pruebas en la mano que presentó Nahle. La razón de todo esto, sin duda, fue que Rocío siempre aventajó su candidatura en todas las encuestas de opinión pública. Se afianzó en los estudios demoscópicos y, con ello, pasaba por encima de sus adversarios, ganando debates y proponiendo acciones para profundizar el proyecto de transformación.
Mientras ese lapso de campaña duró, queda claro, Rocío Nahle nos demostró la madurez y el temple. No se doblegó ni mucho menos achicó ante las campañas de desprestigio que puso en marcha la oposición. Ella, incluso, siempre denunció de donde provenía el financiamiento de esas estrategias que enarbolaban el sello particular de una oposición que, hoy en día, luce desolada. El punto crucial es que, por mucho, el papel que jugó Nahle fue fundamental no solamente para ganar una gubernatura, sino para sacudir las conciencias al interior del lopezobradorismo. Ella, desde un principio, fue la de las pocas que se opuso a la afiliación del senador Miguel Ángel Yunes a Morena, luego de dar el voto decisivo para que se aprobara la reforma al poder judicial.
Aunque Yunes fue arropado por el coordinador de los senadores de Morena, a los cuatro vientos, debemos reconocer la valentía que tuvo Rocío Nahle para oponerse a la ignominia que significaba poner en las filas del lopezobradorismo a quien siempre fue un detractor del proyecto de transformación. La misma gobernadora de Veracruz, en una carta que salió a la luz pública, detalló los pormenores de su inconformidad ante los órganos de dirección del partido. En los fragmentos de esa misiva, quedó claro, la gobernadora pidió que la comisión de honor y justicia revisara a fondo la afiliación del legislador. Eso, desde luego, llegó hasta la tribuna de la mañanera. Hay que decir con claridad que, ante esa coyuntura, Rocío fue pionera de esta resistencia para que no se le permitiera el acceso a quienes, en su momento, fueron claros detractores de la izquierda.


