Hora cero
Del PRI a Morena; la desbandada de alcaldes electos
Luis Alberto Romero
En el arranque de las administraciones municipales en Veracruz se ha repetido el fenómeno de alcaldes que, tras ganar la contienda postulados por el Partido Revolucionario Institucional, han manifestado su intención de incorporarse a Morena.
El presidente de la Jucopo en el Congreso del Estado ha reconocido que ediles electos por partidos de oposición, particularmente del PRI, buscan sumarse al proyecto de la Cuarta Transformación, con el argumento de alinearse políticamente con los gobiernos estatal y federal.
Este reacomodo no es nuevo; cada ciclo administrativo se observa el mismo fenómeno, alcaldes que llegan al poder como oposición y terminan, en los primeros meses de su mandato, cambiando de camiseta para integrarse al partido en el gobierno. Ocurrió en los gobiernos de Miguel Alemán, Fidel Herrera, Javier Duarte, Miguel Ángel Yunes, Cuitláhuac García y ahora, Rocío Nahle.
El discurso es el mismo, gobernabilidad, coordinación institucional y beneficios para sus municipios. Sin embargo, en la actualidad el trasfondo apunta directamente a la crisis del PRI, incapaz de retener a sus propios triunfadores electorales.
La migración de alcaldes priistas hacia Morena exhibe la debilidad del tricolor como fuerza política real en Veracruz.
Ganar una elección ya no garantiza cohesión partidista ni identidad ideológica; por el contrario, para muchos ediles el PRI se ha convertido en un simple vehículo electoral, útil solo hasta el día de la toma de protesta, pero una vez en el cargo, se alinean con la fuerza dominante para asegurar recursos, respaldo político y margen de maniobra administrativa.
Este comportamiento no solo debilita al PRI, sino que lo despoja de cualquier papel creíble como oposición. Si quienes obtienen el voto ciudadano bajo sus siglas abandonan el partido al primer llamado del poder, el mensaje para el electorado es demoledor: no hay convicción, ni proyecto, ni compromiso político o ideológico.
El tricolor queda reducido a una marca vacía, sin capacidad de disciplinar, retener o formar cuadros con lealtad partidista.
Al mismo tiempo, la reiterada incorporación de alcaldes de oposición a Morena refuerza la idea de una hegemonía política que se alimenta, no solo de victorias electorales, sino de la debilidad de sus adversarios.
Morena no necesita conquistar municipios en las urnas cuando estos llegan solos, impulsados por el oportunismo y el cálculo personal de sus gobernantes.
Mientras el tricolor no logre reconstruir una identidad clara, una dirigencia con autoridad y un proyecto que vaya más allá de sobrevivir elección tras elección, seguirá perdiendo alcaldes, espacios y credibilidad.
En Veracruz, el paso de presidentes municipales priistas hacia Morena es la consecuencia directa de un partido que hoy paga el costo de su descomposición interna.
El dirigente estatal priista, Adolfo Ramírez Arana, acaba de señalar por ese fenómeno al diputado presidente de la Junta de Coordinación, Esteban Bautista Hernández. Dice que sus alcaldes han recibido amenazas.
Sobre este asunto, muy rápido llegó la respuesta del presidente de la JUCOPO, quien le dio 72 horas a Ramírez Arana para acudir al Congreso y presentar a los alcaldes a quienes supuestamente Bautista Hernández habría amenazado. En pocas palabras, el que acusa está obligado a probar sus dichos.
Al parecer, a Ramírez Arana se le hizo fácil lanzar señalamientos a la ligera. Probablemente alguien le dijo que sería buena idea confrontar Esteban Bautista para tener el protagonismo que no ha podido ganar por resultados.
Al interior del PRI, Adolfo Ramírez representa muy poco; no es un dirigente respetado y mucho menos cuenta con un auténtico liderazgo; tal vez piensa que con declaraciones de ese tipo podría justificar su ineficiencia y su incapacidad.
El problema para la causa priista veracruzana es que a este paso, el partido terminará sólo con un puñado de alcaldes.
@luisromero85



