El peor show del Super Bowl, según Donald «Trun» / Pablo Jair Ortega

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El peor show del Super Bowl, según Donald «Trun»

@pablojair

Mire, la neta, desde que anunciaron al reguetonero Bad Bunny como el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, muchos dijimos: “¡No mamen! ¡No arruinen el espectáculo!”.

Muchos quizá —no la mayoría— aprovechamos para cambiarle al canal, ir al baño a hacer espacio para más botana o simplemente para estirar las patas…

Naaaaaaa. Siendo honesto, creo que a todos nos ganó el morbo de ver el show de medio tiempo por una razón muy fuerte: el mensaje político.

A muchos nos gusta ver el fútbol americano y también lo disfrutamos con la familia y amigos, especialmente por el espectáculo del medio tiempo cuando es el Super Bowl. Las mujeres de la casa quizá no le entienden ni papa a las reglas de este deporte —no sé por qué se les complica tanto lo del primero y diez—, pero el show musical siempre se disfruta.

De los más recientes, el de Kendrick Lamar y su protesta contra el racismo de un Estados Unidos dividido; o el de los raperos en Los Ángeles, o Shakira con J-Lo en Miami. De los históricos: Prince, Michael Jackson, The Who…

Pero quienes aprecian la música y son muy melómanos creo que coinciden en que el reguetón ha sido de lo peor que le ha pasado a la industria. Gente aparentemente sin talento musical que encabeza las listas de éxitos con canciones hechas por software e inteligencia artificial. No tocan instrumentos, no cantan, no componen letras (o son muy banales) y toda su “genialidad” está basada en un ritmo pegajoso que incita a bailar.

Sí, es esa alma latina explotada cuando escuchamos tambores y mínimo empezamos a hacer percusiones con los pies, aunque no nos guste.

En general, el reguetón a lo mejor no debería ni ser considerado música, pero encabeza las listas de las plataformas digitales porque es lo que más escucha la gente… Y si la banda dice que es música, se adopta como tal. Es parte de nuestra cultura; lo demás son meros gustos.

Así, uno como chavorruco creería que si el Super Bowl se hizo en Santa Clara, muy cerca de San Francisco, se realizaría todo un homenaje al lugar donde nació el movimiento hippie de los años 60; que nos iban a deleitar con rolas como “California Dreamin’” o esa de Scott McKenzie que dice: “If you’re going to San Francisco, be sure to wear some flowers in your hair”, entre otras muchas canciones que, por cierto, estaban dedicadas a la paz y el amor.

Pero no. Trajeron a Bad Bunny porque, de entrada, para los gabachos todo es “business” y si un reggaetonero encabeza las listas de popularidad con su “arte” y es sinónimo de millones de vistas en redes, además de ganancias billonarias en publicidad, pues lo van a contratar para ser el entretenimiento del espectáculo televisivo más visto en el mundo.

No me latió Bad Bunny en el Super Tazón como “cantante” (su espectáculo es punto y aparte: fue fenomenal), pero su performance tuvo otro significado poderoso: el político.

La sola presencia de un estadounidense (Bad Bunny tiene esa nacionalidad por ser originario de Puerto Rico, estado libre asociado y territorio no incorporado de los Estados Unidos), con raíces latinoamericanas, les causa escozor a toda esa bola de racistas y supremacistas que abundan en el vecino país del norte. Es como una patada en los testículos para todos ellos, justamente en el deporte más gringo de todos.

Incluso aunque muchos estadounidenses desconocen que Bad Bunny es de su misma nacionalidad, el berrinche nacional supremacista (encabezado por su presidente Donald “Trun”) es porque el show es una evidente cachetada con guante blanco por parte de los organizadores del Super Bowl a las políticas antimigratorias del gobierno federal, persiguiendo brutalmente, con el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), a todos los que ven morenos o asiáticos y no entran en el “perfil” del “americano promedio”.

En este sentido, quizá a cualquier rockero de hueso metalero le dará pena decir que apoya a Bad Bunny en su presentación en el Super Bowl, pero su presencia en estos momentos tan caóticos fue necesaria para mandar un mensaje de rechazo contundente a las políticas de un loco que gobierna a uno de los países más poderosos y bélicos del mundo.

Sí, el reguetonero cantó letras que ni los latinos le entendemos, pero mientras estuvo en el escenario hubo un motivo de orgullo: su actuación, dedicando escenas que para los hispanos son cotidianidad, como el morrito que se duerme en las bodas o el corte de caña en el campo (por ahí alguien bromeó diciendo que el escenario estaba inspirado en Mahuixtlán).

A eso súmese la simbólica presencia de latinos, inmigrantes o descendientes de ellos, como Pedro Pascal, Jessica Alba, etcétera, reafirmando que los hispanos, los latinos, seguirán siendo importantes en un país donde la inmigración hizo fuerte a Estados Unidos y existe esa cultura muy arraigada que vive desde hace siglos en su territorio.

Quizá no fue el mejor espectáculo de medio tiempo en la historia del Super Bowl, según “Trun”, pero era necesaria esa patada en los gumaros y la cachetada para esos idiotas.

Por eso lo de Benito es histórico y para la posteridad. Su mensaje final: “lo único más poderoso que el odio es el amor”, retumbó ante más de 150 millones de personas que estaban viendo el partido.

Me quedo también con una frase muy emotiva del comentarista de la cadena ESPN, John Sutcliffe, quien estaba al borde del llanto:

“Como méxico-norteamericano, hijo de una americana, la verdad fue muy emotivo el mensaje que mandó Bunny, te guste o no su música, con amor, con cultura, con cariño, en un mundo que de repente todo el mundo se está peleando. Y reconocer a Lady Gaga, a Ricky Martin, también se vale hoy. Estés en México, Argentina, Colombia, Chile, donde estés, se vale tener una lágrima en el ojo y sentirte orgulloso de que Benito le cantó en español a la fiesta más importante de los americanos. Viva Bad Bunny”.

Sí, que viva. La neta, padre.