Una charla entre el escritor portugués, Pío Antunes y Luis Enrique Rodríguez Villalvazo, autor de Vendrá la muerte y tendrá tus labios

El amor casi siempre llega a destiempo, o demasiado pronto o demasiado tarde, nosotros vamos a contratiempo”.

Una charla entre el escritor portugués, Pío Antunes y Luis Enrique Rodríguez Villalvazo, autor de Vendrá la muerte y tendrá tus labios, libro que se presenta este miércoles 17 de junio en la mezcalería La Casa de los espíritus.

 

Pío Antunes: El erotismo en tu libro parece estar más ligado a zonas oscuras de la memoria que a zonas luminosas, alegres, ¿es así?

Luis Enrique Rodríguez Villalvazo: Sí, el erotismo tiene un vínculo directo con la nostalgia, con la pérdida. Es quizá hasta una forma extraña de masoquismo, el rememorar momentos y sensaciones como una forma de autoflagelarse.

 

Malena es uno de los personajes más fascinantes del libro: provocadora, libre, sensual y al mismo tiempo escurridiza. ¿Cómo nació este personaje y cuánto tiene de persona real y cuánto de mito personal?

 

Toda la atmósfera es real, el barco, el viejo, el platón interminable de camarones… existieron en realidad, aunque en un contexto menos o nada sicalíptico. Ella es una elaboración, una imagen que construí a partir de una mulata que trabajaba en un local de uno de los mercados de Veracruz que era así… una negrita calentona, decía, alguna novia de la adolescencia y un poco de candela personal mía. Pero la fabulación no dista mucho de la realidad.

 

En varios pasajes los recuerdos parecen transformarse mientras son narrados. ¿Le interesa explorar la memoria como una reconstrucción imaginaria más que como un registro fiel de los hechos?

 

Considero que lo que recordamos es más una reconstrucción de las cosas que una calca de la realidad. Creemos que las cosas pasaron de una forma, sobre todo algunas cosas que nos marcaron, pero hiperbolizamos algunos elementos mientras que otros los sublimamos, sobre todo en la medida que el recuerdo se aleja en el tiempo. Mi padre, que era un gran mentiroso, solía contar el mismo supuesto recuerdo -porque según mi madre nunca había pasado-, con diferentes variantes al grado que le resultaba molesto que le hiciéramos observaciones cuando variaba la anécdota.

 

Hay una presencia constante de la nostalgia y de la pregunta por las oportunidades perdidas, resumida en expresiones como «si acaso hubiéramos». ¿Cree que la literatura sirve para reparar aquello que la vida dejó inconcluso?

 

Depende de cada uno. En el caso de mis personajes esa posibilidad está nulificada, es volver a presionar la cicatriz y rascar sobre la herida, no dejar que cierre. Hay por ahí una frase sobre las cicatrices que señalan el punto donde dolió pero que ya sanó.  En los cuentos es una imposibilidad de reparación lo que aglutina las historias, el leitmotiv de sus protagonistas.

 

Uno de los temas más conmovedores del libro es la diferencia entre deseo, amor y ternura. En un momento el narrador afirma que «follar no es tan importante como enternecerse». ¿Considera que esa es una de las ideas centrales de la obra?

 

Es una posibilidad, finalmente hay una frase que dice “El amor casi siempre llega a destiempo, o demasiado pronto o demasiado tarde, nosotros vamos a contratiempo. Se empeña en jodernos y no ser nunca el sueño de nadie, jode”. Entonces ahí radica otra de las líneas estructurales de los cuentos.

 

En varios pasajes el narrador reflexiona sobre el envejecimiento, la pérdida de ambiciones y la cercanía de la muerte. ¿Estos cuentos son una reflexión sobre la vejez o más bien sobre la forma en que el tiempo modifica nuestros deseos?

 

Es que en la medida en que pasa una cosa, sucede la otra. Salvo los viejos faunos creo que, de alguna manera, se pasa de lo salvaje, lo inmediato, a la delectación, el disfrute de la lentitud. Es una reflexión sobre las oportunidades perdidas y la imposibilidad de regresar el tiempo.

 

Uno de los personajes afirma que escribir es una forma de confesarse, aunque también una manera de ocultarse detrás de rodeos y ficciones. ¿Hasta qué punto estos cuentos son una confesión personal y hasta qué punto es una máscara literaria?

 

Es de alguna manera un gran acto de contrición, sin las implicaciones morales que ello conlleva. Pero el que se confiesa es el escritor no la persona, la máscara literaria, el personaje.

 

Varios de tus cuentos (especialmente Lydia, Si acaso hubiéramos y El gato que tienes en tu casa) recurren a la figura del felino para describir a los personajes femeninos o la naturaleza del deseo. ¿Qué representa el «ser como un gato» en tu universo narrativo: autonomía, frialdad, una forma distinta de amar?

 

Es una pregunta con mucha jiribilla, en los tiempos que corren. Pero sí, las mujeres que habitan los cuentos tienen esa particularidad, lo evasivo, la ternura, la autonomía… la indiferencia, lo voluptuoso. Una forma distinta de ver el mundo y, sobre todo, una forma particular de andar por el mundo.

 

En el cuento Embrión/Larva/Pupa/Imago, la imagen de las mariposas funciona como un poderoso símbolo que atraviesa toda la historia. ¿Por qué elegiste precisamente a las mariposas (y más tarde a las libélulas) para representar la nostalgia, la pasión y la pérdida? ¿Qué relación tienen con la fugacidad del amor que retratas?

 

Es esa circunstancia, el deseo es efímero, el amor es combustible, un parpadeo, un remar de las alas de cualquiera de los dos insectos y desaparece en un instante. Y es también un símbolo de la modernidad en el sentido de su desaparición, así como aquellas nubes de mariposas o de caballitos del diablo que emergían de la nada en las lluvias del verano y que han ido desapareciendo de las ciudades, así ha ido perdiéndose la posibilidad de construir un vínculo, el tiempo, la distancia, la sequía, la tecnología…  todo se confabula para ello.