Juan David Castilla
Víctor Manuel Ávila Gutiérrez tiene apenas 20 años, mide dos metros con 24 centímetros y entrena todos los días básquetbol para alcanzar su sueño: jugar profesionalmente en otro país. Es más alto que la estrella y leyenda de la NBA, Shaquille O’Neal, y teniendo la misma estatura que el actual jugador francés y estrella de San Antonio Spurs, Victor Wembanyama, sabe que tiene las capacidades y actitudes para desarrollarse ampliamente en este deporte.
El joven es originario de Bolaños, estado de Jalisco, y detiene el panorama en cualquier calle que pisa; sin embargo, lo sorprendente de Víctor o mejor conocido como “Big Vic”, no es su descomunal altura, sino la velocidad con la que está conquistando la duela, considerando que hace apenas dos años ni siquiera practicaba el básquetbol.
Víctor es la gran promesa de la Asociación de Básquetbol Estudiantil (ABE) en México. Su vida dio un cambio drástico cuando el balón naranja se cruzó en su camino en Tijuana. Desde ese momento, el enamoramiento fue instantáneo.
“Ahora miro la pelota y lo primero que pienso es: quiero jugar», confiesa con una sonrisa sincera. Su progresión ha sido muy notoria, pues de foguearse en Tijuana pasó a la segunda división con la Universidad Cuauhtémoc en el estado de Puebla, y hoy defiende la camiseta de los Leones de la Universidad Anáhuac, campus Xalapa, comandado por el coach Eric Hare; compitiendo ya en el máximo circuito universitario de la primera división del país.
Vivir en un entorno que no está diseñado para gigantes implica sortear retos cotidianos. Conseguir calzado del número 36 mexicano, encontrar ropa en tiendas de saldos americanos con ayuda de amigos que viajan a Estados Unidos, sortear los marcos de las puertas o lidiar con las diminutas e incómodas bancas escolares son gajes del oficio. A eso se le suman las miradas curiosas e incluso las críticas de los escépticos.
“Siempre tratan de decir que nada más juego por la altura, que soy un tronco… Pero si supieran el tiempo que llevo jugando, la verdad, yo creo que cambiarían ellos de parecer», comenta.
Víctor responde con un corazón tan grande como su envergadura. Se desvive por los aficionados, regala fotos a quien se lo pida y se niega rotundamente a cobrar por ellas: «me gusta siempre compartir la alegría con ellos».
El día a día del poste de la Anáhuac es una jornada de auténtico sacrificio. Sus mañanas comienzan a las 8:00 horas con el entrenamiento del equipo, seguido de extenuantes sesiones de tecnificación al mediodía. No conforme con la disciplina institucional, Víctor busca horas extra por su cuenta entrenando fundamentos, bote y juego de pies con sus amigos que lo han ayudado a entrenar el plus, sin minizar el gran trabajo que hacen en la Anáhuac con él.
Compagina todo esto con sus estudios en Administración de Empresas, una carrera que eligió no solo pensando en su futuro como estudiante atleta, sino como una herramienta para gestionar su propia vida diaria.
Al igual que sus ídolos Shaquille O’Neal y Dennis Rodman, de quienes admira el coraje indomable de no rendirse jamás tras un fallo, él busca forjar su propio legado. Aunque admite que aún le falta desarrollar la potencia física del mítico pívot de los Lakers, su meta está clara: quiere vestir el uniforme de la Selección Nacional, dar el salto al profesionalismo y, por qué no, exportar sus 2.24 metros de talento a las canchas de Estados Unidos o Europa.
Mientras el destino llega, el gigante de Jalisco sigue adaptándose al clima lluvioso de Xalapa, puliendo su técnica y demostrando que su altura es solo una herramienta, porque el verdadero motor que lo impulsa a comerse el aro es su inquebrantable pasión por el juego.



