El otro cambio que viene
Marco Aurelio Martínez
Hace casi tres décadas los jóvenes europeos enfrentaron un complejo dilema que les impidió separase de la casa nuclear al concluir su carrera universitaria e incorporarse al campo laboral. Práctica común de un amplio sector de jóvenes de distintos países.
Este fenómeno se abordó desde una perspectiva integral, ya que contenía una serie de variables socioeconómicas como la creciente precarización del trabajo, la ampliación de la jornada laboral con bajos salarios, el excesivo costo de la vivienda, el notable incremento en las rentas, que no les alcanzaban para independizarse ni mucho menos para sostener a una familia. No tuvieron otra opción que quedarse en casa, con sus respectivas implicaciones. Era el notable efecto de las políticas neoliberales que acicatearon con mayor encono a esta generación.
Esta problemática fue producto de una dinámica mundial de resonancia horizontal en la juventud y que tuvo otras repercusiones colaterales y cuyo saldo se evidencia hoy en día. Por ejemplo, una minoría no anhela la maternidad/paternidad como en otros tiempos, y que era el incentivo principal para unirse en nupcias o en cualquier otra forma de vínculo en parejx. Para un sector importante de jóvenes, la aspiración de ser madre/padre pertenece al pasado, a una tradición de antaño, que tenía como ícono principal el clásico retrato de los padres con mirada solemne y ropa elegante, ubicado en el espacio estelar de la casa matriarcal y que era el símbolo más elocuente de la identidad familiar. Según cifras del INEGI, en México existen 38.9 personas solteras, 26.4 casadas, 19.5 en unión libre, lo cual también refleja un cambio sustancial en la forma de asumir la vida por parte de las generaciones jóvenes, la transición ya es notoria.
Algunos tópicos relacionados con el cambio climático, el contexto de guerra, la escasez del agua, el auge del individualismo como doctrina casi sectaria, entre otros, han limitado a una juventud aparentemente más consciente, más preocupada por el devenir de la humanidad pero al mismo tiempo más desconectada e indiferente del ámbito político, a continuar la tradición familiar de la preservación de la sangre y el apellido por medio de lxs herederxs. Un dato relevante que manifiesta lo que está experimentando nuestro país, lo difunde la Encuesta Intercensal 2026 del INEGI. Menciona que México pasó de 1.9 hijos en 2019 a 1.2 en 2024 y se presume que en los años subsecuentes la cifra se mantenga a la baja.
Este proceso ha propiciado el envejecimiento gradual de las sociedades del mundo sin que México sea excepción. Al tiempo que se ha incrementado la esperanza de vida se ha reducido la tasa de natalidad. Fenómeno interesante que brinda elementos de análisis económico y social para planificar con objetividad el escenario de los años venideros.
Aterrizando en nuestros lares, actualmente, de los más de 8 millones de veracruzanxs, casi tres millones y medio tienen de 30 a 64 años, lo que nos hace suponer que en las décadas siguientes las escuelas de medicina tendrán que formar más geriatras que pediatras. En el caso de Xalapa, decreció la tasa de natalidad a 1.57, siendo las congregaciones en donde se mantiene aún un ligero crecimiento. Un efecto considerable ocurre en las instituciones educativas de nivel básico del medio urbano, en donde las matrículas de alumnxs han descendido de manera vertiginosa, incluso en las de mayor demanda, situación que obliga a diseñar una estrategia apremiante para afrontar la nueva prospectiva de escuelas sin niñxs.
Durante muchos años México presumió ser un país joven, vigoroso, en donde el reto primordial fue cómo afrontar la expansión de una sociedad dinámica que traía la encomienda de brindar oportunidades para la juventud. Este proyecto se encuentra en terapia intensiva.
El gran desafío actual es repensar nuestro presente con una perspectiva distinta, opuesta a la tradicional. Pensemos que durante muchos años sostuvimos la costumbre de conducir el mismo vehículo, en la misma dirección, en la misma autopista, y con el mismo paisaje. Ahora la sociedad deberá girar en sentido opuesto, deberá estar dispuesta a manejar vehículos de gasolina, híbridos, eléctricos, galácticos, en sentido contrario, en parajes desconocidos.
Para algunos geógrafos el primer paso de esta transición es aceptar que el descenso de la natalidad es una realidad y que la sobrepoblación global viene en declive. El siguiente paso es hacer un alto, reflexionar y admitir que el futuro ya es presente.


