Periodismo universitario: informar a la institución no es informar sobre la institución
Por Raúl Contreras Zubieta Franco *
Una decisión controvertida no llega al medio universitario como una hoja en blanco, de hecho, casi siempre le acompaña un comunicado, una atenta nota, una declaración de la autoridad o una explicación ya ordenada de lo ocurrido. Todo eso sirve. El problema es que, regularmente, esa versión también se convierte en la última.
Por ejemplo, si el asunto toca presupuesto, becas, cuotas, cambios académicos, una protesta o un conflicto laboral, publicar lo que dice la autoridad apenas resuelve una parte del trabajo, ese pronunciamiento sólo se queda en una capa muy superficial del proceso comunicativo. Es decir, falta saber qué dicen los documentos que lo sustentan, a quiénes afecta, qué antecedentes existen sobre el tema, qué cifras sostienen la decisión y si alguien ofrece una versión distinta. Ahí es donde realmente comienza la tarea del periodismo universitario.
La diferencia parece obvia, pero en los medios universitarios no siempre lo es. Una oficina de comunicación tiene entre sus tareas la de explicar la postura institucional, por lo que un medio que pretende ejercer el periodismo universitario no puede limitarse a reproducir la versión institucional de los hechos; necesita hacer algo más incómodo: verificarla, contrastarla y, cuando los hechos lo exijan, ponerla en duda.
El volumen coordinado por Rodrigo Pardo Fernández sobre periodismo universitario en México muestra justamente la diversidad de funciones que han asumido las gacetas universitarias, algunas de ellas tristemente han sido reducidas únicamente a meras replicadoras de las comunicaciones oficiales y relatorías de los órganos universitarios; algunas otras publican entrevistas, reportajes, información cultural y materiales que intentan documentar con mayor amplitud la vida de sus comunidades (Pardo Fernández, 2019).
Y quizá eso lo primero que debemos reconocer es que no existe un solo modelo de medio universitario ni tendría por qué existir. Hay gacetas muy cercanas a la difusión institucional, otras que han construido espacios de periodismo, radio y televisión con trayectorias propias y, en medio, un abanico enorme de publicaciones que un día cubren una ceremonia y al siguiente se encuentran frente a un conflicto que ya no puede resolverse copiando un comunicado.
Porque el boletín, dicho sea de paso, no tiene nada de malo. Cumple una función necesaria. Una dependencia informa una decisión, fija postura, anuncia una actividad o explica lo que considera pertinente. El problema aparece cuando esa misma lógica se traslada, sin mayores preguntas, al espacio que presume hacer periodismo. Ahí ya no basta con recibir la información y acomodarla bien.
La fuente institucional puede ser suficiente para saber a qué hora será inaugurada una exposición o quién participará en determinado encuentro académico. Pero el asunto es bastante distinto cuando hablamos de una reforma, una reducción presupuestal, un conflicto laboral, una protesta estudiantil o una denuncia que involucra a alguna autoridad. En esos casos habrá que salir del boletín, aunque resulte más trabajoso. Y salir del boletín implica lo inevitable: comenzar a reportear.
La autoridad universitaria, desde luego, es una fuente y muchas veces será indispensable, pero el cargo que ocupa no vuelve incontrovertible lo que dice, ni convierte su explicación en la única disponible. Si una Rectoría anuncia que una medida beneficiará a determinada comunidad, el periodista tendrá que averiguar quiénes integran esa comunidad, qué dicen quienes recibirán el supuesto beneficio, qué documento sostiene la decisión de comunicar y si los datos permiten contar la misma historia que cuenta el comunicado.
Eso es contraste. Y tampoco hablo de la vieja costumbre de colocar tres párrafos de una parte y otros tres de la contraria como si semejante equilibrio aritmético resolviera el trabajo. A veces un documento vale más que dos declaraciones. Una cifra puede desmontar una versión entera. Un expediente permite comprender lo que ningún boletín explica y, en ocasiones, quien aparentemente tiene menos jerarquía dentro de la universidad termina teniendo la pieza que faltaba.
Algo de eso encontraron De León-Vázquez y Padilla de la Torre (2021) al revisar prácticas de periodistas mexicanos durante la pandemia: consulta de fuentes oficiales y especializadas, comprobación de datos y contraste entre distintas instancias para validar la información. Su investigación se desarrolló en otro contexto, claro, pero las rutinas que describe pertenecen al mismo oficio que debería practicarse dentro de una universidad.
Vamos, tampoco estoy proponiendo convertir la nota sobre la inauguración de una biblioteca en una investigación de tres meses.
Investigar empieza mucho antes de llegar al gran reportaje. Está en leer el acuerdo que origina una decisión en lugar de quedarse con la síntesis que alguien preparó; revisar el presupuesto cuando una autoridad cita una cifra; comparar matrículas; buscar el reglamento; preguntar por qué una obra sigue detenida o volver a escuchar una grabación porque una frase no termina de cuadrar. Muchas veces eso será suficiente para descubrir que la historia es un poco distinta de cómo llegó inicialmente al escritorio.
No es precisamente una novedad, Leñero y Marín (1986), en aquel extraordinario Manual de periodismo que varias generaciones leímos y seguimos consultando, construyeron buena parte de su explicación del oficio alrededor de acciones que todavía reconocemos con facilidad: entrevistar, reportear, observar, verificar y organizar información. Han cambiado las plataformas, los tiempos de publicación y hasta la manera de encontrar una fuente, pero sigue siendo difícil llamar periodismo al simple traslado de declaraciones desde una oficina hacia un portal o una cuenta de redes sociales.
Hasta ahí, digamos, la discusión puede parecer relativamente sencilla. La verdadera prueba llega cuando la propia universidad preferiría que determinado asunto no fuera noticia. Conozco algunos de esos lamentables casos, pero eso es harina de otro costal.
Siguiendo con el tema, podríamos decir que una protesta estudiantil, una inconformidad sindical, una denuncia por acoso, una disputa académica, irregularidades administrativas o una decisión institucional que provoca rechazo existen con independencia de que el área de comunicación decida emitir un boletín sobre ellas. Una institución puede resolver perfectamente que no hará un comunicado, pero el medio universitario enfrenta una pregunta distinta: ¿el asunto tiene relevancia para la comunidad a la que dice informar? Al menos ésa es la pregunta que debería hacerse cualquier medio universitario que realmente pretenda ejercer como tal.
Si la respuesta es sí, empieza la parte complicada y menos cómoda del trabajo.
Pues, también ahí cambia la manera de mirar a las autoridades. Una persona no se convierte automáticamente en la voz principal de una historia porque ocupe una Rectoría o Dirección General. Tampoco quien dirige una facultad tiene necesariamente la mejor explicación de todo lo que ocurre en ella. Habrá historias cuyo dato central se encuentre en un acta; otras en un profesor, en una trabajadora administrativa, en una investigación académica o en el estudiante que lleva semanas intentando resolver un trámite del que nadie parece hacerse cargo.
Eso no significa degradar a la autoridad ni construir un periodismo universitario dedicado a perseguirla. Significa tratarla periodísticamente, de preguntarle, escucharla, verificar lo que afirma y colocar su versión junto con los demás elementos que permitan entender lo ocurrido. Al menos creo que ahí reside una parte importante de la confusión que todavía arrastramos.
Hay textos que deben ser comunicados y otros que sirven para integrarse a una agenda, registrar una ceremonia o hacer pública una postura institucional. Tienen función, destinatario y utilidad.
El periodismo empieza a distinguirse cuando la historia obliga a preguntar algo que no venía escrito en la atenta nota. En los días tranquilos quizá ambas cosas se parezcan demasiado, pero la diferencia se vuelve visible cuando llega una noticia que incomoda a la propia institución y a sus autoridades.
* Doctorando en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; Premio Nacional de Periodismo 2024.
Referencias
De León-Vázquez, S., & Padilla de la Torre, M. R. (2021). Periodismo colaborativo y COVID-19: Cobertura de la pandemia en medios digitales mexicanos. Culturales, 9, e623. https://doi.org/10.22234/recu.20210901.e623
Leñero, V., & Marín, C. (1986). Manual de periodismo. Grijalbo. Biblioteca UMAD.
Pardo Fernández, R. (Ed.). (2019). El periodismo universitario en México: Reflexiones y futuro. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. https://redgacetasuniversitarias.mx/revistas/libros/periodismouniversitario.pdf



