Periodismo universitario: cuando el medio se aleja de su comunidad / Raúl Contreras Zubieta Franco

Periodismo universitario: cuando el medio se aleja de su comunidad

Por Raúl Contreras Zubieta Franco

Hace un par de semanas, en este mismo espacio publiqué un artículo sobre periodismo universitario, del cual se derivaron algunas conversaciones con algunos amigos y colegas periodistas que conocen bastante bien la vida de las instituciones de educación superior. Debatimos sobre el tema y me hicieron algunos comentarios que se me quedaron revoloteando en la cabeza.

Hablamos de los medios universitarios demasiado cercanos a sus autoridades y cada vez más distantes de sus comunidades: de estudiantes y profesores que aparecen con frecuencia cuando reciben un reconocimiento, inauguran algo o participan en alguna actividad programada, pero cuya voz resulta bastante más difícil de encontrar cuando cuestionan una decisión, denuncian un problema o simplemente piensan distinto.

No necesariamente hablábamos de ese oficialismo burdo que llega a darse en algunos medios universitarios, aquel en el que alguien levanta el teléfono para ordenar qué se publica, qué se retira o qué tema debe desaparecer de la agenda. Supongo que todavía habrá lugares donde eso ocurre, pero el fenómeno puede ser bastante menos rudimentario y, precisamente por ello, más difícil de reconocer. Me refiero a que un medio universitario puede acostumbrarse, poco a poco, a mirar a su institución desde el escritorio de quienes la gobiernan.

Es decir, puede organizar su agenda alrededor de las actividades que indica la gestión rectoral en turno, aprender qué declaraciones merecen titular, qué funcionarios(as) aparecen siempre en las fotografías, qué asuntos reciben seguimiento y cuáles se abandonan después de una explicación oficial. Nada de eso requiere necesariamente una instrucción escrita.

Vamos, lo quiero apuntar es que no siempre se necesita una orden, a veces basta sólo con la costumbre y la comodidad de la chamba segura.

Y eso no tiene que ver con la diferencia entre un boletín y una nota periodística, asunto al que dediqué mi texto previo. Creo que el problema es distinto, sino es que es otro, es decir: ¿qué sucede cuando la propia comunidad universitaria comienza a desconfiar del medio que supuestamente existe para informarla?

Un medio universitario puede publicar todos los días, llenar su portal de contenidos, producir videos, alimentar varias cuentas de redes sociales, transmitir ceremonias, entrevistar funcionarios y enviar boletines con una puntualidad extraordinaria.

Todo eso hablará de muy eficaz capacidad de producción, pero no necesariamente de credibilidad. A mi parecer, la diferencia es sustantiva, pues la credibilidad no depende de cuántas veces publica un medio, sino también de lo que sus lectores han aprendido a esperar de él.

Si ante cada conflicto la comunidad sabe de antemano qué encontrará (la versión de la autoridad frente a una protesta estudiantil o una inconformidad académica), mientras las voces críticas aparecen acotadas, reducidas o simplemente desaparecen de la conversación informativa, tarde o temprano la audiencia aprende también qué no encontrará ahí. Y ése quizá sea el problema mayor, pues termina por conocer los límites de la información que ese medio está dispuesto a ofrecerle.

El asunto no es menor para las universidades porque, ojo, una gestión rectoral no es la universidad, solamente la gobierna durante determinado periodo en el que toma decisiones, ejerce atribuciones y, desde luego, construye espacios para explicar lo que hace y por qué lo hace. Pero a la universidad también la integran sus estudiantes, académicos, investigadores, trabajadores, órganos colegiados, comunidades regionales y grupos que muchas veces no comparten una misma opinión sobre lo que ocurre.

Sería bastante extraño que una institución construida alrededor del arte, la ciencia, la luz del conocimiento, la crítica y la discusión terminara representándose públicamente como una comunidad donde todos piensan más o menos igual… y, sin embargo, ocurre.

Pierre Bourdieu dedicó Homo academicus a estudiar la universidad como un espacio atravesado por posiciones, jerarquías, distintas formas de capital y luchas de poder. Por su puesto que su objeto era el campo universitario francés, por lo que sería un abuso convertir su trabajo, sin más, en una teoría de la comunicación universitaria. Pero creo que su mirada sirve para recordar algo tan elemental como el hecho de que quienes trabajan dentro de una universidad no observan la institución desde afuera. También ocupan posiciones dentro de ella y participan, quieran o no, de relaciones institucionales que delimitan lo posible, lo conveniente y hasta lo que puede llegar a considerarse normal.

En un contexto distinto, pero que bien puede servir de ejemplo, Miguel Casillas y Alberto Ramírez Martinell han recuperado herramientas de Bourdieu para estudiar otros fenómenos universitarios. En su trabajo sobre el habitus digital analizan disposiciones incorporadas, representaciones y sentidos prácticos que orientan la manera en que los universitarios se desenvuelven dentro de la cultura digital. También han estudiado cómo esa cultura ha modificado las rutinas, formas de gestión, maneras de relacionarse y las prácticas cotidianas dentro de las instituciones de educación superior (Casillas & Ramírez Martinell, 2018, 2019).

Por supuesto que ellos no están hablando de periodismo universitario, ni mucho menos de oficialismo. La relación que propongo es solo mía, pues considero que la herramienta permite hacernos una pregunta interesante, además de pertinente: ¿también puede construirse dentro de las áreas de comunicación una especie de sentido práctico sobre aquello que se publica y aquello que simplemente deja de considerarse publicable?

Pensemos en alguien que lleva años trabajando en un medio institucional, digamos algo así como 20-25 años. Quizá nadie tenga que explicarle cada mañana qué temas agradan, cuáles generan problemas, a quién conviene consultar primero, quién debe aparecer en determinada fotografía o qué información encontrará obstáculos antes de ser difundida. Puede haber aprendido todo eso en la práctica cotidiana.

Y no hablo necesariamente de censura, esa es una palabra demasiado seria como para utilizarla únicamente como comodín y, además, exige evidencias. No, más bien hablo de rutinas, de repeticiones, años de rutinas y repeticiones.

De decisiones aparentemente pequeñas que van construyendo una cultura editorial como a quién se busca como fuente, qué se considera noticia, cuánto espacio recibe una versión, qué preguntas se hacen y cuáles dejan de formularse porque se saba de antemano que no las van a contestar.

También existe una forma mucho más elemental de reconocer esta situación problemática. Basta revisar durante algunas semanas un medio universitario y preguntarse quién es realmente quien habla ahí. Es decir, ¿cuántas veces aparecen las mismas autoridades?, ¿cuántas los estudiantes, fuera de ceremonias y actividades programadas?, ¿con qué frecuencia encontramos a profesores explicando un desacuerdo académico, trabajadores hablando de sus condiciones o integrantes de la comunidad cuestionando con argumentos alguna decisión institucional?

No propongo una cuota matemática de voces ni esa idea bastante ingenua de que todo texto debe contener una declaración a favor y otra en contra para “equilibrar la pieza”. El periodismo no funciona así y mucho menos el universitario.

Un documento puede tener más peso que cinco entrevistas y una cifra comprobable puede derrumbar una colección completa de declaraciones. La pluralidad editorial tampoco consiste en abrir el micrófono a cualquiera que quiera decir cualquier cosa. Un medio necesita criterios, edición, comprobación, derecho de réplica y responsabilidad sobre lo que publica.

Pero una cosa es tener criterios y otra convertir la agenda de las autoridades de la institución en la agenda de la universidad.

La diferencia resulta todavía más paradójica en el entorno digital; y de nueva cuenta retomo el trabajo de Casillas y Ramírez Martinell, quienes también han documentado cómo las tecnologías modificaron las formas mediante las cuales las comunidades universitarias interactúan, se relacionan y acceden a información.

No hay duda de que hoy una universidad dispone de más canales que en cualquier otro momento de su historia y, a través de ellos, saber qué están conversando sus estudiantes y profesores. Sus redes sociales, sistemas de mensajería, plataformas y comunidades digitales le permiten detectar en unas cuantas horas asuntos que antes tardaban días en llegar a una oficina. Pero, tener canales abiertos, sin embargo, no siempre significa escuchar.

La institución podrá disponer de magníficas herramientas de analítica, publicar en todas las plataformas y mantener una enorme actividad digital mientras continúa comunicándose verticalmente. Entonces la distancia no es tecnológica, más bien, insisto, es editorial. Y hay un dato externo que podría ayudar a dimensionar por qué la conversación sobre credibilidad merece atención.

El Digital News Report 2026, del Reuters Institute, encontró que apenas 31 por ciento de las personas encuestadas en México dijeron confiar en las noticias la mayor parte del tiempo, cinco puntos porcentuales menos que un año antes. El estudio no evalúa medios universitarios y sería incorrecto utilizar esa cifra para atribuirles semejante nivel de confianza o desconfianza, pero sirve, eso sí, para recordar el ecosistema informativo del que no pueden sustraerse, uno donde las audiencias miran con creciente recelo a quienes producen noticias.

Y en semejante contexto, creo que cualquier medio universitario que realmente se precie de serlo tendría buenas razones para cuidar especialmente su credibilidad. Una universidad no se vuelve más sólida porque su “periódico universitario”, su radio y TV universitaria, o sus redes sociales eviten contar aquello que molesta. Mucho menos protege su reputación fingiendo unanimidades que cualquier estudiante puede desmentir, teléfono celular en mano unos minutos después. A veces ocurre exactamente lo contrario.

Un medio que sólo publica “buenas” noticias termina debilitando incluso aquellas que sí merecen ser contadas. Si durante meses todo se presenta como logro, acuerdo, reconocimiento, avance o resultado satisfactorio, ¿por qué habría de creerle la comunidad cuando un día la institución realmente necesite explicar una situación difícil? Ése puede ser uno de los costos menos visibles de ese modelo con el que se pretende blindar a una gestión institucional y termina deteriorándose la palabra del propio medio y de la universidad misma.

Por eso abrir espacio al debate y a la crítica no debería entenderse como una concesión generosa de quien gobierna una universidad. Tampoco significa convertir los medios institucionales en trincheras contra sus autoridades; en todo caso, significa aceptar algo bastante menos dramático, como que una comunidad universitaria es eso, plural y diversa y que sus discrepancias también forman parte de la vida institucional que merece ser contada.

El medio universitario tendrá que decidir, por supuesto, qué es relevante, qué puede comprobarse y qué tratamiento periodístico corresponde en cada caso. Ése es su trabajo. Lo que difícilmente puede hacer es sustituir esa decisión editorial por una pregunta recurrente: ¿esto va a gustar a la autoridad?

Si termina siendo ese el criterio principal, ya no estamos ante un problema de estilo ni de estrategia de comunicación. Estaremos hablando de credibilidad. Y perderla puede tomar menos tiempo del que pensamos. Recuperarla, ésas sí son palabras mayores, pues, suele ser bastante más complicado y no creo que nadie quiera aventarse ese trompo a la uña.

*Doctorando en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; Premio Nacional de Periodismo 2024.

 

Referencias

Bourdieu, P. (2008). Homo academicus. Siglo XXI Editores.

Casillas Alvarado, M. Á., & Ramírez Martinell, A. (2018). El habitus digital: una propuesta para su observación. En R. Castro & H. J. Suárez (Coords.), Pierre Bourdieu en la sociología latinoamericana: El uso de campo y habitus en la investigación (pp. 317-342). Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias.

Casillas Alvarado, M. Á., & Ramírez Martinell, A. (2019). Cultura digital y cambio institucional de las universidades. Revista de la Educación Superior, 48(191), 97-111. DOI: 10.36857/resu.2019.191.839.

Reuters Institute for the Study of Journalism. (2026). Digital News Report 2026: Mexico. University of Oxford.